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Hoy, la censura contra los poetas revolucionarios toma la forma de una aparente indiferencia; no se difunde su obra, no se les reimprime, no se promueve su conocimiento fuera de las fronteras nacionales, se les deja caer en el olvido, relegados a unas cuantas librerías de viejo; esta condena a no haber sido ha alcanzado también a la Internet, donde más allá de la mención nominal, sólo una testaruda búsqueda arroja fragmentos de su obra. Ejemplo de tal conjura es el poeta, narrador, dramaturgo y ensayista Elías Castelnuovo, quien también escribió con los seudónimos de Caña Fístula, Ronald Chaves, Silogismo Elicás, y que hoy invitamos a esta Tribuna.
Nacido en Montevideo, Uruguay, el seis de agosto de 1893 en el seno de una familia de inmigrantes, fue el penúltimo de 10 hermanos. Habiendo cursado apenas el cuarto año de primaria, se vio obligado trabajar para ganarse el sustento como linotipista en una imprenta; ahí comenzaría, de forma autodidacta, su formación política y literaria, dos grandes pasiones que conservaría hasta su muerte, en 1982. Pronto, su espíritu inquieto lo llevaría a recorrer su natal Uruguay, así como Brasil y las provincias de Entrerríos y Corrientes, en Argentina, ejerciendo numerosos oficios como el de albañil, carpintero y carnicero, antes de establecerse en Buenos Aires, Argentina, en 1910, como linotipista y tipógrafo. Ahí también comenzaría su militancia anarquista y sus simpatías por la Revolución Bolchevique, colaborando en publicaciones como la revista Prometeo, el Quincenario anarquista y el diario ácrata La Protesta. De esta época data el poema Los bárbaros están a las puertas de Petrogrado, aparecido el 26 de octubre de 1919, en La Protesta; es un enérgico llamado a la solidaridad internacional y a la defensa de la Revolución Rusa, por aquel entonces asediada por fuerzas antibolcheviques que, durante la guerra civil intentaron un golpe contrarrevolucionario apoyadas por el gobierno alemán.
Pueblos tristes,
pueblos magnos,
paradójicos y esquivos, negros, raquíticos y huraños…
Rusia cae; se debate en estertores estupendamente trágicos;
Rusia llora bajo el casco de los Silas y Alaricos mercenarios
y el terror de los Kôlchak bandoleros, aristócratas y bárbaros.
Pueblos nobles,
oprimidos y explotados…
Rusia muere; se desploma en el abismo de los sueños libertarios,
y con ella, nuestras ansias de justicia, nuestros bienes concretados;
Rusia gime; se desgarra; Rusia extiende temblorosa sus dos manos;
solicita nuestra ayuda, nuestra sangre, nuestros huesos, nuestros cráneos.
¡Pronto, pronto!
¡Bolshevikis legendarios!
Hay que darle una batida a los burgueses que trabajan como topos
[subterráneos
por quitarnos este mundo –este mundo que no tiene propietarios–,
hay que darles la postrera despedida con los puños de Espartaco,
empujarlos al Nirvana,
arrojarlos al abismo…
¡acabarlos!
A la calle, bolshevikis,
comunistas visionarios;
Cristos negros, carne magra del taller, de la fábrica y del campo;
saturada de venenos, impregnada de miserias con olor a camposanto,
harapientos pordioseros, prostitutas de esta tierra de corsarios
que nos cazan como lobos, que nos matan y destierran como Gracos.
¡A la calle los cruzados!
¡A la calle,
los que quieran acabar con los tiranos, con los dioses y los amos;
los que quieran acabar con los gobiernos que nos mandan como vándalos;
los que anhelan la justicia, los que quieren ver los pueblos hermanados,
desterrar toda la peste, todo el lodo, todo el cieno que vomitan los aliados;
los videntes, los poetas, marineros, campesinos; todos, todos…
¡Levantaos!
Pueblos tristes,
pueblos magnos,
Paradógicos y esquivos, negros, raquíticos y huraños…
¡A la carga que los bárbaros arrasan Petrogrado!
Contra el plomo de los “blancos” y el blasón del Vaticano…
¡La metralla de los rojos sublevados, el fusil de los anárquicos,
la revuelta proletaria:
un saludo universal de cañonazos!
Fundador y guía del grupo Boedo, formado por escritores que combinaban literatura con militancia revolucionaria, Elías Castelnuovo diría del grupo Florida: “Ellos eran los cajetillas, los pitucos. Nosotros, los proletarios”. Para él, la diferencia entre ambos grupos era que el protagonista de su obra era la clase obrera: “Dimos vuelta el patrón de la literatura. No más el hombre de clase media o alta. Ése fue nuestro aporte. Y lo bueno es que lo hacíamos naturalmente, pues veníamos de abajo, éramos trabajadores. Y nosotros sosteníamos que, si bien era cierto que, en los arrabales, en las orillas, en los barrios obreros había escruchantes, malevos, contrabandistas y demás, por cada diez de ellos había miles de tipos que se levantaban a las cinco de la mañana para ir a trabajar”. “Yo no creo eso de que uno es revolucionario a los veinte años, progresista a los cincuenta y reaccionario a los ochenta. Yo fui revolucionario en todas las edades, y ahora pienso lo mismo que antes, sólo que soy más consciente. Es una cuestión de conducta, de convicción. Nací pobre, viví pobre y voy a morir pobre. Fiel a mi clase” agrega en una entrevista, realizada en 1975 por el periodista Óscar Giardinelli.
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Escrito por Tania Zapata Ortega
Correctora de estilo y editora.