A diferencia de la obra magna de Marx, el Manifiesto pretende penetrar como daga en la carne del capital. Busca ser un arma en manos del proletariado; una herramienta de combate y no una explicación holística de la vida y el hombre.
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El objetivo de este trabajo es revisar el desarrollo del capitalismo en sus diferentes fases, acercándonos así a una explicación, lo más objetiva posible, del momento crítico y turbulento que atraviesa la sociedad actual. La única forma de explicarse la crisis de nuestro siglo, particularmente de esta década cada vez más caótica, es a partir de la comprensión de la lógica interna del capitalismo. La contradicción final del sistema parece irremediable, y con ella, el planeta parece condenado a la extinción. No obstante, queda lugar aún para la voluntad inteligente de los pueblos, en cuyas manos se encuentra el destino y la salvación de la humanidad.
El alumbramiento de la sociedad burguesa fue en verdad un acto heroico. Se conjuraron para ello la grandeza de los individuos, los partidos y las masas. De su nacimiento quedan vestigios como la Revolución Inglesa de 1641 y la Revolución Francesa de 1789. Hoy la historiografía burguesa todavía acude a los Cromwell, los Robespierre, Danton, Saint-Just o Napoleón, para glorificar su pasado. Su consagración fue tan arrolladora que la sociedad no sólo no se lamentó cuando arrojó a todos los viejos ídolos por la borda para dejar en su lugar “el frío pago al contado”. Todo lo contrario, celebró el atrevimiento, la audacia, la osadía de una nueva clase que sin prejuicios ni ataduras destruía todo lo que encontraba a su paso. El proletariado mismo no dudó, al menos hasta principios del Siglo XIX, en colaborar entusiasmado con una clase que avanzaba triunfal, de victoria en victoria.
Pero esta fiesta frenética, donde la necesidad histórica y el entusiasmo revolucionario se reunían haciendo surgir colosos, se vio interrumpida por el desenvolvimiento de su propia dinámica. Los triunfos en la industria y la ciencia fueron tan contundentes, que en menos de cuatro décadas, para 1846, “el taller del mundo”, Inglaterra, se vio obligado a abrir su mercado y decretar el “libre comercio” a escala global para deshacerse rápidamente de las mercancías excedentes. El capitalismo y la gran burguesía se veían ante esta contradicción: un exceso de mercancías por un lado y una clase trabajadora menesterosa que las producía, pero era incapaz de comprarlas. La solución, que no tardaron en observar los “buenos hombres” de la época, era sencilla: elevar el salario de la masa trabajadora para que accediera a las mercancías que no encontraban salida. Esto significaba, sin embargo, atentar contra la propia lógica del capital que exigía, para su funcionamiento, un proletariado empobrecido y siempre necesitado de vender su fuerza de trabajo.
¿Cuál fue la salida que salvó de esta primera gran crisis al sistema? Abrir con la fuerza de las armas los mercados de todo el planeta, obligar a los pueblos colonizados a través de la deuda pública a hacerse del excedente de capital de los países de “primer mundo” y, finalmente, aprovechar este proceso “globalizador” para extraer mano de obra más barata que la de sus propios países y materias primas casi regaladas. Este proceso le insufló vida al capitalismo. La contradicción podía resolverse, al menos temporalmente, y la estabilidad se logró a pesar de las recurrentes crisis, guerras y miserias que esta salida temporal traía consigo. Para lograr esto, el liberalismo de viejo cuño se vio obligado a traicionar sus principios, a abandonar la “libre competencia” –en la que reside, para ellos, todo el significado de la libertad– en favor del monopolio, y a renegar de sus principales teóricos. Voltaire, Rousseau y Montesquieu, junto con Adam Smith, David Ricardo y William Petty, fueron desechados del arsenal teórico del capital en su nueva fase. Eran demasiado radicales para el gusto del “nuevo liberalismo”.
Volviendo a los hechos, en la medida en que el capital se acumulaba y los mercados del mundo se saturaban, los dueños de los grandes monopolios, para entonces ya dueños del poder del Estado, se vieron obligados, indefectiblemente, a entrar en disputa entre sí por el resto del botín. He ahí el origen de las dos guerras mundiales en las que millones de seres pagaron con su vida el hambre de acumulación capitalista.
El capitalismo de mediados del Siglo XX se benefició de la guerra al poder reconstruir, con los excedentes de capital, las ciudades en ruinas que él mismo había destruido. El Plan Marshall, o Programa de Recuperación Europea, permitió a Estados Unidos, cuya participación en la guerra fue apenas simbólica, invertir 13 mil millones de dólares que, a la postre, lo harían dueño de Europa. La Segunda Guerra Mundial representa el triunfo definitivo del imperialismo norteamericano sobre todos sus competidores. A su vez, el Estado de Bienestar, resultado de la política económica keynesiana, evitó que las masas empobrecidas por la guerra se revelaran contra el sistema o se sintieran atraídas hacia el comunismo, que hacía de la URSS una amenaza permanente para la élite occidental.
El respiro que el imperialismo –la fase del capitalismo que se caracteriza por el control de la producción por parte de los monopolios y trusts industriales, cuyo capital es manejado por el capital financiero, los bancos– había obtenido gracias a las dos guerras mundiales, duró poco. Los años setenta, una vez debilitada la Unión Soviética, se caracterizaron por la sustitución de la política económica: surgió el neoliberalismo, la forma más descarnada del capitalismo, que, en realidad, no era otra cosa que la cara opuesta del keynesianismo. Si en cierto momento el capitalismo debía ser paternalista para evitar la influencia del comunismo soviético y la organización popular, cuando vio el camino despejado mostró su verdadera naturaleza rapaz, implacable y violenta. En todos los países se impusieron privatizaciones y el Estado se debilitó hasta quedar como simple réferi; dejando a la clase trabajadora en el más absoluto desamparo. La crisis de 2008 fue el punto de quiebre de la política neoliberal. No había más que robar; habían saqueado al planeta entero, empobrecido a las masas a niveles degradantes y, sin embargo, el gran capital buscaba afanosamente seguir acumulando.
Buscaba valor, es decir, trabajo humano. A pesar de que las mercancías se multiplicaban y saturaban los mercados del mundo, la tragedia del capitalismo consistía, paradójicamente, en que las mercancías que producía, al contener cada vez menos trabajo humano por el desarrollo tecnológico, contenían, a su vez, menos valor. No importa que los precios estuvieran por los cielos y que por millones se comerciara en el mundo. El hecho real es que valían menos, mientras el ejército de desempleados (expulsados de su trabajo por el mismo desarrollo tecnológico) se multiplicaba, incapacitado para adquirir las mercancías. A esta fatal condición de la última fase del capitalismo, Marx la llamó: “Tendencia decreciente de la tasa de ganancia”.
Tomaremos únicamente el ejemplo de Estados Unidos, cabeza visible del imperialismo mundial, para demostrar esta última afirmación. “En la llamada ‘edad de oro’ del capitalismo estadounidense de posguerra, la tasa de ganancia del sector corporativo no financiero (SCNF) era muy alta, con un promedio de más del 20 por ciento, aumentando un seis por ciento desde 1945-1965. Pero luego llegó el período de crisis de rentabilidad entre 1965 y 1982, cuando la tasa de ganancia cayó un 44 por ciento. Esto provocó dos grandes caídas. En 1974-1975 y 1980-1982 llevó a los estrategas del capitalismo a restaurar la tasa de ganancia con las políticas “neoliberales” de privatización, el aplastamiento de los sindicatos, la desregulación de las finanzas y la globalización desde principios de la década de 1980 en adelante” (Michael Roberts).
El estímulo de las privatizaciones duró poco. Para 2020, “la tasa de ganancia de EE. UU. en su sector no financiero alcanzó un mínimo de 75 años (…) en otras palabras, en las dos primeras décadas del Siglo XXI, los capitalistas del sector no financiero de EE. UU. explotaron aún más la fuerza de trabajo, pero no lo suficiente como para detener la tasa de ganancia”. Esta tendencia ha seguido su marcha; las “fábricas negras”, en las que se crean mercancías con un mínimo de valor, son sólo un ejemplo de ello. (Para ahondar sobre el tema, recomendamos la lectura completa del artículo de Michael Roberts La tasa de ganancia de EE. UU. en 2021).
Resumiendo el sentido de esta nueva fase de la crisis: “La historia del capitalismo ha estado marcada por ciclos de expansión y de crisis. Pero hoy el sistema enfrenta una crisis estructural de acumulación: los mercados están saturados, la tasa de ganancia cae y la innovación tecnológica ya no reactiva la producción, sino que destruye empleo y valor, según la investigación de los datos empíricos expuestos por los investigadores Güney Işıkara y Patrick Mokre” (El 3 de enero y la racionalidad imperial contra Venezuela).
Apelar a la legalidad, a la propia legalidad imperialista, a partir de llamados al “derecho internacional”, al derecho a existir de pueblos y naciones y a su soberanía, conduce muchas veces a olvidar el contenido de clase de esa legalidad a la que se apela. Es un hecho, demostrado históricamente, que es legal todo lo que sirva al interés de clase de quienes detentan el poder, y hoy el poder está en manos del imperialismo, de los grandes consorcios internacionales, de los fondos de inversión y los monopolios. Si ahora la gran burguesía desconoce todos los tratados que hace apenas unos años ella misma redactaba, es porque está en condiciones de hacerlo, porque tiene la fuerza para cambiar la ley acorde a sus intereses. Y algo más. Trump no sólo es el efecto, es el representante de turno de la decadencia, de la barbarie y de la locura del capital, pero daría exactamente igual, o incluso podría ponerse peor todavía, si estuviera en su lugar algún demócrata. El bipartidismo norteamericano es un claro ejemplo de la vaciedad de la democracia moderna.
Es en este sentido en el que deben entenderse los actos aparentemente irracionales que presenciamos ahora. La ferocidad que caracteriza la política imperialista, particularmente la norteamericana, coincide con la irracionalidad del capitalismo. No es un hombre, por abominable que éste sea (como en su momento lo fue Hitler), la causa de la crisis de un sistema cuyas costuras se rompen por todos lados; es él el reflejo, la expresión más acabada de la decadencia social “cuya existencia se arrastra al borde del abismo”. Culpar a Trump de las calamidades que aquejan al mundo entero es hacerle un favor, concederle una importancia que no tiene.
El secuestro del presidente Nicolás Maduro el pasado tres de enero fue un acto criminal, una maniobra digna de facinerosos y no del representante del país más “democrático”. Fue secuestrado el primer mandatario de una nación libre y soberana, por el simple hecho de que la élite capitalista se está quedando sin recursos, concretamente energéticos, para reproducir su sistema. EE. UU. depende en un 84 por ciento de las energías fósiles, sus reservas están por agotarse y tiene que tomar por la fuerza lo que por justicia no puede tener.
El intento de golpe de Estado en Irán responde exactamente a la misma lógica. Irán ocupa el tercer lugar mundial en reservas de petróleo, sólo después de Venezuela y Arabia Saudita. Tal y como sucediera en el caso venezolano, el gobierno iraní se negó a ser saqueado. No sólo eso, sus reservas, que debe comerciar, van a parar al principal competidor de Estados Unidos. “Hoy en día, China es el mayor comprador de crudo iraní. El debilitamiento de Irán, por lo tanto, debilita una arteria energética clave para Pekín: Irán representó aproximadamente el 13 por ciento de las importaciones marítimas de petróleo de China en 2025, con aproximadamente 1.38 millones de barriles diarios destinados a compradores chinos” (Por qué Occidente no acepta la soberanía iraní). Destruir Irán a través de una “nueva primavera” o una invasión directa es condición para la sobrevivencia del imperialismo norteamericano.
Estos nuevos actos de agresión se suman al genocidio que Israel y EE. UU. cometen en Gaza: más de 71 mil palestinos han sido asesinados. El 85 por ciento de la población, más de 1.9 millones de personas, han sido desplazadas. El lobby sionista ha logrado, siendo el dueño verdadero del capital financiero mundial, que EE. UU. sufrague el 75 por ciento de la guerra. No es sólo, como ahora se rumora, que conozca los oscuros secretos de la política norteamericana; es que el capital sionista está detrás de cada acción que el presidente en turno (demócrata o republicano) realice; el verdadero poder que ejercen es el económico. Quieren hacer de Gaza una nueva Riviera donde reinvertir el excedente de capital que se acumula y amenaza con hacer explotar la burbuja, no importa si para ello debe hacerse una limpieza étnica, asesinar a sangre fría a miles de niños, mujeres y hombres; amenazar la existencia de la raza humana misma con tal de alcanzar sus fines. Ése es el comportamiento natural de la élite imperialista, y tanto Gaza como Venezuela, y antes que ellos muchos otros pueblos, son sólo una muestra del terror que está por venir.
Esto es apenas el inicio del fin. El repliegue de Estados Unidos hacia Latinoamérica es inevitable bajo esta política económica. Al perder el control de otras regiones del mundo, viéndose derrotado en Ucrania frente a Rusia, y con la amenaza permanente de ser rebasado de un día para otro por el impresionante despliegue del capital chino, EE. UU. se atrinchera en su patio trasero. La doctrina Monroe es aplicada con mayor ferocidad en su nueva fase como “doctrina Donroe”. Varios son ya los gobiernos del continente que se han sometido, dispuestos a servir al gigante enfermo y decadente: Javier Milei en Argentina; Rodrigo Paz, en Bolivia; Kast, en Chile; Rodrigo Chaves, en Costa Rica; Nayib Bukele, en El Salvador; Daniel Noboa, en Ecuador; Asfura, en Honduras; Bernardo Arévalo, en Guatemala; Irfaan, en Guyana; Raúl Mulino, en Panamá; Santiago Peña, en Paraguay. Las amenazas de invasión, elevación de aranceles, bloqueo, e incluso invasión directa, no dejan de tener efecto en la conciencia de los pueblos que “eligen” al gobernante que el imperio les indica. Las cosas, sin embargo, podrían ser diferentes.
La sumisión no es la única salida. Cuando el gobierno se entrega sin chistar, cuando es una marioneta al servicio del capital financiero mundial y no duda en regalar la riqueza y dignidad de su patria, al no existir ya una relación entre gobierno y pueblo, todo lo más, sus intereses son opuestos; entonces el momento de actuar se vuelve ineludible. Nuevos vietnams han de brotar en suelo latinoamericano. El ejemplo cubano señala el camino. La realidad nos ha alcanzado, “se ha creado una situación que no permite volverse atrás, y las circunstancias gritan: Hic Rhodus, hic salta! (Aquí está Rodas, salta aquí)” (Marx. El dieciocho brumario). Si quieren salvarse a sí mismos, si aspiran a ser más que el botín del imperialismo senil, los pueblos deben jugar el papel que la historia les ha impuesto y reconocer la fase en que se encuentra la lucha, una fase, en definitiva, de agitación, propaganda y organización. Estas tareas fueron siempre necesarias; hoy, sin embargo, se vuelven cuestión de vida o muerte. ¡Audacia, audacia y más audacia!, debe ser la consigna. El poder norteamericano parece invencible, la historia ha demostrado, no obstante, que ningún imperio es eterno.
A diferencia de la obra magna de Marx, el Manifiesto pretende penetrar como daga en la carne del capital. Busca ser un arma en manos del proletariado; una herramienta de combate y no una explicación holística de la vida y el hombre.
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Escrito por Abentofail Pérez Orona
Licenciado en Historia y maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).