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Reportaje
Nuevo procónsul de EE. UU. impondrá mano dura a Colombia
El apretado triunfo de Abelardo De la Espriella como presidente de Colombia reduce a ese país de gran valor geoestratégico a la geopolítica imperialista.


Llega a la Casa de Nariño un presidente sin experiencia política y que incumplió el servicio militar; desde ahí servirá a la geopolítica de Estados Unidos (EE. UU.) que avasallará a 40 millones de colombianos.

Hasta hace unas décadas, EE. UU. recurría a golpes militares para domar a la América Latina rebelde; ahora arropa a la derecha que se expande en su patio trasero ante una izquierda atomizada y el auge de la criminalidad.

El apretado triunfo de Abelardo De la Espriella como presidente de Colombia reduce a ese país de gran valor geoestratégico a la geopolítica imperialista y reafirma en el poder a la casta local que ha quebrantado derechos de vida, igualdad, identidad y soberanía.

En el ideario neocolonial de la Casa Blanca sobre Nuestra América, Colombia es una pieza fundamental; por eso, Donald Trump alardeó: “Lo apoyé y ganó”, complacido de tener otro gobierno afin.

Tras el siete de agosto se concretará el contubernio Trump-De la Espriella, que también trabajará vis a vis con el bloquo neofascista regional por los intereses estadounidenses. Y mientras el imperio se apodera de ese país, profundizará la polarización interna.

La pesadilla

La amplia red de procónsules satisface a la Casa Blanca que tejió, en buena parte de América Latina, incluso con dos de nacionalidad estadounidense: Daniel Roy Gilchrist Noboa Azin, en Ecuador; y Abelardo Gabriel de la Espriella Otero, en Colombia.

Y con ellos, los outsiders: Javier Gerardo Milei Luján, en Argentina, José Antonio Kast Rist en Chile, Santiago Peña Palacios en Paraguay, Rodrigo Paz Pereira en Bolivia, Luis Abinader Corona en República Dominicana y en Perú se alista Keiko Fujimori Higuchi, hija del sátrapa y espía Alberto Fujimori.

 Los empoderó para cobrar impuestos a la clase trabajadora, usar la justicia a favor de las élites, ordenar al ejército reprimir protestas y abrir las puertas a firmas extranjeras para saquear recursos; del resultado deben rendir cuentas a Washington y sus embajadores.

El procónsul colombiano culpa al presidente Gustavo Petro de todos los problemas del país y su programa neofascista es afin a las élites: reducir al Estado en 40 por ciento, cerrar el diálogo de paz y dar “dura respuesta militar” contra los grupos armados y no asumir que las oligarquías incubaron la parapolítica que trastocó la gobernabilidad.

Como EE. UU. devora energía, De la Espriella ofreció aumentar la exploración petrolera –incluso con fracking– para producir hasta 1.3 millones de barriles diarios. Y urgido de recursos ampliará la base de contribuyentes –desde luego, entre los de menos ingresos.

La ultraderecha a la que sirve es reacia a los compromisos internacionales, por lo que propuso salir de la Organización de las Naciones Unidas, terminar la jurisdicción Especial para la Paz y agudizar la securitización con 10 megacárceles.

El procónsul se posiciona como populista soberanista, pues en nombre de la democracia, se propone “modificar” las instituciones, como describe el libro Política del miedo, de Christophe Ventura.

Al analizar la elección del 21 de junio, urge considerar que en Colombia existe un añejo conflicto armado, agudizado por las mafias y el terrorismo foráneo que ha devastado a la población. El polémico presidente ofrece cimentar una política más dura que la de Álvaro Uribe, “contra el crimen”, guerrilla y sectores precarizados.

El marco punitivo de De la Espriella responde a las oligarquías y élites. Con la coartada de combatir la inseguridad, cerrará la vía a todo movimiento progresista y reafirmará las directivas represivo-racistas del Comando Sur.

No debemos olvidar que Colombia es el tercer país más desigual del planeta y que los artífices del proyecto ultraradical del procónsul integran el uno por ciento de la población que recibe 18 por ciento de ingresos, contra la mayoría de 39 millones que percibe ingresos mínimos.

Cuando De la Espriella suceda a Gustavo Petro, el único gobierno de izquierda que ha tenido Colombia, su país será el pivote de la visión de Seguridad Nacional de EE. UU. y no teme admitir: “Voté por el Sr. Trump en 2024”.

Por ello, su triunfo y el de su movimiento “Defensores de la Patria” representa una de las peores noticias para la lucha antihegemónica de Colombia y Nuestra América. Y para México habrá evidente tensión ideológica.

Voto facho

Antes de la segunda vuelta entre Iván Cepeda –abanderado de la izquierda– y Abelardo de la Espriella, el imperio “metió la mano” en la elección con el respaldo de Trump, advirtió el analista Atilio Borón: “La pregunta de hoy va más allá de quién gana, sino si Colombia logra sostener su derecho a decidir sola”.

 

 

Ese derecho se coartó con la campaña de violencia. El precandidato Uribe Turbay fue asesinado y tuvo lugar el peor ataque terrorista en Cajibío, Cauca, con 20 civiles muertos, que influyó en el ánimo electoral.

En ese contexto, De la Espriella sacudió el tablero colombiano y se impuso por menos de un punto porcentual (250 mil votos). Ello confirmó que los sondeos no captaron la magnitud del fenómeno que puso a Colombia en manos del “fascismo mafioso”, como calificó Petro al proyecto de la derecha.

En su intento por explicar por qué la realidad superó a la estadística, el politólogo Juan Zahir Naranjo repasa el aforismo antifascista de los años 40, que sostenía la incompatibilidad matemática de que inteligencia, honradez y fascismo coexistan en un mismo individuo.

Según el silogismo, quien apoya el fascismo lo hace por ser rico (interesado), malvado (indiferente al sufrimiento de otros) o por ignorante (no ve qué lo rodea). Sin embargo, ahora el triunfo del autoritarismo se atribuye a la influencia mediática, a sectores de centro y a cierta academia complaciente.

Todo indica que 13 millones de votantes pro-outsider ignoraron que, en la gestión de Petro, las mil mayores empresas reportaran ganancias multimillonarias y que las élites mantuvieran su prosperidad, reveló la Superintendencia de Sociedades de Colombia.

 El autoritarismo no les incomoda, lo avalan para preservar su privilegio de casta y riquezas; apoyaron a De la Espriella porque les garantiza continuidad. Otro fue el voto “indolente” de quienes, conociendo los abusos de la derecha, no les importa su impacto en la sociedad. Apoyan la coerción contra la izquierda con el “populismo punitivo” y el lawfare, apunta el politólogo Zahir.

También hubo voto “ignorante” de informales, campesinos y desempleados, manipulados por campañas engañosas del “peligro comunista” o “repunte de la delincuencia”. Ahí aplica el concepto marxista del dominado que defiende, sin saberlo, las cadenas de su dominador.

A ellos se dirigió la desinformación del 80 por ciento de los medios que se hallan en manos de sólo cuatro familias: Sarmiento Angulo, Santo Domingo, Ardila Lülle y Gilinski, según la Universidad del Rosario. Otro voto fue el “arribista”, de la clase que no es rica pero aspira a serlo. Son medianos comerciantes, pequeños empresarios y profesionistas independientes que votan por aspiración, no por ideología.

En contraste, el electorado de Cepeda se concentró en departamentos golpeados por la pobreza y el conflicto, reveló el politólogo Yann Basset. Así, el campo de batalla electoral no estuvo entre ricos y pobres, sino entre una clase media urbana que votó por la derecha contra la izquierda, describe Juan Z. Naranjo. Fue el voto facho.

Entrevista Francisco José Mejía

Esta elección plantea una sociedad muy polarizada, como en buena parte de América Latina, donde las Cámaras no tendrán mayoría del candidato ganador.

Ésta es una neo-derecha posmodernizante, a la que aún no encontramos forma, explica a buzos de la Noticia el investigador Francisco José Mejía (FJM).

b.- ¿Por qué la mitad del electorado colombiano votó por propuestas neofascistas?

FJM.- Estos procesos electorales no se pueden disociar de lo que pasa en todo el continente; son dinámicas geopolíticas regionales y por el efecto-Trump, por su abierta presencia o actividad. Desde este mandato –salvo el triunfo del Frente Amplio de Uruguay–, no benefician a los bloques progresistas.

Son tres puntos: sociedades polarizadas, una derecha que no es la clásica latinoamericana ni la culta, intelectual, pensante, que tiene un proyecto de nación o de Estado que hace propuestas; y el otro es el efecto-Trump presente.

b.- Las derechas se perfilan para entregar los recursos y la soberanía a EE. UU. En la psicología política, ¿creerán que se suman a la potencia como triunfadores?

FJM.- No sabemos qué hay en esta contradicción, no sabemos por dónde es que tiene ese éxito que nos sorprende a muchos, si consideramos que los gobiernos progresistas apoyan derechos sociales exitosos como el proyecto de Petro y el de Lula.

Una explicación para entender por qué ganan personajes tan raros, estridentes y retadores como Milei y De la Espriella es la influencia en redes sociales ante la juventud muy informada –también en sociedades rurales–. Habría que hilar más fino para saber por qué las sociedades latinoamericanas, que hemos sido muy castigadas con la injusticia, votan así.

Los planteamientos de esos personajes parecen más plataformas que partidos políticos, por la inclusión de jóvenes con una suerte de liderazgo difícil de entender, un caudillaje amorfo que sí obedece a aspectos de la psicología social. México no está exento de personajes de ese tipo, apoyados por oligarquías y poderes fácticos, que no necesariamente son conocidos.

Es importante saber cuáles son las negociaciones de esos poderes fácticos y su coordinación regional para que esas plataformas tengan éxito, no necesariamente se aprecian tales negociaciones como paralelas e invisibles, pero sin duda eficaces.

b.- De la Espriella quiere reactivar las bases de EE. UU. en el país. ¿Cómo se reconfigurará la lucha contra las guerrillas, la delincuencia y los paramilitares?

FJM.- Nos ayuda la historia. Debemos recordar que, en 1945, EE. UU. pasó de ser potencia regional a universal con influencia abrumadora; no se pueden disociar los procesos políticos latinoamericanos de los sucesos mundiales.

Colombia tuvo procesos muy intensos durante el bogotazo (1948) cuando asesinaron al carismático político de izquierda liberal Jorge Eliécer Gaitán; y luego la Etapa de la Violencia origen de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y de los paramilitares. Eso nos ayuda a entender qué pasa ahora y qué pasó en los años 70, 80, 90 del Siglo XX y los 2000.

Es un país de importancia geoestratégica para EE. UU., también una estación de tránsito para América del Sur, el Caribe, Centroamérica y, obviamente, siempre tendrá presencia estadounidense. Cabe recordar lo que ocurrió en Chambacú, Cartagena, rebasado por la presencia militar de EE. UU.

Los procesos históricos se repiten y se vincularán con lo que pasa en ese país castigado por la violencia, la guerrilla y el narco. Ahí tuvo que ver la dictadura de Rojas Pinilla en los años 50 y la del conservador Laureano Gómez, apodado El Monstruo –con perfil parecido a De la Espriella–, que abrió paso a la llamada Era de la Violencia (1946-58) que produjo hasta 300 mil muertos.

b.- ¿El triunfo del programa neofascista y el voto por outsiders e independientes es por el descrédito de los partidos? 

FJM.- Es una forma nueva de hacer política; son plataformas ideológicas con mecanismos que no tienen nada que ver con los partidos tradicionales del Siglo XX. Las plataformas de Bukele, Milei o De la Espriella poco tendrían que ver con la derecha de Gómez Morín del Partido Acción Nacional de México, vinculado a la creación del Estado moderno, u otros que tenían un proyecto de nación.

Puede ser interesante la analogía con México: hitos como la Independencia, la Reforma y la Revolución son movimientos populares muy implantados en la memoria colectiva: Guerrero era afromexicano; Juárez, indígena zapoteca;el anarquismo de los Flores Magón, Villa, Zapata y súmele a Lázaro Cárdenas. Eso es lo que las oligarquías del país no han querido entender.

Y a diferencia de otros ejércitos de América Latina, el mexicano es popular; no como el chileno, que es aristocrático.

b.- ¿Cuál es la vía de acción para la izquierda?

FJM.- Primero hacer una reflexión muy profunda de lo que no se hizo; ésa es una cuestion que ahora deben entender las organizaciones progresistas, no sólo en Colombia. Hay que ver lo que pasó en Bolivia, con el Movimiento al Socialismo; y en Ecuador, con la traición de Lenin Moreno a Correa.

La “Ola Rosa”, que pintaba muy bonita, muy romántica con Kirchner, con Pepe Mújica, con Hugo Chávez, con Lula, con Evo, ¿qué pasó ahí? Hay que hacer una reflexión.

 

 

Pero no dejan de aparecer las olas progresistas; y como se ve en la historia latinoamericana, se confirman diferentes olas: recordamos Guatemala, con Arbenz; Venezuela, con Betancour (1982-86); en Brasil, con Joäo Goulart, aunque le dieron un golpe de Estado.

La historia latinoamericana es fascinante. Hay olas progresistas que aparecen porque las sociedades lo exigen en todo momento; las sociedades forman esas sinergias. Pudo haber un efecto México tras el triunfo de Andrés Manuel López Obrador; recordemos que en Brasil estaba Bolsonaro; en Argentina salía Macri y Piñera estaba en Chile. Fue un vuelco.

Ahora viene Colombia y sigue la elección en Brasil, donde observamos que Lula no la tiene fácil. Aun así, no reparamos en que hay momentos de esperanza; creo que en algún momento puede resurgir; pero sí se debe hacer un análisis serio al interior y hacer estrategias para entender, primero, por qué está pasando lo que está pasando y analizar qué pasa en EE. UU. y ver cómo se reconfiguran estas alianzas.

b.- ¿En esa reflexión, también debemos ver la resistencia popular constante en América Latina?

FJM.- También es importante el papel que pueden tener los académicos; debemos tener más diálogo, conocimiento y generar más plataformas de integración de diálogo. Debemos generar discursos más amplios, más inclusivos, no con lenguajes tan técnicos.

Será muy interesante lo que pase; creo que la resistencia no se quedará con los brazos cruzados; en Chile la gente ya está en la calle manifestándose porque, en el fondo, les quitan derechos sociales con esa idea de que “el Estado debe ser cada vez más delgado”. Ése es el desafío. 

El trinacional

Abelardo De la Espriella nació en Bogotá en 1978 y tiene ciudadanía colombiana, italiana y estadounidense (desde 2023, por vivir 10 años en Miami). Es intérprete de vallenato y abogado que ha defendido, en De la Espriella Lawyers, a líderes paramilitares, narcotraficantes, deportistas y financieros de alto perfil; cobra de dos a tres millones de dólares (mdd) por cada caso, y se lo acusa de usar esos contactos a favor de su negocio.

Admite ser “un sibarita” con patrimonio de 5.4 mdd. Vende whisky, esmeraldas, inmuebles, vinos de la Toscana, corbatas italianas y otros bienes que triangula en unas 30 firmas, pero ya registra pérdidas, según la BBC.

A tres mil 825 kilómetros, en EE. UU. sigue su curso la petición de 11 congresistas demócratas a los Departamentos de Estado, Tesoro y de Justicia, para investigar el origen de sus fondos e inversiones, nexos con paramilitares e irregularidades financieras.

En julio de 2025 abandonó Florencia, Italia, y se postuló a la presidencia por el partido Firme por la Patria. Aunque evitó el servicio militar, cerraba sus discursos con saludo marcial y el lema: “¡Fervor para seguidores, temor a los detractores!” Confirmó su triunfo en el templo MCI Church, que influye en 15 países de la región desde un país donde el 18 por ciento se declara evangelista.

 

Plan Colombia remix

En 1988, al ratificar la Convención de Viena contra el tráfico de drogas, Colombia hizo una reserva explícita: que el cultivo de coca armonizara con una política respetuosa del derecho de las comunidades, recordó el director de De Justicia, Rodrigo Uprimny.

 

 

En el año 2000, EE. UU. impuso el Plan Colombia, su estrategia injerencista, sin consultar a la nación ni hacer inversión social. Su visión punitiva contra la delincuencia incluyó mercenarios y perpetró crímenes de lesa humanidad –ejecuciones extrajudiciales y falsos positivos–, denunció el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo.

El Plan Colombia buscó desmovilizar a la insurgencia, criminalizar a sindicatos y uniones defensoras de derechos; criminalizó a pequeños productores (la Fiscalía detuvo a 44 mil 400 personas sin resarcirlas por daño moral). El control militar impidió el ingreso de alimentos y medicamentos al norte amazónico y arropó a las Autodefensas Unidas de Colombia y el paramilitarismo.

En 20 años, EE. UU. aportó unos 11 mil 600 mdd. Profundizó la dependencia y militarizó al país, desplazó a millones y enfermó a miles por la fumigación de glifosfato; de ello fueron corresponsables las corporaciones Monsanto y DynCorp, explicó el líder de Indepaz Camilo González Posso.

A tres años de pesquisas, en 2020, la Comisión Política de Drogas del Hemisferio Occidental admitió, en su informe de 117 páginas al Congreso de EE. UU., que la principal causa de la violencia es la oferta y demanda del producto en la potencia. Reveló que el plan debilitó a la guerrilla, pero escaló el cultivo de coca –con récord de 212 mil hectáreas en 2019– y no logró interceptar la droga hacia EE. UU.

Ahora EE. UU. reimpondrá esa fallida estrategia al país, pues De la Espriella difundió en campaña: “Quiero un Plan Colombia II y que las bases estadounidenses regresen”.


Escrito por Nydia Egremy

Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.


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