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Omar Carreón Abud
Los aliados de rodillas
Es muy importante en estos momentos insistir en hacer claridad sobre la verdadera naturaleza del modo de producción capitalista en su fase imperialista, porque ya nada tiene que ofrecer a los trabajadores sino lágrimas y sangre.


Tlaca, compañerito querido, cuando empezaba a escribir mi trabajo de esta semana, la inesperada noticia de tu partida final me impactó. Silencio. La conciencia regresa maltrecha hasta después de unos minutos para indagar sin resolver ya nada. ¿Cómo, pues, habría de iniciar mis líneas sin hablar de ti? ¿Cómo? Si precisamente ibas a Tecomatlán, a la única Feria de la Unidad entre los Pueblos, a cumplir con tu obligación, con tu compromiso, con tu pasión de dar a conocer a los hombres y mujeres de buena voluntad, los hechos de la Organización de los Pobres de México, cuando la muerte te cerró el paso. ¿Cómo? Si precisamente ibas a eternizar las imágenes de los artistas michoacanos con cuyos talentos iniciaban la penúltima tarde de alegría para miles de trabajadores y estudiantes.

Nos quedaremos sin tu trabajo dedicado y excelente, pero tu enorme ejemplo de luchador consecuente, modesto y serio, ya nadie nos lo quitará, nos pertenece y nos hará mejores. Espero. A buen tiempo, niño todavía, Tlacaélel Calzada Valdez, decidiste seguir a tu padre, Antorchista de los indispensables, que batallaba por los que jamás le podrían pagar y no hemos olvidado ni un instante que, a él, a Juan Calzada Abad, como a ti, le llegó la hora final en su puesto de combate, se quedó dormido para siempre porque le falló su gran corazón cuando había decidido vigilar las mercancías de una tienda de la organización. Sí, señor, uno de esos pequeños negocios que los Antorchistas cuidan para mantener su lucha y que uno de sus arrogantes enemigos de la clase explotadora, mintiendo con sevicia, dijo que eran “moches”, o sea, delitos. Ellos, a lo suyo, nosotros a lo nuestro.

Vamos a la tarea de hoy. Es muy importante que en estos momentos se colabore, se insista, en hacer claridad sobre la verdadera naturaleza del modo de producción capitalista en su fase imperialista porque ya nada tiene que ofrecer a los trabajadores sino lágrimas y sangre. Ese método de producir satisfactores domina en el mundo desde hace unos 500 años y se basa en la apropiación privada de tiempo de trabajo no pagado, es decir en el hecho de que al obrero se le pague solamente lo que necesita para sobrevivir y reproducirse y que ese pago sea mucho menor al valor que ese mismo obrero produce. Ese valor arrancado se llama plusvalía y su acumulación constante hasta formar montañas de dinero, llevó a Carlos Marx, su descubridor, a llamarles irónicamente a los capitalistas, artistas de la plusvalía.

Pues bien, esa apropiación de tiempo de trabajo exige la propiedad privada de los medios de producción que en la época actual son cada vez más variados y numerosos, implica poseer materias primas, maquinaria y equipo, vías de comunicación, masas inmensas de consumidores y, por supuesto, de fuerza de trabajo hábil, dócil y siempre dispuesta a ofrecerse en venta. Todas estas exigencias del capitalismo moderno han generado el imperialismo, su fase superior que, en pocas palabras, significa que todo ello debe estar a disposición permanente de los potentados por la buena o por la mala y la experiencia aterradora de la humanidad indica que casi siempre ha sido por la fuerza. La sangrienta guerra de conquista es el instrumento del imperialismo.

Estados Unidos (EE. UU.), dijo Henry Kissinger, no tiene amigos, tiene intereses. En efecto, los que son sus aliados han sentido en carne propia la garra del imperialismo. Japón, por ejemplo, se sometió al dominio imperial a partir de agosto de 1945, obligado a rendirse ante EE. UU., cuando dos pavorosas bombas atómicas acabaron con todos los habitantes de Hiroshima y Nagasaki y, entre otros más, Alemania, que tuvo que pagar a EE. UU. miles de millones de dólares después de la Segunda Guerra Mundial y, para acabar pronto, toda la Europa capitalista, que fue obligada a recibir para su reconstrucción gigantescos créditos con gigantescos intereses mediante el llamado Plan Marshall.

Hubo más. A efecto de controlar y mantener sujetos a los países capitalistas de Europa que habrían de fungir como sus aliados, EE. UU. patrocinó la formación de la Organización del Atlántico Norte, la diabólica OTAN, organismo que –ahora que ya no se quieren acordar– su primer Secretario General, Lord Hastings, caracterizó como un aparato para “mantener a la Unión Soviética fuera, a los americanos dentro y a los alemanes abajo” y, a 72 años de distancia y a la luz de lo que vivimos, puede afirmarse categóricamente que el viejo colonialista nacido en La India durante la dominación británica no se equivocó. Los aliados de Estados Unidos atraviesan graves problemas económicos y sociales por tratar de cumplir las órdenes de sus amos.

Empecemos por Alemania que, según Lord Hastings, debería mantenerse abajo. Ahora, para cumplir los propósitos de EE. UU. contra Rusia mediante el uso del pueblo ucraniano, los norteamericanos volaron los gasoductos North Stream para evitar que Alemania siguiera comprando combustibles rusos a bajo precio. Veamos lo que escribió sobre las consecuencias de ello el portal de RT el pasado 19 de febrero: “Alemania se ha visto afectada por una grave crisis en los últimos años, a medida que los precios de la energía se han disparado, mientras que la escasez de trabajadores calificados y la débil demanda interna pesan sobre el desempeño económico del país. El PIB disminuyó un 0.3% interanual en 2023, lo que la convierte en la única economía del G7 que se contrae en 2023”.

En cuanto a Inglaterra, que no se halla mejor, “la economía del Reino Unido se contrajo en el cuarto trimestre de 2023 por segundo periodo consecutivo, lo que significa que el país ha entrado en recesión, indicó este jueves la Oficina Nacional de Estadística (ONS). El producto interno bruto (PIB) británico cayó un 0.3% en el cuarto trimestre del año pasado, después de haber descendido un 0.1% en el tercer trimestre, según un comunicado del ONS” (Diario El Economista del 15 de febrero).

Japón vive de prestado. Tiene una deuda pública de 266 por ciento de su Producto Interno Bruto (dato de septiembre de 2022), el mayor porcentaje de todos los países desarrollados, muy mala señal para su pueblo porque ya Marx descubrió en El Capital que “la única parte de la llamada riqueza nacional que entra real y verdaderamente en posesión colectiva de los pueblos modernos es... la deuda pública”. Además, en Japón “la economía cayó 0.4 por ciento anual en el periodo de octubre a diciembre (de 2023) después de una caída de 3.3 por ciento en el trimestre anterior. Con este derrumbe, Japón pierde su título como la tercera potencia económica más importante del mundo frente a Alemania” (El Sol de México, 16 de febrero).

Ésa es una apretada síntesis de la situación económica de algunos de los países capitalistas más poderosos subordinados a los intereses imperialistas de EE. UU. Otros más, por estos días sufren graves protestas de sus ciudadanos que ven desplomarse sus posibilidades de ganarse el pan y acceder a una vida mejor. “El lunes, cientos de tractores bloquearon secciones de Praga e interrumpieron el tráfico frente al Ministerio de Agricultura del país… Protestas similares han arrasado la UE en los últimos meses y han tenido lugar en países como Polonia, Francia, España, Italia, Bélgica, Hungría, Bulgaria, Letonia y Eslovenia”. No pocos ni insignificantes.

Finalmente, consigno lo que dijo el periodista norteamericano de Fox News, Tucker Carlson, que hace unos días entrevistó a Vladimir Putin. Sobre el Metro de Moscú, la capital del “Imperio del Mal”, según han dicho los occidentales, escribió: “No hay grafitis ni suciedad ni malos olores, no hay vagabundos ni drogadictos ni violadores ni gente esperando para empujarte a las vías del tren y matarte. Está perfectamente limpio y ordenado”. El imperialismo, pues, sólo ofrece sufrimiento y muerte y se abren otra vez nuevas perspectivas para el hombre. Estemos atentos.


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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