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Así se les ha llamado en Estados Unidos (EE. UU.) a las grandes concentraciones de adolescentes, no pocas veces violentas, que recientemente han tenido lugar en diferentes sitios de importantes ciudades de la Unión Americana para divertirse a su modo, consumiendo estupefacientes y bebidas alcohólicas y perpetrando actos de pillaje y vandalismo. El nombre de estas novedades provenientes del país que su presidente considera como el que posee el modelo de sociedad que todos los habitantes del planeta deberían envidiar e imitar, podría traducirse al español como “tomas de control de adolescentes”.
El diario Washington Post, en la primera plana de su edición del pasado 11 de julio, señaló que estos fenómenos “desconciertan a las ciudades que luchan por definir el problema y encontrar soluciones”. La nota, fechada en Raleigh en el estado de Carolina del Norte, consignó lo siguiente: “La escena que se desarrollaba fuera de su patrulla a la 1:30 de la madrugada del domingo sorprendió incluso al veterano jefe de policía. ‘Fue un caos’, relató el jefe Rico Boyce a los líderes de la ciudad en una reunión pública días después. ‘Algo que jamás había visto en mis 26 años aquí en el Departamento de Policía de Raleigh’”.
Vale la pena abundar un poco más en la nota y en las declaraciones del jefe policiaco para que el lector se acerque al fenómeno que intento compartirle: “Describió hordas de jóvenes alborotadores –la policía calculó que, hasta ocho mil, muchos menores de edad, muchos de fuera de la ciudad– que se reunieron primero en una zona comercial y luego convergieron en otra conocida como Glenwood South… Estábamos preparados para la cantidad de gente… Para lo que no estábamos preparados era para la cantidad de armas de fuego que estábamos recuperando de los individuos”.
Sucesos comparables han aparecido en diferentes puntos de EE. UU. En Newport Beach, California, la policía se enfrentó el cuatro de julio a una multitud de jóvenes y los hechos resultaron en la detención de 402 personas; Pittsburgh ha sido escenario de varios sucesos similares y sólo el pasado fin de semana, más de cien jóvenes se enfrentaron entre sí y se lanzaron y lanzaron a la policía fuegos artificiales; y, porque el espacio es limitado, sólo añado que, en Pensacola, Florida, un joven de 19 años murió a causa de un disparo y otros seis resultaron heridos durante una multitudinaria concentración nocturna en el centro de la ciudad.
La élite norteamericana asegura que EE. UU. es en el mundo una excepción, no tiene igual. La economista Tania Rojas, investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales (CEMEES) publicó un análisis sobre esta peculiar concepción de los plutócratas norteamericanos. “El Excepcionalismo Americano es pues –escribió– la teoría que justifica el derecho de los EE. UU. a imponer su juicio a la humanidad entera”. Y, consecuentemente, la obligación ineludible de todos los pueblos de la tierra de acatar sus disposiciones, so pena de hacerse acreedores a severas sanciones.
Pero resulta que precisamente cuando hay fiesta en casa, cuando se conmemora un cuarto de milenio de independencia, los muchachos se lucen, salen a la calle y muestran al mundo su mala educación. Se difundieron rápidamente explicaciones psicológicas, originadas en el cerebro, en la voluntad personal de los actores, pero pocos se refirieron a las condiciones económicas y sociales en las que nacen y crecen los muchachos, a la lucha de clases en medio de la cual se están formando las nuevas generaciones de EE. UU.
Los jovencitos que hacían su peculiar fiesta a altas horas de la noche, sin respetar ni el descanso de los que dormían ni las actividades de los que circulaban por la calle, ni –faltaba más– la sacrosanta propiedad privada venerada en el país ejemplo del planeta, ¿tenían que checar la tarjeta de entrada a su jornada laboral a las seis de la mañana? ¿Tenían examen de matemáticas o debían terminar un trabajo sobre el calentamiento global que azota a su país y que hasta causó la suspensión del desfile de la independencia nacional? Nada de eso.
Tenga usted por seguro que pertenecen a esa categoría que por mal nombre los considera Ninis, o sea, personas que ni estudian ni trabajan. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en datos de 2025, EE. UU. tiene el 11.6 por ciento de sus jóvenes en edad de hacerlo, sin estudiar ni trabajar. Excelente modelo mundial. Dice Atilio Boron: “…una atenta mirada a la evolución de la sociedad estadounidense revela que su temprana formación como sociedad burguesa no la eximió de albergar en su seno las contradicciones y conflictos propios del capitalismo y, entre ellos, un fenomenal proceso, acelerado en el último medio siglo, de creciente desigualdad y concentración de la riqueza.
En 2024 el coeficiente de Gini de EE. UU. registraba un valor de 41.8, muy cercano al de un país como Camerún (42.2) y lejos del que presentan las viejas y elitistas monarquías europeas: 23.4 en Bélgica; 33.5 en el Reino Unido; 30.4 en Francia. En otras palabras, el “sueño americano”, si existió en las fases iniciales de la conformación de EE. UU., se convirtió en la pesadilla de clasismo, exclusión, prejuicio y discriminación que hoy padece ese país, con decenas de millones de ciudadanos sin techo, sin salud, sin educación y sin seguridad social.
Me permito aclarar, para quien lo necesite, que el coeficiente o índice de Gini es una medida estadística que cuantifica la desigualdad en la distribución de ingresos o riqueza dentro de un territorio. Cero, sería la igualdad perfecta (todos ganan lo mismo) y 100, sería la desigualdad total (una sola persona concentra todos los recursos), o sea que entre más lejos del cero se encuentre un país, como se ve en el caso de Estados Unidos, sería más desigual y más injusto.
Y así es. El periódico El Universal informó el pasado cuatro de diciembre, lo siguiente: “Los anuncios de despidos en Estados Unidos registraron la cifra más alta desde 2020, con un total de 1.17 millones de recortes en lo que va del año, tras un noviembre que sumó más de 70 mil bajas, según un informe de la consultora especializada en empleo Challenger, Gray & Christmas. Estos 1.17 millones de despidos desde enero a noviembre de 2025 representan un aumento del 54 por ciento respecto al mismo periodo del año pasado, y constituye la cifra más alta desde 2020, año en que la pandemia de Covid-19 sacudió la economía mundial”.
Es, pues, válido suponer que la inmensa mayoría de esos jóvenes creando conflictos a altas horas de la noche ni tienen un empleo ni van a la escuela. Pero, ¿sí practican algún deporte organizado?, ¿beisbol o futbol americano que son allá tan populares?, porque no creo que exista ninguna duda de que son exiguas minorías las que tienen acceso a un gimnasio para aprender a saltar en un caballo con arzones o subir a unos anillos. Tampoco creo que existan muchas dudas de que no están incorporados a un coro o asistan a una clase de piano o de violín. Nada tampoco de eso. El deporte y la cultura tampoco llegan a esas masas desgraciadas, sólo, y cuando mucho, los teléfonos celulares y las redes sociales que ahora, sobre todo en EE. UU., son sus maestros y sus pasatiempos.
Y, pese a todas las declaraciones de excepcionalidad y éxito, la situación de los trabajadores y sus hijos va a empeorar. “Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el PIB de EE. UU. representaba el 50 por ciento del global, su producción industrial equivalía al 60 por ciento de la de todos los países del mundo juntos y disponía del 80 por ciento de las reservas de oro existentes en el planeta. Hoy día, el PIB de EE. UU. representa el 25 por ciento del mundial, su industria el 17 por ciento de la producción industrial global y sólo dispone del 25 por ciento de las reservas de oro totales” (rebelion.org, 17 de mayo de 2026).
Las ganancias de los capitalistas van a la baja porque están sujetas a un proceso objetivo e inevitable que se conoce como tendencia decreciente de la tasa de ganancia, las mercancías que producen llevan menos valor y menos plusvalía por unidad de capital invertido y, dada la caída de los empleados y la consecuente alza de los desempleados, enfrentan más dificultades para vender sus mercancías y hacer realidad su plusvalía. Han tenido que recargarse, mucho más que antes, en la producción y venta de mercancías para la guerra, cuyas compras corren por cuenta de los gobiernos. Por ello, no cesan de atizar guerras y empujar a los gobiernos a gastar mucho más en armamento y personal militar, sólo que esos se pagan con presupuestos gubernamentales que caen cada vez más pesados sobre las espaldas de los contribuyentes, de los cuales las familias trabajadoras son la inmensa mayoría. En el horizonte del país excepcional –y no muy lejos– se vislumbra más pobreza. Eso, sin tomar en cuenta el crecimiento de los peligrosos motines juveniles.
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Escrito por Omar Carreón Abud
Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".