Desde la conquista española, la nuestra es una historia de lucha de clases, donde los poderosos en cada etapa han impuesto su dominio económico y político.
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La disyuntiva aparentemente irreductible entre activismo irracionalista y fatalismo (o determinismo económico) escinde en realidad verdad e historia y conduce a dos extremos antitéticos: o bien al relativismo historicista, o bien a la racionalidad ficticia del determinismo o quietismo. La antinomia entre dogmatismo e irracionalidad remite más en general a la antítesis entre sujeto y objeto o también a la contraposición entre ser y pensamiento.
El idealismo trascendental de Kant planteó un dualismo entre la naturaleza y el ser humano. Según Kant, el mundo exterior (ser u objeto) recibía sus leyes de la Razón (pensamiento o sujeto) y no inversamente. Hegel hizo una crítica profunda del dualismo kantiano que desdoblaba la naturaleza y los seres humanos. La filosofía de Hegel estableció en efecto la idea de la unidad de lo material y lo espiritual, “de su acción recíproca y su devenir solidario”. Desde esta perspectiva, “el hombre es uno solo con la totalidad del ser”. Sin embargo, de la conciliación de la antítesis entre el espíritu y la materia surge precisamente la tendencia de Hegel a la reconciliación estoica con la realidad o actualidad, el estancamiento de la filosofía hegeliana en el presente.
Pero la absolutización del presente en cuanto expresión de que el Espíritu se ha alcanzado a sí mismo provocó desde muy pronto distintos intentos de superar el carácter contemplativo de la filosofía de Hegel. Se trató grosso modo de “volver práctica a la dialéctica”. La transición de la teoría filosófica a la práctica partió en principio de una gran fe en el poder práctico de las ideas. Heinrich Heine, por ejemplo, estaba convencido de que el pensamiento precedía a la acción igual que el relámpago al trueno. Juan Bautista había precedido a Cristo. El cristianismo, la Reforma, la Revolución Francesa habían sido teorías antes de haberse convertido en acciones. La teoría precedía a la acción.
Ahora bien, la tendencia a “lo práctico” de la filosofía se remontaba por entonces de manera necesaria a Fichte, para quien el pensamiento se convertía en “acción”. Fichte consideraba, en efecto, que el “Yo” se diferenciaba y dividía en un “Yo” teórico que finalmente resultaba “limitado y condicionado” por el “no-Yo” –el objeto–, y en un “Yo” absoluto y práctico que, mediante su actividad, sobrepasaba todos los límites establecidos creando con ello un mundo ideal infinito. La razón práctica era, pues, muy superior a la razón teórica. No obstante, Fichte terminaba estableciendo un contraste agudamente romántico entre “Ser” y “Deber ser”, es decir, entre “sujeto” y “objeto”: su filosofía contraponía la voluntad en acción a la realidad presente.
En un sentido similar a Fichte, August von Cieszkowski –uno de los jóvenes hegelianos– se preocupó por desarrollar una especie de filosofía de la acción que pudiera superar el carácter contemplativo de la filosofía hegeliana. Lo hizo en Prolegómenos a la historiosofía de 1838. Para Cieszkowski, la principal deficiencia de la filosofía de Hegel era que sólo podía explicar la historia post factum, esto es, únicamente podía explicar lo que ya había ocurrido o lo que estaba ocurriendo, pero no podía proyectarse hacia una ordenación consciente del futuro. Por esta razón, Cieszkowski elaboró una filosofía que ofrecía la posibilidad de una acción práctica. El principal agente de su filosofía de la acción era la “praxis”, entendida como una síntesis de pensamiento y acción que en lo sucesivo permitiría una historia de actos y no simplemente de hechos.
Con su filosofía de la acción, Cieszkowski pretendía “volver práctica a la dialéctica”. Sin embargo, al igual que Fichte, terminaba oponiendo la actividad absolutamente libre del sujeto a la realidad presente. Lo que Hegel había formulado era en cambio la gran idea cardinal de la unidad de lo material y lo espiritual. Desde este punto de vista, la práctica, la voluntad y la actividad, aparecían siempre ligadas a situaciones concretas y apuntaban siempre también a la solución de tareas concretas. De aquí surge precisamente el intento de combinar “Ser” y “Deber ser”, “prosa” y “poesía”: el intento franco de renunciar terminantemente a la oposición abstracta entre sujeto y objeto, de rechazar en una palabra el romanticismo revolucionario.
El joven Marx expresa esta perspectiva cuando anota que se propone ir a buscar la Idea en la Realidad misma. Sobre esta base se desarrolla una crítica implacable del utopismo ilustrado y de la oposición abstracta de “Ser” y “Deber ser”. La práctica revolucionaria desconoce, pues, la escisión entre verdad e historia, la oposición entre ser y pensamiento. De esta manera no se persiguen ya ideales superpuestos o sobrepuestos abstractamente a la historia, como lo hacía el utopismo ilustrado, sino que la tradición política activista se esfuerza por establecer un puente entre la situación presente y un futuro no deducido apriorísticamente, combinando en todo caso “prosa” y “poesía” en lugar de contrastarlas abstracta y románticamente.
Desde la conquista española, la nuestra es una historia de lucha de clases, donde los poderosos en cada etapa han impuesto su dominio económico y político.
“Todos los estadios históricos que se suceden no son más que otras tantas fases transitorias en el proceso infinito de desarrollo de la sociedad humana, desde lo inferior a lo superior”, escribió Federico Engels.
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Escrito por Miguel Alejandro Pérez
Maestro en Historia por la UNAM.