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El rechazo de la superficialidad: Enrique González Martínez
El amor, el dolor, la eternidad, la muerte, el paisaje y, sobre todo, la positiva actitud ante la vida, son sus temas predilectos.
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Del jalisciense Enrique González Martínez (1871-1952) dirá Enrique Anderson Imbert en su Historia de la literatura hispanoamericana: “aunque el autor, retirado en su rincón provinciano, desconfiaba de la secta ‘modernista’ que reinaba en la Ciudad de México (…) sus versos respondían, como los de todos los poetas de su generación, al deseo de castigar las formas hasta someterlas a los modelos artísticos que los parnasianos franceses recomendaban (…) González Martínez se vuelve hacia esa porción de la poesía que está casi pegada al silencio: la exquisitez verbal. No la exquisitez estetizante, extrovertida, ornamental, sino la del recogimiento”.

En 1911, en la etapa que los críticos han considerado como la plenitud de su producción poética, aparece Los senderos ocultos, con el soneto que sería considerado una especie de manifiesto estético: Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje, y que en 1915 aparecería nuevamente en La muerte del cisne bajo el título de El símbolo.

Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje

que da su nota blanca al azul de la fuente;

él pasea su gracia no más, pero no siente

el alma de las cosas ni la voz del paisaje.

Huye de toda forma y de todo lenguaje

que no vayan acordes con el ritmo latente

de la vida profunda... y adora intensamente

la vida, y que la vida comprenda tu homenaje.

Mira al sapiente búho cómo tiende las alas

desde el Olimpo, deja el regazo de Palas

y posa en aquel árbol el vuelo taciturno...

Él no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta

pupila, que se clava en la sombra, interpreta

el misterioso libro del silencio nocturno.

En la primera ocasión, no faltaron quienes –señala Anderson Imbert– creyeron erróneamente que el tapatío rompía lanzas contra el gran Rubén Darío. Nada más lejos de su intención: él protesta contra todo lo superficial y rechaza la acartonada frivolidad de los malos imitadores del nicaragüense, como tuvo a bien aclarar en sus memorias, publicadas en 1944 y 1951. La segunda aparición de esta obra maestra también fue malinterpretada, creyendo algunos adivinar la ruptura del poeta con el modernismo. González Martínez seguirá siendo modernista; y Tuércele el cuello al cisne… sí es un grito de ruptura, pero en el sentido que señala Ambra Polidori en su Nota introductoria a la antología del poeta publicada por la UNAM en 2010:

“González Martínez coincidía con la segunda etapa del modernismo, que se define sobre todo por una modificación en el tono: de frívolo a un tono de compromiso, de filosofía humanista, en el que el lirismo personal alcanza manifestaciones intensas ante el eterno misterio de la vida y la muerte, sin abdicar de su rasgo característico de trabajar el lenguaje con arte”. Y añade la académica: “La poesía de González Martínez es una lúcida reflexión sobre el hombre y las cosas. El amor, el dolor, la eternidad, la muerte, el paisaje y, sobre todo, la positiva actitud ante la vida, son sus temas predilectos. Su poesía, sosegada y grave, se distingue por la claridad y la justa coordinación entre la sustancia y la forma; en ella solo aflora lo armonioso y lo reflexivo”. 


Escrito por Tania Zapata Ortega

COLUMNISTA


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