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Hemos presenciado, al menos durante el último medio siglo, una interminable serie de invasiones y conquistas en Asia y Medio Oriente encabezadas por los Estados Unidos. En todas ellas el discurso es el mismo: “pacificarán al país e impondrán la democracia por la fuerza”. Desde nuestro país observamos la destrucción, el abuso y la más absoluta injusticia que sufren estas naciones víctimas de la avaricia y el despotismo del vecino del norte. Creemos que nos quedan demasiado lejos, que a nosotros nada de eso nos afecta y que, en suma, estamos a salvo de la bestialidad del imperio. Nada más lejos de la realidad. México fue, es y será, la víctima predilecta de la oligarquía norteamericana. Ninguna invasión moderna es comparable con la destrucción que desde hace casi tres siglos ha sufrido nuestra doliente patria.
Una vez obtenida la “Independencia” y obligado el ejército español a abandonar México, los Estados Unidos hicieron parte fundamental de su política expansionista e imperialista la conquista de la nación azteca. Dos formas hay de colonizar: la anexión de territorios y la introducción de capitales extranjeros a la que viene aparejada la deuda. La primera fase de la colonización comenzó años antes de formalizar, en 1821, la independencia de México. En 1803 Napoleón Bonaparte vendió Luisiana al gobierno norteamericano, un territorio de más de 2 millones de km2. Este territorio pertenecía originalmente a la Nueva España pero la metrópoli se desprendió de él en 1800 a cambio de un insignificante territorio en Italia. A la venta de Luisiana, que garantizaba la expansión en más del 23% de Norteamérica, siguió la adquisición de Florida. Carlos IV prácticamente regaló territorio mexicano a los Estados Unidos cuando su dominio en México quedaba aniquilado. Esta infame transacción, entre dos potencias imperialistas, una en ascenso y otra en decadencia, fue el pistoletazo de salida de la conquista territorial de México.
La política de los Estados Unidos, más allá de toda demagogia, establecía desde un principio la anexión de México, o parte de éste, como uno de sus principios fundacionales. Era sólo la continuación de la política imperialista anglosajona. Así lo declaraba Thomas Jefferson, el principal autor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, apenas quince años antes de llegar a la presidencia:
“Nuestra Confederación debe contemplar como su madriguera a toda América; el norte y el sur deben poblarse. Sin embargo, para tomar la presa en poder de los españoles debemos obrar con cautela. Aquellos países pueden estar en mejores manos. No temo por ellos: nuestro pueblo avanzará con suficiencia y ganará pieza por pieza.”
La guerra de Texas y la posterior invasión a México a mediados del siglo XIX estaban previstas prácticamente cien años atrás. Una vez que el imperio del norte se vio libre de Inglaterra, se abalanzó como hiena sobre suelo mexicano. La doctrina Monroe, establecida en 1823, dejaba en su consigna la razón de ser de su política: “América para los americanos” fue el eufemismo tras el que se escondía una política de dominio, sometimiento y control hacia todas las naciones del continente. Se fundaba en la idea del “Destino Manifiesto” que presuntamente atribuía a Norteamérica la misión de civilizar América. Considerándolo un llamado divino, el gobierno norteamericano hizo presa de una nación débil como la nuestra, justificando la conquista, como hasta el día de hoy, con fundamentalismos religiosos nacidos de los más febriles delirios de grandeza. Estos discursos han existido siempre y los autoproclamados pueblos elegidos se asemejan más al demonio que a cualquier tipo de “salvador”.
México perdió Texas en 1836, aunque la anexión formal se haría hasta 1845. Sin embargo, este robo no fue suficiente para el imperio. En 1846 el ejército norteamericano entró al país con el pretexto de proteger las vidas de sus connacionales. La nación estaba desgobernada, las disputas entre federalistas y centralistas habían dividido al país y Santa Anna hacía su juego a placer. Ni Lucas Alamán, líder de los centralistas, ni Valentín Gómez Farías, jefe del bando federalista, hicieron lo necesario para detener a un hombre con el que en el fondo se identificaban. La resistencia del ejército mexicano fue poco más que patética. Perdieron prácticamente todas las batallas al mando de Santa Anna, y en apenas unos meses el ejército de los Estados Unidos se encontró ondeando la bandera de las barras y las estrellas en la Plaza Mayor.
Es cierto que el enfrentamiento fue desigual, que México no tenía un ejército suficientemente poderoso para frenar al invasor; no cabe duda tampoco del caos político que se vivía una vez desplazado el dominio de la Corona española. Sin embargo, y lo que es mucho más importante de destacar, es que la invasión injusta, ajena a todo sentido moral, social y político por parte de los Estados Unidos, pudo tomar un curso muy diferente si no hubiera contado con la confabulación de las clases ricas y poderosas del país. México no fue derrotado, fue entregado por el Estado. Un Estado que priorizó la salvación de las propiedades de la Iglesia, el Ejército y la burguesía nacional, antes que aceptar las mínimas reivindicaciones de un pueblo que se moría de hambre y que quería defender a la nación como suya, poseyendo con ello la tierra que trabajaba.
La única resistencia real y efectiva con la que se encontraron los invasores al pisar suelo nacional fue con la de los trabajadores. Las guerrillas organizadas en los pueblos lograron resistir por algún tiempo el avance del enemigo. Todas fueron a la postre derrotadas. Estos actos heroicos del pueblo de México la historia nacional ni siquiera osa mencionarlos. El ejército invasor entró a la Ciudad de México en septiembre de 1847; Santa Anna abandonó al ejército y huyó a Colombia. El triunfo y la conquista eran un hecho y, sin embargo, nuevamente, el pueblo pobre que habitaba la capital haría un último esfuerzo patriótico y digno de nuestra clase. Salió a la calle a recibir a los norteamericanos con palos, piedras y hasta macetas. Fueron repelidos por un fuego atroz que, sin embargo, no los hizo retroceder del todo. No fue sino hasta que el gobierno mexicano encabezado por Manuel de la Peña, un hombre de la estirpe de Santa Anna, frenó la embestida popular, que los norteamericanos pudieron ondear su bandera en nuestra capital.
El resultado fue humillante. El Estado recibió al enemigo con la rodilla en la tierra. Cuentan que Bustamante lloró; De la Peña, el presidente, dio el discurso más triste y lacrimoso de la historia; Luis Mora se dolía en soledad. Y, sin embargo, todos estos hombres, de las dos facciones que se disputaban el poder, no impidieron que en la Plaza Mayor se castigara a latigazos a todos los hombres y mujeres que salieron hasta debajo de la tierra para evitar que el conquistador colocara su bandera en detrimento de nuestro lábaro patrio. El pueblo fue humillado por la clase en el poder. La resistencia se evitó en gran medida porque no se quiso tocar el privilegio de los ricos hacendados y de la vieja aristocracia española. Como veremos más adelante, los mexicanos darían muestras de pundonor, dignidad y verdadero patriotismo derrotando a un ejército más poderoso todavía que el norteamericano como lo fuera el ejército francés. En este momento fueron sometidos por las balas del invasor y la cobardía y entreguismo de la clase rica y acaparadora de México, la misma que hoy nos gobierna.
Las consecuencias de la invasión fueron catastróficas. Perdimos más de la mitad del territorio. El 55% de nuestro país nos fue arrebatado por el imperio norteamericano. Con él Estados Unidos creció en más de una quinta parte y se consolidó como la nación más poderosa del planeta. La grandeza que hoy presume, la riqueza de la que se ufana, le fueron arrebatadas al pueblo de México. Hoy se rebaja nuevamente la dignidad de nuestro pueblo, se le acusa de invasor en las tierras que eran suyas; se le veja y humilla cuando con su trabajo, además de con la tierra que le fue robada, sostiene la economía de Norteamérica. ¿Cuál es la reacción que la historia espera de todo mexicano de bien? ¿Qué hacer ahora a sabiendas de esta terrible injusticia que nuestra mísera realidad nos recuerda diariamente? ¿Cómo resistir si el gobierno, nuevamente, como hace casi dos siglos, está confabulado con el invasor? A esto dedicaremos la última parte de esta entrega.
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Escrito por Abentofail Pérez Orona
Licenciado en Historia y maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).