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Reportaje
Átomos, guerra y terrorismo: el doble rasero de EE. UU.
El seis y el nueve de agosto se condenará la impunidad de EE. UU., único país que lanzó una bomba nuclear sobre más de 200 mil civiles en Hiroshima y Nagasaki.


De nuevo, la energía atómica sirve a la geopolítica de Estados Unidos (EE. UU.); con doble rasero, ofrece ayuda a los sauditas para su programa de fusión y bombardea instalaciones nucleares civiles de Irán; mientras activa su cruzada contra el Terrorismo de Extrema Izquierda.

El seis y el nueve de agosto se condenará la impunidad de EE. UU., único país que lanzó una bomba nuclear sobre más de 200 mil civiles en Hiroshima y Nagasaki. Hoy también asesina a civiles en Irán y los priva del poder atómico para desarrollarse, aunque lo permite a Arabia Saudita.

En su confrontación político-tecnológica con la República Popular China y el descalabro de su plan para derrotar a la República Islámica de Irán, el presidente estadounidense y sus asesores han incorporado la estrategia de la “opción nuclear”.

El 23 de julio, la Casa Blanca anunció el Programa de Cooperación Civil Nuclear conArabia Saudita; ese día, su Departamento de Guerra lanzó una andanada de ataques sobre objetivos iraníes, aunque nunca nadie ha confirmado que el país signifique una amenaza nuclear.

Washington ayudará a Riad al despegue de su programa nuclear civil, que para la columnista de The New York Times, Katrin Bennhold, “representa un gran avance para la región”. En la lógica de la tecnopolítica estadounidense, es viable pensar que con ese “avance”, serían robustecidos ataques a Irán y millones de petrodólares a trasnacionales energéticas.

En su reacción, la República Islámica defendió el derecho de su vecino en el Pérsico y países de la región, a utilizar energía nuclear con fines pacíficos. Tras la presión a Irán se ha producido el uso de este derecho. “Dejamos esto sobre la mesa y que el mundo juzgue”, sentenció el vocero de la cancillería, Esmaeil Baqaei.

Sin embargo, hasta ahora se ignora si el pacto saudita con EE. UU. incluirá las salvaguardas para evitar que ese programa nuclear enriquezca uranio al grado de fabricar un arma atómica.

 

 

Coacción y poder nuclear

Detrás de “la zanahoria” está la coacción de Donald Trump para que Riad abrace a Israel bajo los Acuerdos de Abraham, hecho que vislumbra un escenario de conflicto.

Si la Casa Saud se rinde y arropa a Benjamín Netanyahu –genocida de palestinos, iraníes, libaneses, sirios y otros Estados árabes–, cohabitarán en Medio Oriente dos Estados nucleares: el sionista hebreo, que ya posee el arma nuclear, y el árabe musulmán.

Para los estrategas de la administración Trump, ofrecer la “opción nuclear” al reino saudita, su histórico mayor comprador de armas, reafirmaría la influencia de EE. UU. en la región frente a la creciente presencia de China, Rusia e Irán mismo.

Algo similar ocurrió en abril de 1945, cuando Harry S. Truman asumió la presidencia y la cúpula político-militar puso en su escritorio el plan para impulsar la bomba atómica sobre Japón e impedir el avance en el Pacífico de la Unión Soviética, que había vencido a Alemania.

Fue así como, en agosto, los aviones Boeing B-29 lanzaban sus bombas (de uranio-235) en Hiroshima y (de plutonio-239) en Nagasaki, sobre cientos de miles de civiles japoneses. EE. UU. usó esa arma con fines disuasivos y proyectó su beligerancia neocolonial al mundo.

Eso le ganó un asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (ONU), donde ha ejercido el veto a favor de sus intereses; más tarde, otorgó a Israel –su proxy en Medio Oriente– la logística para desarrollar esa arma atómica en el Centro de Investigación Nuclear de Dimona, en el Néguev al que impide el acceso del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

En contraste, demócratas y republicanos han impedido a Irán el desarrollo de su programa pacífico nuclear, iniciado por el Sha Mohammad Reza Pahlevi –pupilo de EE. UU.– con ayuda del programa Átomos para la Paz de la ONU.

Esa persecución de Washington y sus aliados al gobierno de la Revolución Islámica inició en 1979 con rígidas medidas restrictivas económico, financieras y tecnológicas. En 47 años de guerra multidimensional, Teherán optó por la energía nuclear para diversificar su red eléctrica, fortalecer la agricultura y dar tratamiento radiológico a pacientes con cáncer.

En la lucha por preservar la vida de 93 millones de iraníes ante el acoso de Israel, sin recursos básicos y en un entorno desértico, los científicos iraníes desarrollan esa energía para uso pacífico. Y pese a la campaña de sospecha occidental, el OIEA ha confirmado el compromiso iraní.

En 2015, esto allanó la vía para el denominado Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), entre países con armas nucleares e Irán, que se comprometió a limitar su enriquecimiento de uranio y a recibir inspecciones del OIEA. A cambio, Occidente eliminaría sus sanciones a Irán.

En 2018, en su primera presidencia, Donald Trump retiró a EE. UU. del acuerdo y lanzó la falacia de amenaza nuclear de la República Islámica que, en enero de 2020, se concretó con el asesinato del respetado jefe antiterrorista de la región en Irak, el general Qasem Soleimani, en complicidad con Israel.

En su actual gestión, Trump escaló esa tensión contra Irán. En junio de 2025 activó la “Guerra de 12 días” con Israel, asesinando a científicos nucleares, funcionarios e infraestructura crítica iraní. Los ataques confirmaron que Irán no poseía ningún arma nuclear; mientras que la reacción resultó tan contundente que destruyó objetivos israelíes y obligó a los agresores a ordenar el cese al fuego; humillados, éstos orquestaron, el 28 de febrero, la incursión de 200 aviones-caza sobre el complejo del mando central en Teherán, asesinando al líder supremo Alí Jamenei. El crimen marcó un hito en la historia regional, pues los iraníes confirmaron que Tel Aviv y Washington no se detendrán.

En ese contexto bélico, donde los mercados reaccionaban con alzas de hasta 100 dólares por barril de crudo y las bolsas reflejaban ganancias, la Casa Blanca “ofreció” en junio el Memorando de Entendimiento con mediación de Pakistán.

Hoy se sabe que Trump nunca pensó cumplir ese pacto y solamente ganó tiempo para influir en los mercados energéticos y desplegar fuerzas para controlar el Estrecho de Ormuz, pues era injustificable alegar la “amenaza” nuclear iraní. Acorde con su táctica de contención y coerción, lanzó una ola destructiva sobre centros de vigilancia, control y energéticos iraníes.

Esa agresión permanente agravó la economía persa, que hoy es la mitad de lo que podría haber sido si no se hubiera preparado durante más de cuatro décadas bajo sanciones y guerras impuestas. Resistir a Israel y a EE. UU. le ha costado a Irán miles de millones de dólares (mdd).

Geopolítica atómica

Al otro lado, en el estratégico Golfo Pérsico, separada por mil 881 kilómetros, está la rica “petro-monarquía” de Arabia Saudita. Al convertirse en potencia nuclear, Trump busca tres objetivos: uno, sabotear los intereses de China en la región, que la Casa Saud arrope a Israel y hacerlos sus proxies y frustrar la diplomacia de Irán con ese reino y sus vecinos árabe-musulmanes.

 

 

El medio ideal consistió en ofrecer el átomo a Riad, gran productor de petróleo (con 9.5 millones de barriles diarios, contra 13.7 de EE. UU. y 9.8 de Rusia) que le aporta el 40 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB), pues únicamente sus ventas a China suman unos 47.9 mil mdd.

Pese a ser el tercer país productor mundial de crudo, hace tiempo que el reino saudita invierte en fuentes alternas de energía para diversificar su economía. Bajo el liderazgo del príncipe heredero Mohammed bin Salman, el país avanza hacia una transformación de gran alcance geopolítico.

Con la estrategia Visión 2030, en una sola generación, su economía pasó de la dependencia petrolera a la diversidad multienergética. La iniciativa “Verde” saudita busca generar 50 por ciento de electricidad con fuentes limpias, como el parque eólico Dumat Al Jandal y la mayor planta de almacenamiento de hidrógeno del mundo en la ciudad inteligente de Neom.

Detrás está el ministro de Energía, príncipe Abdulaziz bin Salman, quien en 2024 propuso: “monetizar cada molécula de energía” de “su tierra” y creó Alat, que produce industria avanzada con energías limpias. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) la denomina “nueva revolución industrial”.

Washington acompaña a Riad en ese hito con una de las más consolidadas relaciones estratégico-militares. Por décadas, los petrodólares sauditas han nutrido al Complejo Industrial Militar estadounidense con multimillonarios acuerdos de cooperación en seguridad y defensa.

El más cuantioso, firmado en 2025, suma 142 mil mdd e incluye varias entregas; la más reciente corresponde a 1.96 mil mdd por aviones F-35, sistemas de defensa espacial y seguridad marítima, 20 mil interceptores APKWS (Sistemas Avanzados de Armas Letales), drones y otras armas tácticas.

Tras ese colosal negocio armamentista se gesta la agresiva narrativa estadounidense de que sólo con ese arsenal, Arabia Saudita equilibrará la influencia y amenazas de “potencias rivales” como Irán.

Apartar a China

El mayor comprador de petróleo saudita es China, así que la “ayuda” nuclear de Washington también busca frenar el acercamiento entre Riad y Beijing, su gran rival geopolítico y cuyo rol aumenta en Medio Oriente, con el de Rusia e India.

El coloso asiático ha cultivado relaciones con monarquías y repúblicas de la región, mediante pactos de interdependencia económica, diversificación tecnológica y acuerdos de seguridad. Ha invertido en refinación, petroquímica y derivados en las monarquías saudita, emiratí, omaní y kuwaití.

Es una cooperación atractiva, pues integra a las empresas estatales en redes logísticas con visión de largo plazo. Por ello creó el Foro de Cooperación China-Estados Árabes (CASF) con la visión sur-sur de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) de cooperación económica, financiamiento al desarrollo y participación política.

 

 

A la par, modernizó puertos de Emiratos Árabes Unidos (EAU) con su Iniciativa de la Franja y la Ruta, mejoró redes ferroviarias de otras monarquías y agilizó el Corredor del Canal de Suez en Egipto.

Beijing ha tejido esta red de vínculos con moderación ejemplar, frente a la agresiva escalada israelí-estadounidense en Gaza, Líbano, Irán, Siria y Yemen. Se abstiene de cualquier intervención, sólo ofrece gestos en la ONU sin invocar su fuerza militar.

Para el experto en defensa, John Calabrese, China compensa esa moderación con su multifacética expansión de influencia, con la que evita los costos políticos y financieros de compromisos militares a gran escala.

Ejemplo de esa diplomacia asertiva es el Acuerdo de Paz del 10 de marzo de 2023 por el que Irán y Arabia Saudita reanudaron sus relaciones, rotas en 2016. Los “buenos oficios” de China, a través de negociaciones secretas, reconstruyeron los vínculos entre Irán y Arabia Saudita, dos protagonistas del mundo musulmán.

Esos lazos son fuertes, pese a que ambos Estados profesan distintas ramas del Islam. En 1960, ambos fueron cofundadores ‒con Irak, Kuwait y Venezuela‒ de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).

La reanudación de relaciones trastocó la beligerante diplomacia estadounidense- israelí en la región, contribuyó al optimismo de reducir la inestabilidad en Medio Oriente y destacó el rol de la diplomacia de seda de China.

También evidenció que tanto Riad como Teherán estaban interesados en reducir la violencia, más cuando se demostró que la agresiva geopolítica de EE. UU. en Europa no garantizaba su seguridad, reveló el investigador Moussa Bourekba.

La relación de ambos es estratégica. En 2019 hicieron sus primeros ejercicios conjuntos navales y su intercambio en defensa prospera con la fabricación de drones multifuncionales en la que participan la Corporación de Tecnología Aeroespacial China (Rainbow) y la saudita ACES. Impedir que prospere esa cooperación es el objetivo de Washington.

Arropar al proxy

Desde 2023, EE. UU. alentó la cooperación nuclear civil con los sauditas para que “se normalizaran” las relaciones con Israel, conforme a los Acuerdos de Abraham (2020) aceptados por Sudán, Marruecos, EAU y Bahréin.

Arabia Saudita dialogó en un esquema no oficial; y cuando todo apuntaba a la formalización, Hamas lanzó en 2023 su operación “Tormenta de Al Aqsa” para impedirla. Ahora Trump insiste en que los sauditas “normalicen” su relación con el ente sionista para que prospere el acuerdo de cooperación nuclear civil anunciado el pasado 22 de julio. 

 

Terrorismo: del punto ciego a la persecución política global

Al Secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, se le confirió la misión de “excitar la paranoia” de sus aliados; y qué mejor plan que la “Antifa Summit”, iniciativa de coalición global contra el “terrorismo de extrema izquierda” que reunió a unos 66 países. Entre ellos Arabia Saudita, que busca frenar a grupos extremistas.

Rubio criticó la resistencia popular contra golpes de Estado y dictaduras de los años 60 y 70 en Nuestra América, como ejemplo de “interconexión internacional de organizaciones de izquierda”, y aclaró que gobiernos, universidades y centros de análisis justifican esa violencia.

Sostuvo que ése es “el punto ciego” de la seguridad nacional de algunos países, por lo que llamó a la lucha antiterrorista y a un mayor intercambio de inteligencia.

Claro que no abordó los múltiples casos de terrorismo de la Agencia Central de Inteligencia (CIA),de los paramilitares colombianosdel Estado Islámico o delServicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE); tampoco del terrorismo gubernamental de Kiev, ya reducido a la condición de instrumento de confrontación geopolítica de Occidente contra Rusia, y ahora contra Irán, tras el ataque de fuerzas ucranianas contra un carguero civil de Irán en el Mar Negro el 27 de julio. Ese ataque terrorista de Ucrania a Irán “enlazó las dos guerras”.

Por ello debe verse a esta nueva cruzada antiterrorista como la creación de un marco de políticas que legitiman la persecución del “otro”, la violencia del Estado y la restricción de las libertades civiles.


Escrito por Nydia Egremy

Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.


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