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El abuso de poder: Aracne
Aracne era una tejedora excepcional. “No fue aquella famosa por su patria o por los orígenes de su linaje, sino por su arte”. Aracne se había ganado con su habilidad una reputación memorable, a pesar de haber nacido en un hogar humilde.
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Con el permiso del lector y con la generosa pluralidad de los medios que publican mis trabajos, así como con la simpatía y el trabajo de compañeros y amigos que los comparten en las redes, por la gran importancia del tema, serán dos veces seguidas las que me refiera al pernicioso abuso de poder. Esta segunda vez, apoyado en otro gigante inmortal: Ovidio. Publio Ovidio Nasón, nació en Sulmo, hoy Sulmona, una bellísima ciudad no lejos de Roma, en el antiguo Imperio Romano, en el año 43 antes de Cristo. Ovidio fue un versificador nato, su padre le reprochaba que se dedicara a la poesía y Ovidio prometía enmendarse y le escribía al padre, en verso. No tenía remedio. Era, pues, un vate que trabajaba para la humanidad.

Ovidio escribió varias obras que todavía se leen y se estudian. Arte de Amar, Metamorfosis, Tristes, entre otras. Me ocuparé de sus Metamorfosis o transformaciones de personas que ya para la época en la que vivió estaban tomadas de viejísimas historias de una mitología que, hasta cierto punto, recogieron y difundieron los romanos, pero que era originalmente griega. ¿Por qué se habría de ocupar Ovidio en arreglar y contar en verso temas mitológicos griegos y que además tenían más de 700 años de antigüedad? ¿Simplemente para difundir la religión o las costumbres griegas? Ovidio, como todos los grandes pensadores, tenía grandes y profundas inquietudes sociales y políticas y, a su manera, haciendo uso de su genio, nos las quiso transmitir. Como Homero con su Ilíada y su Odisea y otros muchos pensadores.

Las Metamorfosis o transformaciones, son varios libros de relatos, cada uno de ellos relativamente breves, en los que los personajes, como el nombre lo indica, se transforman. Muchos de ellos me han impactado, los leemos y estudiamos en las reuniones mensuales de la Comisión Nacional Estudiantil del Movimiento Antorchista. Uno me ha empujado a compartirlo y comentarlo con el paciente lector, se llama Aracne.

Aracne era una tejedora excepcional. “No fue aquella famosa por su patria o por los orígenes de su linaje, sino por su arte”. “No por los orígenes de su linaje”, escribió Ovidio, y no por casualidad, pues le interesaba decir que Aracne tenía su origen en el pueblo. “Su madre había muerto, pero procedía también de la plebe”, la plebe, otra referencia precisa al origen popular de la maravillosa tejedora y el poeta todavía remata claramente para que no quede ninguna duda: “Sin embargo, en las ciudades lidias, Aracne se había ganado con su habilidad una reputación memorable, a pesar de haber nacido en un hogar humilde y de residir en la humilde Hipepas”.

Atenea, la hija de Zeus, el atrabiliario padre de los dioses, se entera con disgusto de que, cuando la gente dice que Aracne es tan buena en su arte porque la instruyó la diosa misma, Aracne lo niega con determinación y se atreve a decir: “que se enfrente conmigo; a nada me negaré si me vence”. La diosa se resistió a rebajarse aceptando el reto y, tomando la forma de una vieja, se le apareció a Aracne y le dijo: “no desdeñes mis consejos: busca la máxima gloria en el arte de la lana, pero solo entre los mortales. Cede ante una diosa y pídele perdón con voz suplicante por tus atrevidas palabras; si se lo pides, te perdonará”. Aracne se mantuvo en su osada determinación y, sentadas una frente a otra, comenzaron a tensar el telar. “Las dos se afanan, y con el vestido ceñido al pecho mueven sus hábiles brazos, engañando a la fatiga a base de entrega”.

Atenea borda la roca de Marte en la acrópolis y el antiguo diferendo por dar nombre a Atenas. Representa a los doce dioses con sus atributos, a Zeus, como un rey, a Posidón, haciendo brotar el mar e, incluso, se representa a sí misma con su lanza y su casco y teje también la figura de la Victoria. Además, como clara amenaza a la atrevida Aracne, colocó, más pequeñas, en las cuatro esquinas del lienzo, a Ródope y a Hemón, a la madre de los pigmeos, a Antígona y a Cíniras, todos humanos que se hicieron acreedores a severos castigos de los dioses por osar desafiarlos. Si no perdemos detalle, estaremos de acuerdo en que Atenea quiso hacer un homenaje a los dioses y representar su majestad y su poder. Aracne, por su parte, según nos relata Ovidio, representó con su trabajo a Europa raptada por Zeus con forma de toro, a Asteria, sujetada por el dios con forma de águila agresiva, a Leda, violada también por Zeus con forma de cisne y otras muchas arbitrariedades cometidas por él mismo y otros dioses. Aracne mostró al poder y a sus abusos y crímenes en su lienzo.

Ni Atenea, ni la Envidia pudieron objetar la superioridad del bellísimo trabajo de Aracne. Atenea se puso furiosa, desgarró el lienzo de Aracne y la golpeó en la cabeza. Ovidio lo describe certeramente así: “Se dolió del éxito la divina doncella de cabellos rubios y desgarró las telas bordadas, que acusaban a los celestes. Con la lanzadera que tenía en la mano, de madera del Citoro, golpeó repetidas veces en la frente a la Idmonia Aracne”. Aracne, por su parte, humillada por la diosa, impotente, decidió matarse: “no pudo soportarlo la desdichada y, orgullosa, se echó un lazo en torno al cuello”.

Si el triunfo de Aracne era evidente, si no lo pudo objetar Atenea, si la Envidia misma no quiso hacer acto de presencia para demeritar la habilidad de Aracne, cualquiera diría que dejarla quitarse la vida después de que su trabajo había sido desgarrado y ella humillada, era ya venganza bastante. Pero la terrible diosa no se había saciado. Ovidio conocía a los encumbrados de su tiempo y quiso retratarlos completos, sin recortes ni añadidos y sus versos retrataron así lo que siguió: “Al verla colgada, Palas, compadecida, la levantó y le dijo: Vive, sí, pero colgada, por atrevida; y sea dictado para tu linaje y todos tus descendientes un castigo en las mismas condiciones: así no vivirás despreocupada del futuro. Después, cuando se alejaba, la roció con zumos de hierbas de Hécate, y al instante, tocados por tan siniestra poción, desaparecieron sus cabellos, lo mismo que la nariz y las orejas, la cabeza se reduce al mínimo y todo su cuerpo se vuelve muy pequeño. En el lugar de las piernas, le salen finos dedos en los flancos, lo demás lo ocupa el vientre; sin embargo, de él se le escapa un hilo y trabaja, transformada en araña, las telas de siempre”.

Atenea, como todos los poderosos represores, se exhibe como una diosa sin piedad, vengativa, sádica. La palabra “compadecida” que insertó Ovidio solo quedó ahí para acentuar el escarnio. No quiso la diosa ni siquiera permitir que Aracne se quitara la vida, ejercer su derecho más elemental y le dictó su terrible sentencia, pero no solo para ella, la crueldad del poderoso fue más allá, “para tu linaje y todos tus descendientes”, la transformó en araña y la condenó a trabajar siempre, las telas de siempre.

Las Metamorfosis de Ovidio son un catálogo aterrador de injusticias, de suplicios de los dioses inmisericordes en contra de los humanos. Son una denuncia del poder. Muy seguramente por eso, Ovidio no murió en Sulmo, su tierra y la tierra de sus antepasados; Augusto, el poderoso, César, que ni siquiera fue uno de los más sanguinarios, lo condenó al destierro, lo envió, para aquellos tiempos, muy lejos de Roma, a Tomis, en la costa del Mar Negro, que ahora se llama Constanza y pertenece a Bulgaria; y ahí murió Ovidio, el vate, en el año 17 d. C., nunca pudo regresar.

Antes de terminar, invito a no olvidar que Aracne no era una mujer cualquiera. Ovidio escribió claramente que “Aracne se había ganado con su habilidad una reputación memorable, a pesar de haber nacido en un hogar humilde y de residir en la humilde Hipepas”, dejó sentado bien claro que Aracne era una hija del pueblo. No hay duda, pues, de que ello, precisamente, encendió la furia de Atenea, una diosa suprema vencida por una mujer del pueblo que, para ella, era poco menos que nada. Queda, para nosotros, la clara advertencia de otro genio de la humanidad: hay que cuidarse celosamente de los autócratas como Zeus, como Atenea y como muchos otros más que ya no son precisamente habitantes del Olimpo, sino de residencias lujosas, pero mucho más terrenales.


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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