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El presidente Maduro y su esposa fueron secuestrados acusados ¡de narcotráfico!, obviamente sin exhibir prueba alguna, pero es consenso entre analistas independientes que el fondo real es el petróleo, como objetivo inmediato. Para entender esto son útiles la historia y el contexto económico y geopolítico.
Venezuela tiene las mayores reservas probadas del mundo (20 por ciento), seis veces más que Estados Unidos (EE. UU.), que ocupa el décimo sitio, y que es, en contraste, el primer consumidor; y su futuro no es muy halagüeño: “tiene reservas probadas equivalentes a 4.9 veces sus niveles de consumo. Esto significa que, sin importaciones (a EE. UU.) le quedarían unos cinco años de petróleo (a los niveles de consumo actuales y excluyendo las reservas no probadas)” (Worldometers). Importa un tercio de su consumo. Esta situación ha empujado al imperio a invadir precisamente a países petroleros, un patrón que se repite.
Además, “Venezuela (…) posee la sexta reserva de gas natural (…) (en) hierro, ocupa el puesto 12; bauxita, puesto 15 (…) es rica en tierras raras. En particular, el coltán y el torio” (Euronews, tres de enero. Para proteger todo ese patrimonio nacional, “Maduro firmó en 2016 un decreto para la creación de la Faja Minera del Orinoco (…) declarada zona estratégica para la extracción de diamantes (y minerales estratégicos). El Gobierno anunció que se habían encontrado más de ocho mil toneladas de oro en la zona, lo que convertía a Venezuela en uno de los mayores poseedores de reservas del mundo (…) En 2023, el Gobierno declaró la casiterita, el níquel, el rodio, el titanio y otras tierras raras como recursos estratégicos” (Ibid.). He ahí lo que realmente buscan los corporativos trasnacionales y su vocero Donald Trump. Lo demás es humo.
Trump aduce que Venezuela “robó” a EE. UU. su petróleo y que ahora va a recuperarlo. La historia es otra. El control (por conquista) estadounidense sobre el petróleo venezolano data desde inicios del siglo pasado, cuando la Standard Oil lo explotaba: sus ganancias llegaron a representar “la mitad del total que los capitalistas estadounidenses extraían de América Latina” (WSWS, dos de enero). Para lograrlo, entre 1902 y 1903 “una flota de buques de guerra se desplegó frente a las costas venezolanas. Los acorazados bombardearon puertos, matando a decenas de personas, y tropas extranjeras tomaron el control de las aduanas” (Ibid.). Esa historia de depredación se repite hoy en idénticos términos y con iguales motivos. El presidente Theodore Roosevelt (1901-1909), declaró: “Si algún país sudamericano se porta mal” debe ser castigado (Ibid.).
Sorprendentemente hoy escuchamos el mismo discurso, refrendando la doctrina Monroe de 1823 (“América para los americanos”), y rebautizada hoy por Trump como “Doctrina Donroe”, en alusión a su propio nombre. Y dice: “Bajo nuestra nueva Estrategia Nacional de Seguridad, el dominio estadounidense en el hemisferio occidental no será cuestionado otra vez” (Bloomberg, tres de enero).
El control extranjero del petróleo terminó parcialmente en 1976, cuando el presidente Carlos Andrés Pérez nacionalizó la industria (algo similar a lo hecho aquí por Lázaro Cárdenas). El presidente Hugo Chávez en 2013 conquistó el pleno control del Estado sobre PDVSA, la gran petrolera venezolana. Las trasnacionales podían participar, pero como socios minoritarios. No les gustó, como documenta el historiador Tomás Straka (Milenio, 27 de diciembre de 2025), y demandaron al gobierno (tiempo después, sólo Chevron permaneció). Por todo ello, Donald Trump, boca de ganso de las petroleras, habla de que “su petróleo” ha sido robado. Pero el petróleo está en el subsuelo venezolano y pertenece a su pueblo. Así que el susodicho “robo” como justificación del bombardeo y los secuestros sería como si ahora dijesen que el general Cárdenas “robó” el petróleo estadounidense, y vinieran con su ejército a “recuperarlo”.
EE. UU. ataca también a Venezuela por otras razones, como la cada vez más disminuida presencia económica y política global, y regional, del imperio. En Ucrania está perdiendo la guerra; en África ocurre una acelerada descolonización y los países pobres buscan la ayuda de Rusia y China. En 2021, EE. UU. fue ignominiosamente expulsado de Afganistán. En Libia perdió el control.
En Latinoamérica su presencia se debilita. La revista Foreign Affairs publicó el año pasado un artículo de Francisco Urdinez, titulado China y el fin de la primacía estadounidense en Latinoamérica: Una nueva cartografía del poder económico, donde dice: “¿Cómo medir este fenómeno? Desarrollé un índice que cuantifica el ‘peso económico’ mediante la suma anual de capital que un país receptor acumula de entidades económicas originarias de otro, ajustada en proporción al tamaño de su economía. El ‘desplazamiento económico’ ocurre cuando el peso de China supera al de EE. UU. Los resultados son reveladores. Entre 2001 y 2020, el chino aumentó 15 veces en Latinoamérica, mientras que el estadounidense se contrajo en un cuarto. Para 2020, China había desplazado a EE. UU. en doce países latinoamericanos, incluyendo a gigantes regionales como Argentina y Brasil. Este fenómeno constituye una transformación histórica. Durante el Siglo XX, EE. UU. mantuvo una supremacía económica incontestable en la región. Ni la Unión Soviética durante la Guerra Fría, ni Japón en la década de 1980, ni la Unión Europea en la de 1990 lograron desafiar de manera significativa esta hegemonía” (Foreign Affairs, julio-septiembre de 2025).
Por todo ello, EE. UU. busca recuperarse por la fuerza en la región, radicalizando la Doctrina Monroe; por eso también el grosero cinismo de sus portavoces, despreciando las instituciones y la legalidad internacional diseñadas por el propio imperio a su conveniencia, y que hoy se quita la máscara que ahora le estorba. He aquí una perla de su lenguaje y su filosofía. Stephen Miller, subjefe de Gabinete de la Casa Blanca y asesor de Seguridad Nacional: “argumentó que las relaciones internacionales se rigen (…) no por normas formales. ‘vivimos en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por la violencia (¡SIC!), que se rige por el poder. Éstas son las leyes de hierro del mundo” (RT, seis de enero).
Otra evidencia de su debilidad es la decadencia del dólar. “El dólar estadounidense se tambalea al borde de una crisis de confianza, producto de las propias políticas mal enfocadas dictadas desde Washington, destaca el diario Global Times (…) (y) de acuerdo con (…) la mayor firma independiente de gestión de activos de Alemania, Bert Flossbach, la ‘caótica política arancelaria’ del Gobierno estadounidense ha socavado la condición de refugio seguro del dólar (…) un efecto búmeran, que ha generado el éxodo masivo del dólar” (Sputnik, seis de septiembre).
El petrodólar se terminó. Era el monopolio estadounidense acordado con Arabia Saudita en 1973 donde todo el petróleo vendido por la OPEP debía pagarse exclusivamente en dólares, otorgando así una gran demanda artificial y gran poder al dólar. Al adueñarse del petróleo venezolano, EE. UU. pretende una nueva edición del petrodólar: de lograrlo controlaría la quinta parte del petróleo mundial para venderlo en su moneda. Hoy como antes, con el poder militar se pretende apuntalar el tambaleante poder del dólar.
Pero su debilidad es estructural. La economía está estancada y retrocede relativamente. “Desde 2003, la productividad de la mano de obra disminuyó” (FMI). Aumenta el déficit en la balanza comercial y también el fiscal “el gasto en el primer trimestre del año fiscal 2025 crecería (…) 39 por ciento más que en el mismo periodo de 2024, mientras que los ingresos (serían) dos por ciento menos (…) el Committee for a Responsible Federal Budget cree que en 2025 se destinará más a pagar los intereses de la deuda nacional que en sanidad y defensa nacional” (Sputnik, 15 de enero de 2025). Su deuda es la más elevada del mundo.
Así pues, empujado por su decadencia, el imperio recurre a la fuerza para saquear en otros países la riqueza que no puede producir; así se entiende la declaración del secretario de Guerra, Pete Hegseth, hecha a CBS News, de que el ataque a Venezuela permitió a EE. UU. “acceder a riqueza y recursos adicionales” (Diario Octubre, cuatro de enero). La piratería moderna en todo su apogeo, aplastando la soberanía y la libertad de los pueblos.
Sobre las perspectivas, y por lo expuesto, debe entenderse que EE. UU. no busca sólo controlar Venezuela, sino todo el hemisferio, llevando la doctrina Monroe hasta sus últimas consecuencias. De esto trataremos en próxima colaboración.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.