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La crisis venezolana escaló abruptamente en los últimos días. Ante una oposición totalmente derrotada, débil, disgregada, e incapaz de abandonar su postración a pesar de la permanente campaña mediática antichavista, el gobierno de Estados Unidos optó por cambiar la estrategia. En lugar de intentar una revolución de colores, que provocaría un cambio de gobierno “logrado en las calles por los propios venezolanos”, prefirieron derrocar a Maduro desde la arena de las relaciones diplomáticas. Así, en 2017 el Grupo de Lima surgió como un instrumento político al servicio de Estados Unidos, con el único objetivo de terminar con el gobierno bolivariano. La autoproclamación de Juan Guaidó como presidente, el pasado 23 de enero, y su inmediato reconocimiento por parte del Grupo de Lima (menos México), Estados Unidos, y Canadá, son la última jugada del plan concebido por el imperialismo estadounidense desde hace más de un año.
Con todo y que fue un golpe cuidadosamente organizado durante meses, sus resultados fueron limitados; esto, entre otras cosas, se debe al nuevo orden multipolar que en los últimos años se ha configurado. En el escenario latinoamericano, los países se alinearon en tres bandos: los proimperialistas que reconocieron a Guaidó como presidente (Brasil, Colombia, Perú, Chile, Ecuador, Costa Rica, Paraguay, Guatemala, Honduras y Panamá), los antiimperialistas que denunciaron a Guaidó como un golpista (Cuba, Bolivia, Nicaragua, y El Salvador) y los que se colocaron entre uno y otro bandos (México y Uruguay). Es claro que, salvo honradas excepciones, América Latina sigue siendo un territorio dominado por los intereses estadounidenses.
Más allá de Latinoamérica otros países fijaron públicamente su posición sobre los hechos de Venezuela. Los gobiernos de China, Rusia, Siria, Irán y Turquía afirmaron que, para ellos, Nicolás Maduro Moros continuaba siendo el presidente venezolano. No solo eso, sino que calificaron el reconocimiento de Guaidó como una inaceptable intervención. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China, declaró el 24 de enero que su país “se opone a la interferencia en los asuntos internos de Venezuela” y que “apoya los esfuerzos del Gobierno de Venezuela para mantener su soberanía, independencia y estabilidad”. Por su parte, Putin le refrendó su apoyo a Maduro por vía telefónica; más tarde, el portavoz del Kremlin afirmó que “los intentos de usurpar el poder supremo en Venezuela contradicen y violan los fundamentos y los principios del derecho internacional”. Las expresiones de Al Assad, Rouhaní y Erdogan tuvieron el mismo tono.
Las diferencias políticas entre los centros de poder a nivel mundial se hacen patentes en la crisis de Venezuela, pero en realidad se han venido construyendo desde hace más de una década. Cada uno de los tres principales hegemones (como algunos llaman a los sujetos internacionales con dimensiones hegemónicas) posee una dinámica zona de influencia. Para el caso de Rusia son los países de Europa Oriental y algunos de Asia Central, aunque en los últimos años se ha visto vulnerada por el caso de Ucrania y por las pretensiones militaristas de la OTAN. En el caso de China, prácticamente toda la región de Asia Oriental, así como algunos puntos de África, pertenecen a su zona de influencia, misma que está en crecimiento y pretende ampliarse mediante proyectos como la Ruta de la seda. Por último, Estados Unidos conserva todavía el lugar de la superpotencia, con influencia en la mayor parte de las regiones del mundo, si bien se aprecia una tendencia negativa en su hegemonía.
América Latina es uno de los teatros de operaciones donde Estados Unidos, China y Rusia se disputan la predominancia. Por razones históricas, geográficas y económicas, son los estadounidenses quienes más control de la zona tienen, pero el empuje de los chinos se ha dejado sentir en prácticamente todos los países latinoamericanos; de hecho, China es el segundo socio comercial de la región, solo por detrás de Estados Unidos. Rusia, con menos capacidades de penetración que China, ha alimentado las relaciones que desde hace tiempo mantiene con aliados tradicionales, como Cuba.
En Venezuela los intereses de las tres potencias se entrecruzan. Estados Unidos pretende retomar el control político para explotar en su provecho las gigantescas reservas petroleras que posee el país sudamericano. China defiende los capitales invertidos en los últimos años, busca garantizar el pago de los préstamos que ha hecho a Maduro, y gana un espacio de influencia en una zona bajo dominio estadounidense. Rusia, como China, vigila el curso de sus inversiones y préstamos (enfocados en el terreno militar) y quiere ampliar su presencia en Latinoamérica. ¿Y Venezuela? Maduro aprovecha las discrepancias entre estos tres polos para impulsar su propia agenda, que consiste en mantener un país soberano, con un gobierno democrático y con un horizonte socialista. Definitivamente, uno de los factores que han jugado un rol determinante a favor de la Revolución Bolivariana es la configuración del nuevo orden multipolar. ¿Resistirá este orden la nueva crisis?
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Escrito por Ehécatl Lázaro
Columnista de politica nacional