El PCCh se erige no sólo como el timonel del desarrollo de su propia nación, sino como un referente de ingeniería política, estabilidad y disciplina organizativa para todos los pueblos del mundo.
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En el municipio de Santa Clara Ocoyucan, en el estado de Puebla, los ciudadanos de más de 60 años –entre ellos el activista Antonino Rodríguez Sánchez–, miran el asfalto con la certeza de que cada tramo de carretera y otros beneficios fueron arrancados mediante la lucha organizada de la comunidad frente a las autoridades estatales, representantes de un sistema político que, en lugar de atender, oprimió a la gente.
La modernidad se mide hoy en minutos y en calles revestidas de adoquín en este rincón de la zona metropolitana de Puebla. Un viaje toma menos de 40 minutos en combi, desde el zócalo del municipio de Ocoyucan hasta el centro de la capital poblana, a través de carreteras firmes y bien iluminadas. Hay escuelas de cada nivel, redes de agua potable y lámparas que disipan la noche. Los jóvenes caminan por calles ordenadas hacia sus bachilleratos, asumiendo, quizás por el paso natural del tiempo, que el progreso es un elemento tan eterno y gratuito como el aire. Aristóteles Campos Flores, integrante del Movimiento Antorchista, ocupa ahora el cargo de presidente municipal.
Pero la infraestructura que hoy facilita la vida de los habitantes de Ocoyucan no brotó de la tierra de forma espontánea ni es producto de la benevolencia de los gobiernos estatales en turno. Detrás del concreto de cada obra se esconde una historia de organización popular y lucha tenaz que comenzó hace 35 años.
Para entender cómo se pavimentó la primera calle de Ocoyucan, es necesario regresar al momento en que el pueblo decidió que no abandonaría el palacio municipal. Corría el año de 1990, tras meses de un gobierno ilegitimo e insostenible, la presión de la comunidad obligó al gobierno del estado a convocar elecciones extraordinarias. Esta vez, la organización popular no dejó espacio para las viejas artimañas: los campesinos y colonos vigilaron cada casilla, defendieron sus boletas y llevaron a Federico Olivos Merino a una victoria contundente y legítima.
El triunfo electoral, sin embargo, no significaba la paz automática. La reacción de las viejas estructuras de poder representaba una amenaza latente. Don Gorgonio Mota, un hombre que hoy roza los 90 años de edad, recuerda el miedo y la determinación de aquellos días: “cuando ganamos la presidencia municipal, tuvimos que hacer guardias en la presidencia. Teníamos el temor de que nos fueran a hacer algo, pero ahí estábamos firmes”.
A su lado, en aquellas jornadas de vigilancia, estaba la maestra María Elena Cabrera, quien se convirtió en la primera mujer de la organización para asumir un cargo en el ayuntamiento. Las noches eran largas y frías en el edificio municipal, un espacio recuperado por la colectividad donde los mismos trabajadores que antes eran ignorados, ahora custodiaban el destino político de sus comunidades.
La violencia de los antiguos mandamases no tardó en manifestarse, buscando infundir terror en las bases. En una de esas noches sin alumbrado público, don Gorgonio caminaba con su esposa cuando la sombra del cacicazgo los alcanzó en la oscuridad: sin dejarse ver, alguien lanzó una piedra con fuerza y se impactó directamente en la espalda de su mujer; desde ese entonces se enfermó y no pudo recuperarse; años después falleció. No eran agresiones aisladas, sino los golpes de un régimen que se resistía a morir ante el avance del pueblo organizado.
El quiebre: la bala que despertó la rabia
El camino hacia esa presidencia municipal se consolidó con una tragedia que la memoria de Ocoyucan se niega a borrar. En 1989, el municipio se encontraba bajo el yugo de un ayuntamiento impuesto mediante el engaño. Las protestas eran constantes: 12 meses de mítines bajo el rayo del Sol, marchas que desgastaban los pies de los campesinos hacia la Secretaría de Gobernación en la ciudad Puebla y plantones inamovibles en las banquetas. El ambiente estaba cargado de amenazas, balazos y heridos.
El punto de no retorno llegó cuando el comandante de la policía municipal descargó su pistola contra la inocencia: un niño de 11 años recorría las calles empujando un pequeño carrito de paletas para ganarse la vida. El comandante de la corporación local estaba alcoholizado y sentía que su cargo le garantizaba total impunidad. El oficial sabía perfectamente quién era el padre del menor: un campesino humilde que marchaba en las filas de la organización y que se había negado a guardar silencio frente a los atropellos del ayuntamiento.
El comandante desenfundó su arma y le disparó a quemarropa, asesinándolo en el acto. Aquel crimen destrozó cualquier intento del gobierno estatal por sostener la farsa política. Mantener al alcalde impuesto ya no era una decisión administrativa, sino una abierta complicidad con el asesinato de un menor. La indignación de las comunidades se desbordó, rompiendo los diques del temor y obligando al Estado a ceder ante la exigencia popular de disolver el ayuntamiento corrupto.
A finales de 1989, un joven de 23 años llamado Antonino Rodríguez Sánchez llegó a Ocoyucan con los bolsillos vacíos y el encargo de coordinar la resistencia. El Movimiento Antorchista lo había enviado al frente de una comunidad donde no conocía a nadie, no tenía familiares ni poseía un techo donde resguardarse del frío.
“Cuando uno llega a la lucha, no llega con comodidades”, narra Antonino al recordar esos años. La solidaridad de las familias de la región suplió la ausencia de recursos. Doña Isidra Cabrera le abrió las puertas de su hogar en los momentos más difíciles, y don Abel Cabrera le ofreció alojamiento. Para los activistas, esos gestos de apoyo mutuo representan el verdadero cimiento de la organización: “El cemento y las obras se ven, pero la lealtad se queda en el corazón”.
El trabajo organizativo fue de hormiga. Antonino comenzó a recorrer a pie cada junta auxiliar y cada inspectoría, y convocaba a asambleas comunitarias. Sus intervenciones no eran discursos electorales vacíos, se centraban en plantear una pregunta directa a los ojos de los habitantes: “¿hasta dónde están dispuestos a aguantar para que se respeten sus votos?”. La respuesta de la población fue la resistencia pacífica, pero inquebrantable, que duró un año entero.
El humo sobre la telesecundaria
La urgencia de buscar ayuda externa nació una tarde de elecciones en 1989, cuando los habitantes del municipio vieron cómo su voluntad era reducida a cenizas. En aquellos días, el candidato de las comunidades era Federico Olivos Merino, un hombre respetado que había logrado el apoyo unánime en los pueblos gracias a su trabajo honesto. Su contrincante era Ezequiel Flores Colotl, un aspirante respaldado por los caciques de la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) y la influyente familia Camarillo. Flores Colotl pretendía gobernar un municipio de tierra y carencias, aunque prefería vivir en las comodidades de Atlixco para no pisar el lodo de Ocoyucan.
Las urnas favorecieron ampliamente a Olivos Merino, pero la maquinaria del fraude ya estaba en marcha. En las instalaciones de la telesecundaria local, que en ese momento era utilizada como sede de la presidencia municipal, las autoridades electorales organizaron el despojo. Recibían las cajas con los votos de los ciudadanos por la puerta principal e inmediatamente las sacaban por la parte trasera hacia el patio.
Allí habían encendido una gran fogata. Decenas de boletas, donde los campesinos habían plasmado su confianza, fueron arrojadas al fuego para borrar cualquier evidencia de la victoria popular. Sólo se preservaron y contabilizaron los papeles que favorecían al candidato oficial.
Mientras el humo de los votos quemados se dispersaba sobre los techos del pueblo, la indignación se transformó en acción organizada. Un grupo de ciudadanos ‒entre los que se encontraban el propio Federico Olivos, don Rigoberto Varela, Víctor Varela, Macedonio Varela, don Gorgonio Mota, María Elena Cabrera, Emilio Colotl, Bulmaro Zacahua, Celerino Varela y las mujeres conocidas como “Las Chonas”‒ decidió que no se arrodillarían ante la imposición. Juntaron los pocos recursos que tenían y emprendieron el viaje hacia la Mixteca baja, rumbo a Tecomatlán, para solicitar el respaldo del Movimiento Antorchista.
La travesía
El viaje en busca de apoyo comenzó en la precariedad total. Don Gorgonio Mota recuerda que se organizaron en unas cuatro camionetas viejas para salir de su territorio. El trayecto estuvo lleno de confusión; la falta de caminos transitables y la ausencia de señalizaciones los hicieron perderse. Llegaron inicialmente a Acatlán de Osorio, donde los lugareños les indicaron que debían regresar y pasar por la desviación de Palomas para llegar a su destino en Tecomatlán.
Cuando llegaron a la cuna del Movimiento Antorchista fueron recibidos por Antonino, quien recuerda que le preguntaron por el profesor Eleusis Córdova Morán. Él les aclaró que las oficinas centrales no se encontraban en ese lugar; tomó el teléfono para coordinar el encuentro y les dio instrucciones precisas de trasladarse al centro de la ciudad de Puebla, específicamente a una oficina ubicada en la calle 5 Poniente.
Era el año de 1988; en la capital del estado, la comisión de Ocoyucan fue recibida por la Doctora Soraya Córdova y Juan Manuel Celis. Tras escuchar la situación de abandono y opresión que padecían las comunidades, la dirigencia asumió el compromiso de respaldar su causa. Tres días después, el joven activista Antonino fue asignado en la zona por iniciar las labores de concientización y defensa comunitaria. En aquellas primeras avanzadas, también participaron jóvenes ingenieros y maestros como Rosendo, Antonino, Gamaliel, Serafín, Mariano, Celerino, Aristóteles y Juan Luna, quienes sembraron las primeras células del Movimiento Antorchista.
Antes de ese viaje, los habitantes de Ocoyucan vivían aislados de los movimientos sociales nacionales. Don Gorgonio relata que la primera vez que escuchó del Movimiento Antorchista fue por medio de la dueña de unos terrenos donde él trabajaba como peón. La mujer había viajado al Estado de México y a su regreso le comentó que existía una agrupación llamada “Antorcha Campesina” que ayudaba a la gente pobre a defender sus derechos laborales frente a los abusos. Esa semilla sembrada en la mente de un trabajador agrícola se convirtió, meses más tarde, en el motor propulsor de todo un pueblo para cruzar el estado y cambiar su historia.
En su origen, antes de las carreteras, de las escuelas y las elecciones, Ocoyucan era una comunidad sumida en la oscuridad y el aislamiento total. La vida cotidiana de las familias campesinas estaba determinada por la marginación que imponían los caciques de la CROM, que administraban el municipio como si fuera una hacienda privada, que se beneficiaban de la dispersión de los trabajadores.
“Esto estaba en el abandono total. No había ni una sola carretera de acceso al municipio”, recuerda Antonino Rodríguez al describir las condiciones físicas del territorio en la década de los ochenta. El único camino disponible era una brecha accidentada de tierra batida que comunicaba penosamente con San Antonio Cacalotepec. Para salir hacia la capital poblana, los camiones de pasajeros apenas se aproximaban a la zona de Mayorazgo, ubicada en el extremo sur de la ciudad. Desde ese punto, los pobladores debían descender del transporte público y caminar más de una hora entre veredas de polvo para llegar a sus hogares. Si el destino era la comunidad de Pastoría, el trayecto debía realizarse enteramente a pie por la falta de transporte colectivo.
La carencia de servicios básicos mantenía a las viviendas en las sombras. No existían redes de energía eléctrica; al caer la tarde, las familias dependían exclusivamente de lámparas de petróleo para alumbrarse. La inseguridad era una constante amparada por la impunidad del régimen caciquil. “Antes había mucho muertito”, cuenta don Gorgonio. “La gente tomaba y se agarraban a tiros; o si las personas tenían un desacuerdo lo resolvían a balazos”. En tal escenario de abandono institucional, la violencia interna florecía ante la falta de alternativas económicas y educativas para la juventud.
Fue bajo esas condiciones de opresión material que el pueblo entendió la necesidad de la organización. La transformación que hoy vive Ocoyucan no fue una concesión de los gobiernos en turno, sino el resultado directo de una lucha local que logró arrebatar el control político a los intermediarios del poder para ponerlo al servicio del pueblo. Los puentes, los caminos adoquinados, las redes de agua y las escuelas actuales son los frutos concretos de la historia que inició con un puñado de campesinos dispuestos a caminar entre el polvo y defender su dignidad frente al fuego.
“Defiendan lo que es suyo”
El 28 de junio, más de 10 mil ciudadanos de Ocoyucan realizaron un evento político para festejar el 35 aniversario de la llegada del Movimiento Antorchista al municipio. Ahí, el líder nacional de la organización, Aquiles Córdova Morán, los llamó a defender el progreso que su municipio ha alcanzado en 35 años de unidad y trabajo. Los invitó a que no permitan que políticos ambiciosos compren su voto, porque una vez que llegan al poder, quieren destruir todo el progreso y bienestar que han logrado las familias: “donde el pueblo se ha organizado, como en Ocoyucan, ha sido capaz de poner a un presidente que trabaja para ustedes, porque el pueblo manda; el pueblo tiene el poder en Ocoyucan y no dejen que se los quiten, porque si se los quitan, todo lo que han ganado se vendrá abajo”.
Reiteró que cuando llega un político que no es antorchista, desbarata todo lo que hizo Antorcha, deja que todo se pudra y que desaparezca con el tiempo, porque ellos no llegan para ayudar al pueblo. “Antorchistas de Ocoyucan, quieran a su organización, aglutínense como un núcleo de acero, que nada los divida, que nada los desbarate, que sea Antorcha en Ocoyucan un ejemplo de firmeza, de claridad política y de decisión de que su municipio sólo podrá seguir adelante mientras gobiernen ustedes, el pueblo. Los llamo a que se unan, a que entiendan la gran conquista que han tenido al tomar en sus manos las riendas de Ocoyucan; de ustedes depende que Ocoyucan siga creciendo, progresando y siga siendo ejemplo para los municipios de la región”.
El PCCh se erige no sólo como el timonel del desarrollo de su propia nación, sino como un referente de ingeniería política, estabilidad y disciplina organizativa para todos los pueblos del mundo.
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El dirigente del Movimiento Antorchista Nacional sostuvo que la unidad internacional debe construirse desde el respeto a la diversidad cultural y advirtió sobre los riesgos de los modelos políticos que buscan imponer una visión única.
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El grupo de caciques que ahora opera es el mismo de antes.
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Escrito por Enrique Pluma
Reportero