La mala relación o absoluta desavenencia entre verdad y política es un viejo lugar común.
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Existen conceptos que, más allá de su atinada determinación de realidad, es decir, de la significación teórica de un proceso o un fenómeno, tienden necesariamente a transformarse y evolucionar. Otros, sobre todo aquellos que refieren a la naturaleza, aunque no son eternos ni inmóviles, son menos proclives al cambio a menos que sea producto de una revolución científica radical, algo cada vez más inusual. Así, por ejemplo, conceptos como luz, sonido y materia, han evolucionado sólo gracias a descubrimientos científicos que, en la medida que la ciencia se desarrolla y define con mayor precisión, son más difíciles de superar. Sin embargo, otro tipo de teorización requiere el estudio de la historia, es decir, del acontecer humano. En ella los fenómenos se mueven producto de la necesidad y de la transformación que, gracias a su comprensión, el hombre pueda hacer sobre ésta. No están sujetos a leyes eternas, aunque sí a leyes históricas, es decir, al legado que el pasado entrega a cada generación. Por esa razón, la verdad es, en la historia, a un tiempo absoluta y relativa. Absoluta porque no cambia mientras no se transformen las circunstancias que le dan origen. Relativa porque, en la medida en que el ser social cambia estas circunstancias, da origen a nuevas realidades que determinan, a su vez, nuevas conceptualizaciones. Es un juego dialéctico interminable que, en pocas palabras, podemos definir como el devenir de la humanidad.
Tomando en cuenta estas consideraciones debemos acercarnos a un concepto que, a pesar del desgaste, la crítica y, sobre todo, el paso de siglos sobre él, parece como si apenas se hubiera modificado: el nacionalismo. Aunque su origen data del siglo XVIII, como producto de las revoluciones burguesas en Europa, hoy se continúa usando casi bajo la misma acepción. Se habla de nacionalismo como si se refiriera con ello al orgullo y la identidad que implicaba desplazar a una monarquía para poner en su lugar la voluntad “ciudadana” (burguesa); poco importa que haya sido usado como andamiaje teórico del fascismo, que sea el aguijón con el que se insufla el espíritu del chauvinismo y el racismo o que, como se observa en la Europa de hoy, sirva únicamente como símbolo identitario a través del cual puede uno justificar la más vacía y estéril existencia. Este concepto ha cambiado tanto y tan profundamente que, en los países occidentales, ha dado un mortal salto hacia atrás. De ser una idea revolucionaria hoy no es más que una visión conservadora y reaccionaria del mundo. Una de las múltiples armas al servicio del imperialismo que tanto le han servido para manipular y controlar a pueblos que, en su pretendido orgullo nacional, no hacen más que hacerle el juego ciegamente a fuerzas que en otra época pretendieron combatir.
Así, la “verdad” sobre el nacionalismo pasó a definir, en menos de dos siglos, un movimiento revolucionario a uno reaccionario. De ser un paso de la humanidad hacia adelante, hoy significa retroceso y conservadurismo, precisamente lo que representa en estos momentos Europa para el mundo. Sin embargo, este tipo de conceptos o fenómenos tienen más implicaciones y determinaciones de las que la RAE o Wikipedia pueden dar cuenta. Insisto, al ser un concepto histórico-humano, debe entenderse en perpetuo cambio y movimiento. La segunda determinación importante es la realidad, o, en otras palabras, el ser social sobre el que se pretende estudiar. Esta característica cultural y geográfica obliga nuevamente a la idea a someterse a la forma del fenómeno que pretende distinguir. Tal y como el agua toma la forma del vaso el concepto debe someterse a las circunstancias que busca delimitar. En este sentido podemos, con algo de atrevimiento, decir que el nacionalismo, como cualquier otro concepto, debe adaptarse al momento histórico, es decir, a la realidad concreta del pueblo en el que se encuentre o, en otras palabras, a sus necesidades históricas. Quiere decir esto que el nacionalismo es un concepto temporal; que es revolucionario, es decir, necesario, en una etapa del desarrollo de los pueblos y que, si tal o cual pueblo no ha llegado a ser una verdadera nación, entonces debe apelar a esta idea como arma de transformación. Mientras algunos países, que atravesaron ese proceso cientos de años atrás, se agarran a la idea del nacionalismo como el amante obstinado se aferra a un cadáver, otros, cuyo proceso de formación histórica es radicalmente diferente, deben ver al nacionalismo como la amante viva, lozana y bella, que es preciso estrechar hasta sentir flaquear los brazos.
Así pues, nos encontramos ante dos tipos de nacionalismo. Un mismo concepto que en dos realidades diferentes toma, según sea el caso, una forma revolucionaria o reaccionaria. Una idea que por un lado sirve como antorcha en la oscuridad y en otro no es más que una pavesa cargada de nostalgia.
Un país destruido, sometido y saqueado en los albores de la civilización; un país por tres siglos esclavo del más pérfido e indigno vasallaje perpetrado por un rancio feudalismo; un país roto por la mitad y desmembrado por las manos de un nuevo conquistador; un país invadido por casi medio siglo por hienas sedientas de riqueza y defendido apenas por la casualidad y la astucia de un puñado de hombres; un país víctima del engaño de una burguesía “revolucionaria” que le prometió, a cambio de su sangre, un boleto hacia el progreso; en fin, un país que lleva más de quinientos años sin conocer claramente su identidad, sin reclamar su dignidad y olvidando el orgullo pasado y presente que le corresponde, ¿no debería actuar y buscar, en la misma medida en que rehace su historia, el espíritu nacional que le permita enfrentar la nueva realidad de un mundo para el que no es más que un coto de caza? ¿Son necesariamente contradictorias las ideas de nacionalismo y lucha de clases? Estas preguntas tendrán que resolverse en la segunda parte. Por el momento el nombre del país, como lo sabe cualquier pueblo de África, Asia o Latinoamérica, puede ser cualquiera.
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Escrito por Abentofail Pérez Orona
Licenciado en Historia y maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).