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Se dice que nadie experimenta en cabeza ajena y, hasta cierto punto, es cierto, somos tozudos, pagados de nosotros mismos, gracias al sistema que nos educa y condiciona; pero esa reacción tan perjudicial no tiene nada de científica, nada de dialéctica pues, si algo malo pasa al prójimo, es alta la posibilidad de que nos pase a nosotros también. Creo que es más útil y tiene más bases en la realidad aquello de que, si ves las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar, que vale tanto para los malos sucesos como para los buenos. Valgan estas líneas para llamar a mis posibles lectores a no despreciar tan fácilmente lo que pueda pasar al otro lado del mundo y menos aún dejarse influir por la propaganda interesada en impedir que pongamos la vista y el interés en los buenos ejemplos de otros seres humanos, en el caso que me interesa, como el de los chinos.
China es un país inmenso, grandísimo y muy poblado, allá viven mil 400 millones de personas, más de 10 veces de los que vivimos en México. China fue el primer país que fue atacado por el temible virus SARS-COV2, según parece, desde fines del año 2019, algunos meses antes de que cundiera la alarma en todo el mundo; se dice, incluso, que el tal virus se originó allá, brincando de un murciélago, animal que está lleno de virus, al ser humano. Si tomamos en cuenta que en China hay 200 ciudades de más de un millón de habitantes, nos podemos imaginar la espantosa cadena de contagios y muertes que hubiera sobrevenido en ese país al desencadenarse la pandemia.
Pero no. Resulta que en China solo ha habido cuatro mil 636 muertes, es decir, ha habido menos muertes que en el estado de Michoacán que ya lleva cinco mil 57 muertes y que tiene alrededor de cuatro millones de habitantes y, claro, muchas menos que en México entero, en donde los decesos ya suman más de 205 mil personas. ¿Cuál es la diferencia? ¿Será que los chinos son más resistentes al virus o a las enfermedades que los mexicanos? Aunque ésta no es –ni con mucho– la razón fundamental, cabe decir que sí, que los chinos están mejor atendidos en su salud durante su vida y que se alimentan y viven mejor que los mexicanos. Aunque usted no lo crea China, con el conocimiento y el aval de numerosos organismos internacionales, acaba de anunciar que extermina, esperamos que para siempre, a la pobreza extrema de su país; para ello, se sacó de esta condición a nada más y nada menos que a los últimos 100 millones de chinos que todavía la sufrían. Números grandes, difíciles de creer.
No se piense por ningún motivo que esta impresionante victoria de la justicia social en el mundo es consecuencia del reparto de ayudas a los pobres de China mediante cheques al portador que les llegan a su casa; tampoco resultado del dinero en efectivo que se distribuye mensualmente en oficinas de gobierno acompañado puntualmente de un costoso sistema de propaganda; no, las ayudas como las del régimen de la “Cuarta transformación” –que son una nueva edición de las que ya hacían los gobiernos anteriores– no sirven para acabar con la pobreza, ni siquiera con la extrema, eso lo demuestran sus resultados después de 30 años; existen para administrar la pobreza, para controlar y contener la irritación social por la carencia de todo, son útiles para manipular las votaciones, son parte indispensable de la democracia moderna, de la protección del monopolio del poder político por parte de la élites.
Los resultados de China son producto, en primer lugar, de la lucha organizada del pueblo chino. No son la dádiva, ni la concesión de un gobernante que habla supuestamente en nombre del pueblo mientras el pueblo permanece pasivo, ausente de la escena social. El pueblo chino ha sido protagonista de luchas por su liberación desde hace muchísimos años; ha sido un pueblo pobre, explotado brutalmente por variados imperialismos y se ha defendido heroicamente hasta haber hecho su revolución y tomado el poder en 1949. Entre muchas otras proezas del pueblo organizado y consciente, menciono en esta ocasión la llamada Gran Marcha. Esa hazaña explicaría, en parte, la organización popular y, sobre todo, los insólitos resultados en la defensa del pueblo ante el ataque de la pandemia de SARS-COV-2.
Difícil de creer, sobre todo cuando hay una campaña mundial para ocultar la participación del pueblo en la construcción de su destino y resaltar solo el papel de los individuos. La Gran Marcha se organizó en 1934 porque una gran base revolucionaria del Partido Comunista Chino era el objetivo de una táctica devastadora que se llamó de cerco y aniquilamiento. Esa inmensa base en las montañas del sureste de China decidió emigrar para defenderse. Cien mil hombres, mujeres y niños, recorrieron a pie 12 mil kilómetros durante un año, franquearon 18 cadenas montañosas, cinco de las cuales tienen nieves eternas y cruzaron 24 importantes corrientes de agua. Solo llegaron 20 mil.
Esa epopeya del pueblo chino que es patrimonio de la humanidad y todo lo que ella implicó, explica buena parte del triunfo de la revolución el 1º de octubre de 1949. Explica el origen y, por tanto, el compromiso de los gobernantes chinos y explica las medidas y los resultados en el combate a la pandemia. El pueblo chino asumió consciente y organizadamente el confinamiento inmediato que se aplicó apenas descubierta la gravedad y la velocidad de los contagios, se aplicaron pruebas masivamente para localizar a los infectados y aislarlos, se construyeron aceleradamente grandes hospitales especializados en Covid-19 y se produjeron masivamente vacunas para proteger a la población. Y hasta para exportar a México.
Así se explica la bajísima mortalidad en China, mucho más baja que la de México. Allá no se convocó al pueblo a abrazarse, ni se le dijo que no pasaba nada, allá no se le dijo que el gobernante se protegía con estampitas de santos y conjuros, allá no se declaró que la desgracia del pueblo le caía al Partido Comunista como anillo al dedo. Allá, el pueblo se organizó y el gobierno se aplicó a defenderlo. Prácticamente, China ha vuelto a la normalidad, sus jóvenes van a las escuelas y, a diferencia de los países occidentales y, claro, de México, su economía está creciendo.
Termino. Un informe oficial de la Secretaría de Salubridad y Asistencia, publicado la semana pasada, da a conocer una escalofriante cifra de muertes reales en nuestro país. El documento se sustenta en una comparación de las muertes acaecidas el año anterior (durante el mismo lapso de tiempo) y las muertes acaecidas durante el año de la pandemia. El resultado del cálculo con estos datos oficiales, arroja que las muertes por Covid-19 ascenderían hasta la fecha a 322 mil 139 personas y no a los 205 mil que hasta ahora se reportan; México sería el segundo lugar mundial en muertes por Covid-19. ¿No es China asombrosa?
Los resultados de China son producto de la lucha organizada del pueblo chino. No son la dádiva, ni la concesión de un gobernante que habla supuestamente en nombre del pueblo mientras el pueblo permanece ausente de la escena social.
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Escrito por Omar Carreón Abud
Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".