Teherán exige corregir los incumplimientos antes de volver a negociar.
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Las guerras no sólo se libran con misiles o tanques; también se libran en el plano económico y a costa del bolsillo de los más pobres del mundo. El ataque conjunto de Estados Unidos (EE. UU.) e Israel contra Irán el 28 de febrero de 2026 no es una simple disputa regional para frenar el programa nuclear iraní (que, de acuerdo con EE. UU., sin prueba concluyente alguna, estaría orientado a la producción de armas nucleares), sino la continuidad de una guerra que el imperialismo estadounidense libra permanentemente para conservar su lugar hegemónico en el mundo. Esa voracidad del capitalismo por el control de territorios, recursos y mercados fue identificada brillantemente por Vladimir Ilich Lenin hace más de un siglo como un síntoma de su fase imperialista, una fase superior y agresiva del sistema.
El ataque del imperialismo contra Irán desencadenó la respuesta del país agredido, que lanzó misiles y drones contra bases militares estadounidenses en la región, de las cuales se encuentra rodeado. La respuesta ha sido contundente y, a la vista de los hechos, legítima. EE. UU. apostó a que, como ocurrió en Venezuela, al dejar sin líder al país asiático éste se desmoronaría. Sin embargo, no fue así; por el contrario, se ha enfrentado a una realidad distinta: Irán cuenta con un ejército, armamento, un nuevo liderazgo político y, lo más importante, con un pueblo decidido a luchar por su independencia, capaz de plantar cara a la agresión. Además de lo anterior ha tomado la decisión de cerrar el estrecho de Ormuz con la intención de presionar por la vía económica a EE. UU. y a sus aliados occidentales.
Este trabajo sostiene como tesis central que la ofensiva contra Irán forma parte de una estrategia del imperialismo por revertir el declive de su hegemonía unipolar, asfixiando a China en una de sus fuentes más importantes de suministro energético y, al mismo tiempo, acorralando a Rusia. Al final, el 99 por ciento más pobre del planeta –en la proporción señalada por Joseph Stiglitz– es quien termina pagando los costos de la guerra.
Uno de los estrategas más influyentes del imperialismo en el Siglo XX, Zbigniew Brzezinski, advirtió en su libro El gran tablero mundial que el mayor peligro para EE. UU. sería la consolidación estratégica entre Rusia, China e Irán, pues una alianza de ese tipo permitiría el control de Eurasia. En el Siglo XXI, ese escenario empezó a materializarse ante los ojos de Washington. La cooperación entre estos países, en distintos niveles, se ha vuelto cada vez más sólida: China e Irán firmaron un acuerdo de cooperación de 25 años en 2021; Rusia e Irán han profundizado su colaboración militar, proveyendo drones a Moscú para la guerra en Ucrania; y ambos, junto con China, articulan su visión de un mundo multipolar en espacios como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái. En esta trama geopolítica, la burguesía mundial, encabezada por EE. UU., aparece como la principal impulsora de los acontecimientos recientes: busca mantener el control del sistema internacional.
La reacción de Irán, además del plano militar, incluye una dimensión económica. Al decidir cerrar el estrecho de Ormuz busca ejercer presión sobre el sistema energético global. Por esta ruta marítima transita el petróleo, fuente fundamental de energía del entramado industrial mundial. Sin esta energía, el sistema de producción contemporáneo simplemente se paraliza. Para dimensionar su importancia basta observar que por el estrecho circulan alrededor de 20 millones de barriles de petróleo diarios, es decir, cerca de una quinta parte del consumo global. Además, aproximadamente el 20 por ciento del comercio mundial de gas natural licuado –vital para las economías asiáticas y europeas– pasa por esta vía. A ello se suma que cerca del 30 por ciento de las exportaciones mundiales de fertilizantes como urea, amoniaco y fosfatos también depende de esta ruta. Países como Qatar, Baréin, Arabia Saudita, Irak, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos dependen de este corredor marítimo para exportar su riqueza energética, cuyos principales compradores son China, India, Japón y Corea del Sur.
China, a pesar de contar con una importante reserva estratégica de petróleo –la segunda más grande del mundo y suficiente para mantener su consumo interno durante aproximadamente 60 días– sigue siendo vulnerable en un escenario de interrupción prolongada del comercio energético. Esto se debe a que es el principal importador de petróleo del mundo y cerca del 45 por ciento de sus importaciones transitan por el estrecho de Ormuz. Si a este conflicto se suman los recientes acontecimientos en Venezuela –que también exportaba petróleo a China– puede inferirse que la economía china enfrentará presiones adicionales. Algunos analistas sostienen que podría haber problemas de suministro; otros consideran que el impacto principal se reflejará en el aumento de los costos para sostener su estructura industrial.
Otro aspecto relevante es que el conflicto pone en riesgo, en caso de que EE. UU. logre imponerse militarmente, la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), el proyecto geoeconómico más ambicioso del Siglo XXI impulsado por China. Este proyecto busca conectar Asia, Europa y África mediante redes de infraestructura, comercio y cooperación económica. Un debilitamiento de Irán significaría un retroceso en esos esfuerzos de integración que comenzaron a impulsarse en 2013 bajo el liderazgo de Beijing.
En términos similares, Irán ocupa una posición estratégica dentro del Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur, impulsado por Rusia, India e Irán. Esta red multimodal de aproximadamente siete mil 200 kilómetros busca conectar el norte de Europa, a través de Rusia, con el sur de Asia. En otras palabras, constituye un proyecto que fortalecería la interconexión económica entre los países que Brzezinski consideraba potenciales rivales geopolíticos de EE. UU. Si Irán fuese destruido, ocupado o sometido por Washington, Rusia quedaría más aislada y su capacidad para influir en la región se vería seriamente limitada.
Aunque en el plano de la geopolítica parece desaparecer la lucha de clases y el conflicto se presenta como una disputa entre Estados y élites gobernantes, la realidad es distinta. La causa más profunda de la guerra se encuentra en los intereses de la burguesía internacional. Sus objetivos se vuelven cada vez más transparentes: controlar los recursos del planeta para mantener un nivel de producción que permita incrementar continuamente sus ganancias. En este proceso, los costos de la guerra recaen sobre los sectores más pobres del mundo.
El mecanismo más evidente, aunque no el único, es el impacto económico del cierre del estrecho de Ormuz. El precio del petróleo ha comenzado a aumentar rápidamente y no existe certeza sobre cuándo se estabilizará. Este fenómeno crea condiciones propicias para el surgimiento de inflación, carestía e incluso crisis humanitarias en los países menos preparados para enfrentar estos shocks económicos.
En primer lugar, se produce un encarecimiento de la energía –gran parte de la cual se genera a partir del petróleo– y, por consiguiente, del transporte. Dado que estos elementos son esenciales para la producción y distribución de mercancías, es previsible un aumento generalizado de precios. En algunos casos, como el de la gasolina en México, ya se observan señales de ese proceso. Por otro lado, la interrupción del comercio de fertilizantes también puede elevar los costos de la producción agrícola, lo que repercutirá en el precio de los alimentos. La combinación de estos factores sugiere que los pobres del mundo verán afectado su consumo, especialmente si se considera que destinan la mayor parte de sus ingresos a la compra de alimentos.
En segundo lugar, si el conflicto se prolonga, podrían desencadenarse consecuencias económicas de gran magnitud, similares a las observadas durante la crisis energética provocada por la guerra de Yom Kipur en 1973. En un contexto de crecimiento económico mundial lento, muchos países no estarían en condiciones de enfrentar una inflación elevada. Las recetas tradicionales, como el aumento de las tasas de interés para contener la inflación, han demostrado ser insuficientes e incluso contraproducentes, pues tienden a perjudicar a los sectores más pobres y a frenar la actividad económica en general.
El conflicto que parece desarrollarse al otro lado del mundo muestra que sus consecuencias no son ajenas a la vida cotidiana de los ciudadanos, incluidos los mexicanos. Cuando el precio de la tortilla aumenta, cuando la gasolina se encarece o cuando el salario resulta cada vez más insuficiente para cubrir la canasta básica, conviene preguntarse cuáles son las causas profundas de estos fenómenos; al hacerlo, se puede comprender que los pobres del mundo están sometidos a un sistema económico que privilegia la acumulación de riqueza de una minoría a costa de la pobreza y el sufrimiento de la mayoría y que, mientras el mundo siga dominado por los intereses del capital, los pobres continuarán pagando el costo de los conflictos, a pesar de ser la mayoría de la población mundial. Por lo tanto, esa mayoría necesita tomar conciencia de su situación, educarse y organizarse para tomar en sus manos su propio destino.
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Escrito por Rogelio García Macedonio
Licenciado en Economía por la UNAM.