La poetisa y periodista argentina Olga Orozco forma parte de la generación conocida como la Tercera Vanguardia.
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Nació el 26 de marzo de 1874 en San Francisco, Estados Unidos (EE. UU). Considerado uno de los fundadores de la poesía moderna en su país, sus poemas se inspiraron en argumentos de la vida cotidiana y rural a través del uso de un léxico simple y expresiones coloquiales.
Su primer poema fue aceptado por un editor cuando tenía sólo catorce años, pero no tuvieron éxito inmediato. Después de probar sus fuerzas en el periodismo y la enseñanza decidió emigrar a Inglaterra, donde publicó su primera colección poética La voluntad de un joven (1913); poco después realizó Al norte de Boston (1914), con la que tuvo éxito en los ambientes literarios de su país. Tras el inicio de la Primera Guerra Mundial, regresó a EE. UU. para trabajar como profesor de literatura en el Amherst College. Entre sus principales trabajos, por los que obtendría en cuatro ocasiones el Premio Pulitzer de Literatura, se encuentran Mountain Interval (1916), un enfrentamiento entre el progreso tecnológico y la naturaleza; New Hampshire (1923), que supone su plena madurez artística; West-Running Brook (1928); y dos dramas de inspiración religiosa compuestos en verso libre. Fue galardonado con numerosos premios y distinciones honoríficas y, modernamente, se le considera como uno de los más importantes poetas estadounidenses del Siglo XX.
traducción de pablo anadón, agustí bartra.
Dos caminos se bifurcaron en un ocre bosque
y lamento no haber podido andar ambos
y al ser un viajante, un largo tiempo permanecí
y bajé la mirada tan lejos como pude
hasta el punto de doblez en la maleza;
entonces tomé el otro, igual de luminoso,
y teniendo tal vez una mejor declaración,
porque estaba herboso y quería desgastarse,
aunque al pasar por ahí
se había desgastado casi igual,
y ambos poniendo la mañana por igual,
en hojas sin pasos oscuros caminados.
Ah, ¡dejé el primero para otro día!
aun sabiendo que el camino lleva al camino,
dudé si algún día debería regresar.
Debería decir esto con un suspiro
en donde siglos y siglos, por tanto:
dos caminos se bifurcaron en un bosque y yo
tomé el menos transitado
y eso ha marcado toda la diferencia.
Como se lo dijeron a un niño
Cuando cerramos la llave por la noche,
siempre encerramos las flores afuera
y las dejamos apartadas de la luz de las ventanas.
La vez que soñé que alguien agitaba la puerta
y la cepillaba con los botones de la manga,
las flores estaban afuera con los ladrones.
¡Sin embargo nadie las molestó!
Nosotros encontramos un agrón
sobre los escalones con el tallo mordisqueado.
Posiblemente yo tuviera la culpa de ello:
siempre pensé que debía haber sido
alguna flor con la que jugué mientras me sentaba
al anochecer a observar la luna cayendo temprano.
Cuando ella, mi Pena, está conmigo,
piensa que estas jornadas oscuras y lluviosas
de otoño son aquellas sin duda más hermosas
en el año: es el árbol sin follaje su amigo
y el sendero de hierbas con gotas temblorosas.
Su entusiasmo me impide estar tranquilo.
Ella habla y habla y yo la escucho resignado:
la alegra que los pájaros al fin se hayan marchado,
la alegra que su traje humilde y gris de hilo
con la bruma viscosa se haya vuelto plateado.
Las arboledas solas, desoladas,
el cielo plúmbeo y la lívida tierra,
las bellezas que observa con vista verdadera:
cree que ante mis ojos ellas no valen nada
y quiere que le explique por qué tanta ceguera.
No fue ayer que aprendí lo que es amar
los días de noviembre, su ascética templanza,
antes que de la nieve sea el mundo a semejanza;
pero sería inútil que lo intente explicar,
y es mejor que sea ella quien diga su alabanza.
Me imagino de quién son estos bosques.
Pero en el pueblo su casa se encuentra;
no me verá parada en este sitio,
ante sus bosques cubiertos de nieve.
Mi pequeño caballo encuentra insólito
parar aquí, sin ninguna alquería
entre el helado lago y estos bosques,
en la noche más lóbrega del año.
Las campanillas del arnés sacude
Como si presintiera que ocurre algo...
Sólo se oye otro son: el sigiloso
paso del viento entre los copos blandos.
¡Qué bellos son los bosques, y sombríos!
Pero tengo promesas que cumplir,
y andar mucho camino sin dormir,
y andar mucho camino sin dormir.
Tiempo ha, cuando la nieve empezaba a caer,
nos detuvimos junto, a unos pastos... “¿De quién será
aquel potro?”, dijimos. El pequeño Morgan había
puesto una pata delantera sobre el muro de piedra
y la otra sobre el pecho, encogida. Agachando
la cabeza, nos contempló un instante y huyó.
Escuchamos el diminuto retumbo de su fuga,
y nos pareció verle, una sombra gris recortándose
contra el inmenso cortinaje de los copos de nieve.
“Ese pequeño está asustado de la nieve que cae.
No conoce el invierno. Para ese pequeñuelo
no es cosa baladí. Y huye trotando.
Ni su madre podría decirle: ¡Quieto! ¡Es sólo el tiempo!
El pensaría que ella sólo habla por hablar.
¿Dónde estará su madre? ¿Por qué no va con él?”.
El potro ya regresa con su pétreo repiqueteo,
salta de nuevo el muro con ojos blanquecinos
y erguida la cola sin pelo.
Hace temblar su piel como si sacudiera moscas.
“Quienquiera que deja ese potro afuera tan tarde,
cuando los demás animales están en el establo,
hay que avisarle para que salga y lo haga entrar”.
Más allá de las puertas, a través de la helada
que cubre la ventana formando unas estrellas
dispersas, en la sombra, el mundo está mirando
su cara: está vacía la habitación. Y duerme.
La lámpara inclinada muy cerca de su rostro
le impide ver el mundo. Ya no recuerda nada.
Y la vejez le impide recordar en qué tiempo
llegó hasta estos lugares y por qué está aquí solo.
Rodeado de toneles se encuentra aquí perdido.
Sus pasos temblorosos hacen temblar el sótano:
lo asusta con sus pasos temblorosos: y asusta
otra vez a la noche (la noche de sonidos
familiares). Los árboles aúllan allá afuera;
todas las ramas crujen. Una luz hay tan solo
para su rostro, quieta, una luz en la noche.
A la Luna confía –en esa Luna rota
que por ahora vale más que el Sol– el cuidado
de velar por la nieve que yace sobre el techo,
de velar los carámbanos que cuelgan desde el muro.
Sigue durmiendo. Un leño se derrumba en la estufa.
Despierta con el ruido. Sobresaltado, cambia
de lugar. Es la noche. Respira suavemente.
No puede un viejo solo llenar toda una casa,
un rincón de los campos, una granja. No puede.
Así un anciano guardar la casa solitaria,
en la noche de invierno. Y está solo. Está solo.
Las aguas agitadas con gran fragor rompían.
Y las olas cimeras, al ver las que venían,
hacer algo querían a la costa cercana
que el mar jamás ha hecho a la tierra su hermana.
Bajas e hirsutas eran las nubes en el cielo,
como guedejas sobre unos ojos de anhelo.
Diríase, en verdad, sin poder dar razones,
que agradaba a la costa tener sus farallones,
y a éstos ser sostenidos por todo un continente.
Se acercaba una noche de tiniebla evidente,
y no sólo una noche, sino una época horrible.
Habría que aprestarse contra un furor posible,
pues vendría algo más que olas en algazara
cuando su último ¡Apáguese la luz! Dios decretara.
La poetisa y periodista argentina Olga Orozco forma parte de la generación conocida como la Tercera Vanguardia.
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Escrito por Redacción