Desde la conquista española, la nuestra es una historia de lucha de clases, donde los poderosos en cada etapa han impuesto su dominio económico y político.
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Los pretendidos seres apolíticos son aquellos que inconscientemente se suman a la política vigente de su época. Son los indiferentes, los escépticos, los apáticos; quienes, desde un pequeño rincón del mundo se muestran impasibles al movimiento de la realidad. Su complicidad con quienes perpetran el daño es deleznable; al menos los primeros cargan con el peso de sus actos, los segundos se erigen siempre como jueces amorales, “objetivos”, apátridas. Su “lloriqueo de eternos inocentes”, de víctimas de las circunstancias, de indefensos mártires de la vida, es lastimoso y denigrante. Si en efecto “somos aquello que hacemos para cambiar lo que hicieron de nosotros”, como en algún lugar escribiera Sartre; o lo que “se es realmente procede de la lucha por convertirse en lo que se quiere llegar a ser”, como apuntara Gramsci, entonces la vida es un proceso de lucha permanente. Todos, aunque en distintos grados, estamos capacitados para hacer de nuestra vida un arma consciente de transformación o de destrucción. Los espectadores que de las gradas alientan al verdugo son sus cómplices. Friedrich Hebbel tenía razón. “Vivir significa tomar partido”. Y no hay punto medio. O estás por la causa de la humanidad o eres parte de quienes la destruyen. El silencio no te hace menos culpable.
Pero hay muchas maneras de tomar partido. Levantar la voz es sólo una de ellas. El gran problema radica en que muchas de las veces no concebimos con claridad lo que los fenómenos ocultan. Partimos incorrectamente de la premisa de que las cosas son lo que deben ser; los hechos son inmutables y nuestra capacidad de transformarlos es nula o, en el peor de los casos, innecesaria; caemos así, inconscientemente, en la indiferencia. La realidad del hombre es social y, en esa medida, política. El ser humano está capacitado para transformarla en tanto que la conoce. El deporte, la cultura, el arte, el trabajo, etc., toda actividad social tiene un contenido político, determinado por fines que corresponden a intereses concretos, particulares. Dichos fines se esconden tras el velo de la “objetividad”, la “naturalidad”, la “esencia propia de las cosas”. Tomar partido implica descubrir el sentido político de los fenómenos. No atribuirles una naturalidad que no tienen. Desenmascarar los objetivos que se esconden tras la apariencia de la necesidad y combatirlos.
¿Qué representan hoy los Juegos Olímpicos? ¿Cuál es el significado de un evento de trascendencia global que se ostenta a los ojos del mundo como el momento de unidad y fraternidad universal entre los pueblos? En otras palabras: dado que el deporte es también una superestructura, un reflejo de las contradicciones inmanentes del sistema económico, ¿qué lectura puede hacerse del sistema a través de una de sus más celebradas manifestaciones? Dejaremos de lado la secuencia histórica y nos centraremos en el fenómeno actual. Por la simple y sencilla razón de que las Olimpiadas en el capitalismo tienen un “alma social” radicalmente distinta a las de la antigüedad. Que se conserven el nombre y algunas disciplinas de las que en la Grecia clásica se practicaban es hoy apenas significativo, puramente circunstancial.
En el contexto de los Juegos Olímpicos celebrados en París, dos acontecimientos “empañan” la celebración. La guerra ruso-ucraniana y la masacre israelita en Palestina. El comité olímpico ha decidido que, en el primero de los casos, se sancione a la Federación Rusa y no se permita competir a sus atletas. En el segundo, Israel no sólo puede competir, están invitadas todas las naciones que han aportado armas y municiones destinadas al exterminio del pueblo palestino. Hay quienes hablan de “doble rasero”, no hay tal. Es uno sólo. Todo lo que sirva al imperialismo es permitido, todo aquello que lo combata y lo cuestione es censurado.
Apenas unas horas después de la inauguración de los juegos olímpicos, “Israel atacó un hospital de campaña situado en la escuela Khadija de la ciudad de Deir el-Balah, en el centro de la Franja de Gaza” (RT). Fueron al menos 30 muertos y más de cien heridos los que dejó el atentado. Víctimas que se suman a los casi 40 mil muertos y 90 mil heridos que ha dejado el genocidio perpetrado por Israel y auspiciado por Washington. Todo esto mientras por el río Sena, representantes de las naciones norteamericana, israelita e inglesa, desfilaban alegremente portando banderas con eslóganes vacíos ya de todo significado como: “solidaridad”, “humanidad”, “respeto”.
El alemán Thomas Bach, presidente de Comité Olímpico Internacional, no ha ocultado el sesgo de las Olimpiadas. Al contrario. Ha tomado partido abiertamente, declarando a Rusia una nación indeseable, persiguiendo a sus atletas, acosando sus declaraciones para decidir a quién sí y a quién no invitar a partir de sus opiniones políticas. Señaló que “en el COI existe una comisión de supervisión que, junto con una empresa independiente, vigila las declaraciones públicas de los atletas en apoyo del gobierno ruso” (Sputnik). Según el mismo medio, Bach pidió a los atletas ucranianos espiar a sus pares rusos para delatar cualquier manifestación de patriotismo. Todo esto mientras la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, visitaba Kiev y aseguraba a los atletas ucranianos que “París los recibiría como héroes, que se sentirían como en casa, mientras que rusos y bielorrusos no serían bienvenidos en los Juegos” (Sputnik).
Quiero ir más lejos todavía. Bach no es más que el vocero de la OTAN y Washington. Sus valores son los valores del capital. Sus principios, los principios de las naciones que por siglos han hecho del planeta entero su coto de caza particular. Pero, a diferencia del público en general, de la opinión de las grandes mayorías, ellos parecen tenerlo ahora muy claro: el mundo está transformándose, la unipolaridad de Occidente hace aguas frente la irrupción de nuevas naciones que pretenden orientar la política económica internacional hacia nuevos derroteros. Es momento de tomar partido, la hora de las vacilaciones ha pasado. Por eso, al referirse a los “Juegos de la amistad” que organizará Rusia en septiembre de este año, el presidente del COI subrayó: “Son juegos políticos, como la Espartaquiada durante la Unión Soviética (…) En este contexto, tienen que darse cuenta de que al participar en estos Juegos de la Amistad, están tomando partido” (Sputnik). Para Bach, los Juegos de la Amistad, como la Espartaquiada, son juegos políticos. Mientras que las Olimpiadas, no. ¿Entonces por qué se debe tomar partido? Tomar partido implica elegir un bando. Significa escoger a una de las dos partes, ser políticos. Las declaraciones de Bach no carecen de sentido, es que lo quieren ocultar. Las Olimpiadas y los próximos Juegos de la Amistad son dos concepciones políticas antagónicas. Una refleja la decadencia, la crisis sistémica del capital; la otra, el nacimiento de una nueva era.
Razón no le falta a Bach al decir que hay que tomar partido. Al menos es más claro en este sentido que sus cofrades. La única diferencia es que tomar partido por el capitalismo Occidental, cuyo propósito desde hace más de medio milenio ha consistido en saquear pueblos, destruir naciones, extraer hasta la última gota de trabajo de niños, mujeres y hombres para incrementar su riqueza, es tomar partido por las fuerzas reaccionarias de la historia. Mientras tanto, tomar partido por aquellas naciones que le plantan cara al capitalismo, que se enfrentan valientemente a los intereses de la plutocracia a costa de su propia existencia, como Rusia, que buscan salvar a la humanidad del abismo al que las fuerzas del imperialismo la conducen, es, con seguridad, la única y verdadera posición revolucionaria y humanista. En las nuevas circunstancias no hay lugar para los indiferentes.
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Escrito por Abentofail Pérez Orona
Licenciado en Historia y maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).