Las cruentas agresiones de EE. UU. e Israel contra la República Islámica de Irán han recurrido a una narrativa maniquea que presenta al gobierno de Irán como “la encarnación pura del mal”.
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Para desentrañar el papel del narcotráfico en la arquitectura del capitalismo contemporáneo, especialmente en su centro neurálgico, Estados Unidos (EE. UU.), es preciso rasgar el velo de la “excepcionalidad criminal”. Bajo la óptica marxista, el fenómeno deja de ser una patología moral para revelarse como una unidad: una relación copulativa donde el capital “legal” y el “ilegal” no son sino dos momentos de un mismo proceso de acumulación. La narrativa oficial de la “guerra contra las drogas” funciona como una cortina de humo ideológica que oculta una verdad estructural: el narcotráfico no es un parásito externo, sino un órgano metabólico esencial para la fluidez del sistema financiero global.
La sociedad capitalista, en esencia, está configurada para producir mercancías con una sola finalidad: la obtención de plusvalía y su realización en la ganancia. Esta máxima, evidente pero fundamental, moldea no solamente la estructura económica, sino el “espíritu” de la sociedad misma. La ética empresarial, lejos de ser un subproducto de la virtud, es el resultado de la racionalidad económica que tiende a priorizar lo material sobre lo humano. En este régimen, la competencia no representa un juego de caballeros, sino una guerra de desgaste donde el aniquilamiento o la absorción del competidor son la norma, y el consumidor final es un mero medio para un fin. Partiendo de esta premisa, la hipótesis resulta clara: el comportamiento de los cárteles de la droga no constituye una anomalía dentro del capitalismo, sino su expresión más descarnada y consecuente cuando opera al margen de la regulación estatal.
La esencia económica del narcotraficante es empresarial. La diferencia fundamental con su contraparte legal no radica en su afán de lucro o en su disposición a eliminar competidores (prácticas comunes en la historia de los monopolios), sino en su relación con el Estado. La ilegalidad no deriva de un accidente, es una condición de mercado con una función económica precisa: la creación de escasez artificial. Al estar prohibida, la mercancía (cocaína, heroína, fentanilo) eleva su precio muy por encima de su costo de producción y genera una tasa de ganancia extraordinaria que compensa considerablemente los riesgos de la persecución. Esta dinámica responde a la lógica de cualquier mercado capitalista: la prohibición actúa como una barrera que restringe la oferta, infla los precios y maximiza la renta de quienes logran sortearla. La propia evolución del mercado ilegal lo confirma: cuando una fuente de oferta se interrumpe (como ocurrió con la drástica caída del cultivo de adormidera en Afganistán tras la prohibición talibán), el entramado criminal no colapsa, por el contrario, se reconfigura rápidamente. Los cárteles modifican su producción hacia drogas sintéticas como los nitazenos, un opioide hasta treinta veces más potente que el fentanilo. Esta capacidad de adaptación demuestra que el narcotráfico responde a los estímulos del mercado con la misma racionalidad que cualquier industria lícita: cuando un producto escasea, innovan con otro más rentable y letal.
Esta lógica de monopolio no es ajena al capital “respetable”. Al igual que los grandes consorcios trasnacionales, los cárteles erigen barreras de entrada y dedican ingentes recursos a eludir regulaciones sociales que influyen en la política para aplastar a la competencia y trasladar los costos sociales de su producción hacia poblaciones vulnerables. La historia del gran capital puede leerse como una contabilidad macabra donde las ganancias se privatizan, pero las víctimas se socializan: la industria tabacalera mintió durante décadas sobre el cáncer para sostener sus ventas; Purdue Pharma desató una epidemia de opioides ocultando la adictividad de sus fármacos. En ambos escenarios, el legal y el ilegal, el consumidor es degradado a un simple medio para la realización del valor. La diferencia entre el ejecutivo de cuello blanco y el capo criminal consiste, por tanto, en una distinción jurídica y basada en métodos de fuerza, pero no de esencia económica: ambos responden a la ley coercitiva de la competencia que exige la acumulación a costa de la vida misma.
Bajo esta lógica, resulta imposible suponer que el capitalismo estadounidense margine un negocio de tal rentabilidad. Para dimensionar el peso del narcotráfico en esa economía, parece imperativo plantear una interrogante: ¿puede un sistema de 30 billones de dólares absorber cientos de miles de millones de dólares (mdd) en efectivo sin que éstos se integren en sus arterias financieras? Imposible. El capital ilegal no permanece estático; requiere infraestructura bancaria para transmutarse en capital lícito y continuar su ciclo de valorización, porque convierte al sistema financiero en el cómplice estructural de su existencia.
La magnitud de esta integración se descubrió con la mayor vulnerabilidad del capitalismo contemporáneo. En 2009, Antonio María Costa, director de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC en inglés), reveló que los beneficios del narcotráfico (calculados entonces en 352 mil mdd) se convirtieron en “el único capital de inversión líquido” disponible para apuntalar a la banca internacional durante la crisis de 2008. En sus propias palabras, “los préstamos interbancarios se financiaron con dinero procedente del tráfico de drogas y otras actividades ilegales”, y existían “indicios de que algunos bancos se salvaron de esa forma”.
Entonces, el capital ilegal no es un elemento externo, sino estructuralmente simbiótico con el sistema financiero; actúa como estabilizador en crisis de liquidez y es inevitablemente canalizado por los grandes actores financieros. La evidencia contemporánea se confirma en la propia acción sancionadora del Estado. En 2026, TD Bank, una de las entidades más grandes de América del Norte, acordó pagar más de tres mil mdd en multas y aceptó severas restricciones a su crecimiento por haber facilitado el blanqueo de fondos para cárteles de la droga. En paralelo, el Tesoro de EE. UU. sancionó a los bancos mexicanos CIBanco e Intercam, y los acusó de mover dinero para dos cárteles, así como por facilitar la compra de precursores químicos desde China.
Las sanciones existen, pero precisamente, su existencia delata la normalización del fenómeno: el sistema financiero opera como la cámara de compensación inevitable del capital ilegal: el dinero del narcotráfico respalda la liquidez que el sistema necesita durante las crisis y, a cambio, el sistema legal ofrece la infraestructura necesaria al narcotráfico para que su riqueza crezca y se multiplique ilimitadamente.
Pero el capital no sólo circula como valor abstracto en las cuentas bancarias; requiere fuerza material para asegurar sus rutas y mercados. Si el sistema financiero proporciona el oxígeno para que el dinero del narco se limpie, la industria de la guerra provee el hierro para que éste se imponga. Se cierra así el círculo vicioso: donde termina la gestión del banquero, comienza la logística del armamento.
EE. UU. ofrece el escenario ideal para satisfacer esta necesidad: su hegemonía global se ha consolidado sobre una economía de guerra permanente; en este sentido, el complejo militar-industrial utiliza la “guerra contra las drogas” como un mercado cautivo y en constante expansión. Bajo esta perspectiva, la violencia entre cárteles no es un caos accidental, sino el motor que garantiza la demanda incesante de armamento. Esto es, esencialmente, la obsolescencia programada al campo de batalla: en el conflicto criminal, las armas se destruyen, se confiscan o se agotan, obligando a una reposición constante. Así, la guerra no busca la paz, sino el abastecimiento de un ciclo de acumulación de capital que no conoce fin.
Esta relación es profundamente orgánica y estructural. Datos de la Secretaría de Relaciones Exteriores mexicana y estimaciones académicas indican que entre el 70 y 90 por ciento de las armas recuperadas en escenas del crimen en México provienen del mercado civil estadounidense. El flujo de más de 500 mil armas anuales hacia el sur es facilitado por un entramado institucional: las laxas leyes de posesión de armas en EE. UU. y la calculada ineficacia de la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF en inglés) para supervisar a las decenas de miles de armerías en la frontera.
Estamos ante el ciclo de acumulación circular: el capital generado por el consumo de drogas en las calles de EE. UU. regresa al mismo país para financiar la industria armamentística. Este flujo de armas hacia el sur militariza los conflictos territoriales en América Latina para provocar una espiral de violencia que el Estado estadounidense utiliza para justificar aumentos masivos en sus presupuestos de defensa y programas de “ayuda militar”. De este modo, la guerra contra el narcotráfico no busca la pacificación, sino la gestión de un mercado: el conflicto perpetuo garantiza que la demanda de armas nunca decaiga.
Esta rentabilidad estratosférica no sólo garantiza la tolerancia del sistema, sino que convierte al narcotráfico en un activo estratégico para el Estado. Más allá del beneficio bancario, el flujo de capital ilegal es instrumentalizado como herramienta geopolítica: un mecanismo que permite la intervención y el control en regiones fundamentales bajo la máscara de la seguridad. La historia de la complicidad entre las agencias de inteligencia estadounidenses (CIA, OSS) con el narcotráfico es larga y está documentada: desde el control del “Triángulo Dorado” en los años 50 para financiar operaciones anticomunistas, el apoyo a los contras en Nicaragua durante los 80 con la venta de crack en Los Ángeles, hasta la explosión de la producción de opio en Afganistán tras la invasión de 2001. El Estado estadounidense, lejos de combatir el flagelo, ha utilizado el narcotráfico como una herramienta de política exterior y financiación paramilitar.
Esta lógica persiste; la estrategia de “acción militar en solitario” contra el “narcoterrorismo” en Latinoamérica, impulsada por el secretario de Guerra, Pete Hegseth, no busca erradicar el problema, sino reconfigurarlo. Como advierte el presidente colombiano Gustavo Petro, la cocaína es únicamente “la excusa para el control militar sobre los recursos y gobiernos de la región”, un argumento falaz para justificar la intervención. El verdadero interés del imperialismo no es la salud pública: tras décadas de militarización e inversión, el consumo no disminuye y las muertes por sobredosis en EE. UU. han superado el millón desde 1999. La “guerra contra las drogas” ha sido realmente una guerra por el control de territorios y poblaciones.
El crecimiento exponencial del consumo de estupefacientes en el corazón del imperio implica una interrogante: ¿puede una clase política que opera como gestora de la plutocracia tener un compromiso fidedigno con la salud pública? La respuesta se halla en la racionalidad instrumental que rige al Estado: las políticas sanitarias no son sino una fachada que oculta la prioridad absoluta de mantener la tasa de ganancia para los empresarios.
Al igual que la industria alimentaria inunda el mercado con productos ultraprocesados que priorizan la palatabilidad adictiva sobre el valor nutricional –creando una sociedad obesa y sedentaria–, la gestión de las adicciones sigue una lógica de mercado. El fracaso de las políticas públicas no es una deficiencia técnica, sino una evidencia política: el sistema protege el derecho de la burguesía a vender mercancías dañinas (sean carbohidratos o químicos) siempre y cuando el flujo de capital no se interrumpa.
Sin embargo, la rentabilidad no es la única razón de expansión del narcotráfico; debemos analizar la subjetividad del individuo producido por el capital. El capitalismo tardío ha engendrado un sujeto atomizado, atrapado en una sociedad de consumo que ofrece mercancías infinitas pero inaccesibles o insatisfactorias. El perfil psicológico de la población estadounidense obedece a una frustración sistémica: un aislamiento individualista donde el estupefaciente cumple una función anestésica frente a la vacuidad existencial del trabajo enajenado. El capital produce una sociedad tan deshumanizada que la droga se convierte en la única “fuga” posible, ya que trasforma la desesperación social en una nueva vía de acumulación de riqueza para las élites.
Estamos ante el resultado dialéctico de un sistema que prioriza la mercantilización de la existencia sobre el bienestar de la especie. La “sociedad de la adicción” constituye una condición de gobernabilidad para las élites: la sedación colectiva (ya sea mediante el opio, alcohol o los psicotrópicos modernos) ha sido históricamente un instrumento de desmovilización. Sociedades con proyectos colectivos de alta cohesión, como los aztecas, restringían la embriaguez no por gazmoñería, sino por una racionalidad política: una población fragmentada por el vicio es incapaz de sostener un proyecto soberano o combativo.
El ejemplo de la China de mediados del Siglo XX resulta esclarecedor: tras décadas de humillación imperialista bajo el comercio del opio británico, el gobierno revolucionario de Mao Tse-tung comprendió que la reconstrucción nacional era imposible con una clase trabajadora anestesiada. Las acciones fueron contundentes porque el nuevo Estado no dependía de la tasa de ganancia bancaria o de los traficantes, sino de la vitalidad productiva y una política de las masas.
Hoy podemos afirmar que el narcotráfico no se superará con prohibición policial, sino mediante una transformación radical de las condiciones materiales de vida. Un gobierno con responsabilidad histórica ante las clases trabajadoras debe priorizar el desarrollo humano integral para cercenar las raíces de la adicción: la enajenación laboral, falta de futuro y la pérdida de horizontes compartidos. Al eliminar la necesidad subjetiva de un “escape químico” mediante el pleno empleo, la reducción de la jornada y el acceso a la educación digna y la cultura, se le arrebata al narcotráfico tanto su mercado como su ejército de reserva. El combate al narco es posible solamente cuando el poder ya no sea el instrumento de una burocracia parasitaria y se convierta en el órgano de una sociedad que elija finalmente la vida sobre la cruenta ganancia.
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Escrito por Marco Aquiáhuatl
Licenciado en Historia por la Universidad de Tlaxcala y Licenciado en Filosofía y Letras por la UNAM.