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Reportaje
Un conflicto asimétrico: seis preguntas sobre la guerra en Irán
Según datos del Cuerpo de la Media Luna Roja de Irán citados por agencias internacionales, los ataques han causado más de mil 300 muertos y al menos 18 mil heridos desde el inicio de las operaciones militares.


1) ¿La Guerra la ganó Estados Unidos?

Es importante reconocer que los daños materiales y humanos más cuantiosos de esta guerra los ha sufrido Irán. Según datos del Cuerpo de la Media Luna Roja de Irán citados por agencias internacionales, los ataques han causado más de mil 300 muertos y al menos 18 mil heridos desde el inicio de las operaciones militares. Más de 70 mil estructuras civiles han sido dañadas o destruidas, incluyendo 62 mil viviendas, 281 centros médicos (hospitales, clínicas y farmacias) y 498 escuelas. Al menos 105 instalaciones críticas han sido afectadas, con particular impacto en 14 centros de salud y en el suministro de agua potable en 30 aldeas, incluyendo una planta desalinizadora en la isla de Qeshm.

El desplazamiento forzado alcanza cifras alarmantes: entre 600 mil y un millón de hogares (aproximadamente 1.9 a 3.2 millones de personas) han sido desplazadas según cifras del gobierno iraní reportadas por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Organismos internacionales han señalado el riesgo inminente de hambruna y un incremento de la mortalidad por falta de tratamiento médico. Las interrupciones del suministro eléctrico han afectado la continuidad de la atención sanitaria, mientras que el cierre del espacio aéreo ha restringido las cadenas de suministro y la movilidad del personal médico. Este conflicto vino a interrumpir la lenta recuperación económica que vivía Irán, golpeando directamente a los trabajadores del país. Podemos concluir que, desde ya, Irán ha sido el más afectado.

Ahora bien, desde el punto de vista militar, gran parte de la marina iraní ha sido desmantelada y varios puntos estratégicos de esa nación persa han sido vulnerados. La efectividad militar de Estados Unidos (EE. UU.) sigue siendo devastadora. No obstante, si trazamos el balance en función de los objetivos finales de la intervención, EE. UU. fracasó rotundamente: no logró imponer un cambio de régimen a pesar de que cometió el magnicidio del líder supremo, el ayatola Alí Jamenei y de otros altos mandos políticos de esa República; no llegó el desmantelamiento tan ansiado; no hubo una insurrección civil y, lejos de ello, se logró la unidad nacional. Como señala el Arab Center Washington DC, “el régimen iraní ha demostrado ser más duradero y resiliente de lo esperado y el país no ha (todavía) colapsado en conflictos internos”.

Esto no implica que la sociedad iraní esté exenta de contradicciones internas ni que el gobierno de la República Islámica no tenga desafíos aún por cumplir; significa, sobre todo, que a pesar del boicot, la situación insostenible en los hogares iraníes y otras demandas de las clases trabajadoras, el pueblo logró identificar en sus invasores no la solución, sino la profundización de sus problemas.

2) ¿Irán ganó con la guerra asimétrica?

La unidad nacional es el baluarte político que ha impedido el triunfo estadounidense, pero su correlato material fue la ejecución magistral de la guerra asimétrica. En este escenario, la inversión millonaria de los intervencionistas resultó ser un pésimo negocio frente a la austeridad táctica de la defensa iraní. Para dimensionar esta derrota financiera, debemos aplicar el Ratio de Intercambio de Costos, una métrica que desnuda la inviabilidad de la agresión imperial: Gasto del agresor / Gasto del defensor.

La disparidad es brutal. Mientras que EE. UU. despliega destructores de la clase Arleigh Burke con un costo de fabricación superior a los dos mil millones de dólares, Irán logra neutralizarlos o disuadirlos mediante “enjambres” de lanchas rápidas y drones de fabricación propia, como el Shahed, cuyo costo operativo apenas ronda los 20 mil dólares. Esta relación de 100 mil a uno convierte cada intento de ofensiva tecnológica en una sangría de capital para Washington. El agresor se ve obligado a disparar misiles interceptores de 3 millones de dólares para derribar artefactos que cuestan menos que un vehículo comercial. No hay economía, por poderosa que sea, que soporte un desgaste de tal magnitud a largo plazo. Por tanto, la guerra asimétrica no sólo “empantana” el conflicto en el terreno; lo convierte en una quiebra técnica para el invasor, demostrando que el alto desarrollo tecnológico de la élite militar es, en realidad, su mayor vulnerabilidad financiera.

3) ¿Por qué EE. UU. fue solo al conflicto?

El binomio EE. UU.-Israel se encontró, fuera de esta alianza, aislado diplomáticamente. El conflicto ha revelado profundas divisiones en el seno de la Unión Europea (UE). Mientras que Reino Unido adoptó una postura de equilibrio crítico, Francia enfatizó los riesgos para la estabilidad global y España rechazó abiertamente que sus bases militares fueran utilizadas para operaciones contra Irán, desafiando las amenazas de Trump de “romper relaciones”. Alemania, aunque simpatizante de los objetivos estadounidenses, optó por la moderación.

La razón de estas posturas divergentes es estructural. Europa enfrenta una altísima dependencia energética de las importaciones, que la hace vulnerable, sobre todo en el terreno del gas. La interrupción de los envíos de gas natural licuado desde la planta Ras Laffan de Qatar ha tenido ramificaciones inmediatas para los compradores europeos. Además, la UE ha priorizado la guerra en Ucrania y teme que un conflicto prolongado en Medio Oriente desvíe la atención y los recursos de Washington del teatro europeo. Por ello, aunque diplomáticamente apoyaron algunas acciones, en los hechos desarrollaron una “tramposa neutralidad”, negándose a participar en operaciones ofensivas y descartando modificar el mandato de la misión naval ASPIDES para convertirla en un auxiliar de la guerra estadounidense.

En lo que concierne a los países del Golfo Pérsico, socios importantes de Occidente, mostraron inicialmente una vulnerabilidad significativa. Aunque poseen elementos para defenderse en términos económicos y militares, no se aventuraron a prolongar un conflicto con Irán, temiendo que sus exportaciones, sobre todo de petróleo y gas, se detuvieran. Además, dependen en un 90 por ciento del agua desalinizada para su consumo, y estas plantas son vulnerables a ataques. Aunado a que el cierre del estrecho de Ormuz afecta directamente sus exportaciones de urea (49 por ciento del mercado mundial), amoniaco (30 por ciento), azufre (50 por ciento del comercio mundial) y aluminio (ocho por ciento de la producción global), con impactos en cascada sobre las cadenas de suministro globales.

4) ¿Es el estrecho de Ormuz lo más importante?

El estrecho de Ormuz tiene el privilegio de ser la puerta que abre un canal de comunicación natural para exportar miles de millones de barriles de petróleo cada día. Por él transita aproximadamente el 20 por ciento del petróleo consumido globalmente (unos 21 millones de barriles diarios) y cerca del 25 por ciento del comercio mundial de gas natural licuado (GNL). Sirve para las importaciones de países tan importantes como China, India, Corea del Sur y Japón –cerca del 70 por ciento del crudo que importan estas naciones asiáticas atraviesa el estrecho–, así como, según hemos mencionado, para una buena parte de Europa.

Por esta misma razón, en el contexto de la guerra asimétrica, Irán no requiere de grandes inversiones para proteger ese paso. Su estrategia se basa en una flotilla de lanchas rápidas equipadas con misiles antibuque, campos de minas submarinas, drones de ataque naval y defensas costeras de misiles de crucero. Con esa “armada ligera” le basta para poder establecer sus condiciones a un costo relativamente bajo, negando o interrumpiendo el tránsito durante semanas o meses.

EE. UU. era consciente de este punto, pero subestimó el impacto. Creyó que con sus reservas estratégicas de petróleo (la SPR, con capacidad para liberar hasta 4.4 millones de barriles diarios) se podría amortiguar esa relativa escasez que iba a disparar los precios de los combustibles y los fertilizantes. Sin embargo, dicha reserva no puede compensar indefinidamente el cierre del estrecho. El impacto inmediato en los precios del petróleo durante los primeros días del conflicto superó los 30 dólares por barril en el alza spot, y los precios de los fertilizantes nitrogenados aumentaron un 18 por ciento, afectando directamente los costos alimentarios en el mundo.

Tampoco contaron con la presión regional y global para reabrir el estrecho. China e India, principales compradores de crudo de la región, movilizaron su flota de escolta en el golfo de Omán y entablaron conversaciones paralelas con Teherán para garantizar la continuidad de sus suministros. La comunidad internacional, encabezada por estos “pesos pesados” asiáticos, aisló aún más la postura estadounidense.

Resultaba poco viable someter por la fuerza a los iraníes en ese paso marítimo: para controlar el estrecho de Ormuz es vital apoderarse de la costa iraní, lo que significaría desembarcar cientos de miles de soldados. Especialistas militares han señalado que una operación anfibia de esa escala requeriría al menos de 300 mil a 500 mil efectivos, con una cadena logística masiva y bajas previsibles extremadamente elevadas debido a las defensas costeras iraníes (misiles, minas y baterías antinavío). Se trata, como ya se ha dicho, de una aventura cuantiosa y desorbitante en términos económicos y humanos.

Así que la amenaza que lanzó Donald Trump como ultimátum realmente fue para aplacar a los inversionistas en el mercado. El lunes 23 de marzo de 2026, Trump declaró que daba un plazo de 48 horas para que Irán reabriera el estrecho, afirmando que existían negociaciones de fondo. Medios internacionales confirmaron posteriormente que no había ninguna negociación en curso y que la declaración respondía a la necesidad de calmar los mercados financieros tras una semana de caídas en las bolsas asiáticas y europeas.

5) ¿Aquí ganaron los BRICS?

China no resultó afectada en su suministro energético porque, a diferencia de EE. UU. y Europa, mantuvo abiertos sus canales diplomáticos y comerciales con Irán. Sus empresas continuaron adquiriendo crudo iraní con descuento (un promedio de 1.2 millones de barriles diarios durante los primeros meses de 2026, un 18 por ciento más que el año anterior) utilizando sistemas de pago en yuanes y mecanismos que sortean las sanciones. Al mismo tiempo, Pekín desplegó su flota naval en el golfo de Omán para proteger sus buques mercantes y presionó a Washington para que no escalara el conflicto. Su cálculo fue claro: evitar una guerra abierta que encareciera sus importaciones y consolidarse como socio estable de Irán, ganando espacio frente a Occidente.

Rusia, por su parte, ni siquiera sufrió el cierre del estrecho: lo aprovechó. Gigante exportador de hidrocarburos, Moscú vio crecer la demanda de sus energéticos: las exportaciones de gas natural licuado (GNL) aumentaron un 12 por ciento en el primer trimestre de 2026 y el crudo ruso Urals superó los 85 dólares por barril, su nivel más alto desde 2022. Además, reforzó su alianza con Teherán con suministro de equipamiento militar (sistemas S-400 y tecnología de drones) y amplió la cooperación en el marco de los BRICS. Para el Kremlin, el desgaste estadounidense en un nuevo frente en Medio Oriente desvía recursos de Ucrania. Por eso se mantuvo al margen de las presiones para reabrir el estrecho, limitándose a declaraciones retóricas de apoyo a la “soberanía iraní”.

La pregunta de fondo no es si China y Rusia están siendo beneficiadas (claro que sí) sino si los BRICS como bloque han contribuido a que EE. UU. no ganara el conflicto. La respuesta es afirmativa, pero no por confrontación directa, sino por agotamiento indirecto.

El bloque, ampliado en 2024 con Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Irán, Egipto y Etiopía, representa hoy el 37 por ciento del PIB mundial en paridad de poder adquisitivo (PPA) y más del 45 por ciento de la población global. Ese peso específico ha erosionado la hegemonía estadounidense en términos económicos y, con ella, su margen de maniobra diplomático.

El contrapeso operó en dos dimensiones significativas. En la económica: China e India siguieron comprando crudo iraní con mecanismos alternativos al dólar, neutralizando la estrategia de asfixia de Washington. La participación del dólar en las reservas mundiales cayó al 58 por ciento en 2025 (mínimo en tres décadas), mientras el yuan alcanzó un 5.2 por ciento (FMI). En lo estratégico: La ampliación del bloque incorporó a países del Golfo (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos) que, aunque aliados tradicionales de EE. UU., evitaron comprometerse plenamente con la guerra por no alinearse con un polo emergente que ya es un contrapeso autónomo.

Así pues, la debilidad de EE. UU. que le ha impedido intervenir territorialmente y buscar negociaciones para reabrir el Estrecho de Ormuz se debe, en buena medida, a la consolidación de las economías emergentes y al surgimiento de un orden multipolar. Pero aquí hay una lección que nuestro país y las fuerzas políticas que luchan por una sociedad mejor no pueden eludir.

El contexto geopolítico puede ser favorable, pero no será la razón única ni suficiente para construir una sociedad más justa y democrática. La correlación internacional abre ventanas de oportunidad, pero la transformación social sigue siendo una tarea doméstica: exige organización, conciencia y acción política desde las bases. Los equilibrios geopolíticos, por más favorables que sean, no sustituyen el trabajo de construcción interna.

6) ¿Estamos aún al borde de una guerra mundial?

El imperio estadounidense muestra signos evidentes de debilitamiento, pero su agresividad no disminuye: se intensifica. Precisamente porque su hegemonía agoniza, sus acciones se vuelven más desafiantes y cruentas. No hay criterio ético ni humanista que las guíe, sólo un cálculo financiero implacable: si el poder se juega a todo o nada, no hay miramientos.

Esta maquinaria bélica no opera sin cobertura ideológica. Antes que los bombardeos, viene la propaganda: una campaña masiva de desinformación que explota prejuicios y la falta de datos para convencer a la población trabajadora de que la invasión tiene “méritos democráticos”. El objetivo es ocultar la lógica real del conflicto: la acumulación por desposesión.

La historia reciente es clara: el capitalismo en crisis recurre a la guerra como mecanismo de reordenamiento cuando otras vías de acumulación se agotan. Bajo esa lógica, una guerra mundial nunca es descartada. Y aquí una advertencia necesaria: la transición a un mundo multipolar, por deseable que sea, no garantiza la paz. Cada potencia emergente prioriza su propia agenda, que no siempre se alinea con las necesidades de los pueblos, ni siquiera con los de sus aliados.

El conflicto en Irán muestra la crueldad en carne viva: bombardeos, desplazamiento forzado, hambruna, destrucción masiva y daños psiquiátricos que atraviesan generaciones. La muerte en la guerra no es equitativa: golpea primero a los trabajadores, que sufren los descalabros de la invasión y terminan muriendo defendiendo su territorio.

Por eso, la verdadera garantía no está sólo en la multipolaridad diplomática, sino en la organización interna de los pueblos y en su capacidad para resistir la manipulación. Sólo una organización popular que lleve al poder proyectos centrados en el bienestar social, y no en los dividendos de una clase empresarial corrupta y mortífera, podrá desactivar la inercia hacia una guerra global. 


Escrito por Marco Aquiáhuatl

Licenciado en Historia por la Universidad de Tlaxcala y Licenciado en Filosofía y Letras por la UNAM.


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