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Tribuna Poética
Las mujeres en la poesía ecuatoriana: Ana María Iza
Poetisa y periodista ecuatoriana, la voz de Ana María Iza (Quito, 1941-2016) es una de las más importantes en su patria y su obra no falta en las antologías nacionales.


En Antología de ocho poetas tanáticas del Ecuador, Rodrigo Pesántes Rodas lamenta que frente a la valoración como destino turístico persista el desconocimiento y la indiferencia hacia la riqueza cultural y literaria de su país; al tiempo que deplora que muchos de los escritores ecuatorianos no se hayan beneficiado de los esfuerzos de divulgación poética en América y el mundo. Y si esto es una realidad lamentable para los autores ecuatorianos en general, para las mujeres resulta doblemente injusto: “la desconexión o el desconocimiento histórico-estético son más notorios si nos referimos a la mujer-poeta, ausente de casi todas las antologías y estudios foráneos”, lamenta.

Poetisa y periodista ecuatoriana, la voz de Ana María Iza (Quito, 1941-2016) es una de las más importantes en su patria y su obra no falta en las antologías nacionales; ganadora de importantes premios como el Nacional de Poesía Ismael Pérez Pazmiño, convocado por el diario El Universo de Guayaquil en los años 1967, 1974, 1984 y 1995; premio único en la séptima edición de “El poeta y su voz” (Manabí, 2003); y la primera bienal de poesía “Juegos Florales” (Ambato, 1995).

Su obra poética está contenida en Pedazo de nada (1961); Los cajones del insomnio (1967); Puertas inútiles (1968); Heredarás el viento (1974); Fiel al humo (1986); Reflejo del sol sobre las piedras (1987); Papeles asustados (1994- 2005); Herrumbre persistente (1995).

En Manifiesto, el asesinato de una mujer es el detonante para una denuncia más amplia, telúrica, de las miles de víctimas de la injusticia en todo el mundo y del abuso de los poderosos que tarde o temprano ha de detenerse. Iconoclasta, llama a “derribar los ídolos” que contemplan, sin impedirlo, el sufrimiento humano y rechaza la idea de un alma fuera de la carne mortal.

 

Una mujer cayó

con ochenta y dos golpes de picahielo.

Le volaron el índice.

Le volaron los ojos

le volaron la lengua.

Saltó de su retina la bruma

del castillo de Drácula

de este mundo.

Inenarrable dolor guardan sus átomos

desparramados en luces por el viento.

Las células en llamas de su sangre

juran que han de vengarle las estrellas.

El planeta envía un manifiesto:

No más Rey del Norte.

No más Rey del Sur.

La tierra es para todos

sin títulos de propiedad

y sin fronteras.

Los límites son ficticios,

calumnias de colores las banderas.

¿Quién puso muralla al huracán...

dónde nacen las paredes del viento,

dónde mueren las veredas del mar;

acaso hay nubes de oriente

y de occidente...?

Ya no más arreboles en botellas.

Rechazamos los templos sin piedad.

Mentira es la navidad.

Mentira es el año nuevo.

Patraña el alma inmortal,

el hombre cuando muere se hace polvo

como el lagarto, el pájaro, el camello.

El alma es uno mismo –con señales–

come carne,

tiene dudas

y complejos.

Mejor quemad los ídolos

–matadlos con picahielo–

Solo son sucias mentiras

vestidos de terciopelo.

No rescatan mujeres.

No oyen la voz del hombre

que en la Siberia clama

ni les importa el niño

que en occidente muere.

Una mujer cayó

con ochenta y dos golpes de picahielo.

Ya no podréis dormir tranquilas,

sanguijuelas.

 

La calle forma en ese hermoso destacamento de la poesía combatiente: desde la trinchera de sus versos, convoca a los poetas a abandonar los etéreos mundos imaginarios en que se refugiaron sus antecesores y salir a la calle, enfrentar la dolorosa realidad latinoamericana y, alumbrando las tinieblas, “empapelar las calles de poemas… hasta que nazca el día”.

 

Las calles os esperan.

Os esperan los postes en su sitio,

dejad las cuatro paredes de los cuartos.

Dejad la sombra colgada en cualquier clavo.

Dejad la pesadumbre en las rendijas.

Sacad el corazón con sus fusiles.

A matar la miseria en las esquinas

y a matar sin dolor a los cobardes;

por ellos todavía existe el frío

y niños amarillos

y miedo en las miradas.

Cada piedra es un verso que echa llamas,

cada puerta que se abre es una herida

cada hombre que sale de su hueco

una hilera de puntos suspensivos.

Las calles os necesitan,

compañeros; de aquí, de todo el mundo,

empapelad las calles de poemas,

de rosas

y de gritos.

Pegad en los murales vuestra sangre

y no la despeguéis

hasta que nazca el día.


Escrito por Tania Zapata Ortega

Correctora de estilo y editora.


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