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Esténtor Político
La potencia imperialista “festeja” 250 años de su independencia
EE. UU. pondera su poder bélico muy por encima de la diplomacia; y así se explica que en estos 250 años se contabilicen 500 intervenciones militares sangrientas.


El presidente de Estados Unidos (EE. UU.), Donald Trump, lleva casi un año y medio de su segunda administración (su primer mandato fue entre 2017 y 2021); y cuando, el pasado cuatro de julio, “festejó” los 250 años de la independencia norteamericana, el 72 por ciento de los estadounidenses asegura que la democracia en ese país ya no representa un buen ejemplo en los últimos años; y que atrás quedaron los ideales de buena democracia, de respetar los derechos humanos y las libertades de los ciudadanos y los pueblos.

El discurso de Donald Trump durante la celebración no podía ser otro: ensalzar a EE. UU. como una “nación poderosa”, altanero, soberbio y amenazante para con la paz y la tranquilidad de los pueblos del mundo. El “festejo” se produjo en momentos complicados de segmentación política, donde la nación gringa ya no conserva los valores que pudo tener en 1776, hace 250 años.

Cuando Trump afirma que hoy es el “amanecer de la era dorada de EE. UU.”, y que “llevaremos a nuestra nación a niveles nunca antes alcanzados. La haremos más grande, mejor y más fuerte. Y la armaremos todavía más”, nos recuerda que, en este 2026, existen dos ejemplos de incursión militar: el primero, en enero, secuestró al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro; y, en febrero, comenzó la guerra asesina contra el pueblo de Irán; en ambos Estados, un atentado contra la soberanía, la democracia y la forma de gobierno de esos países, y una flagrante violación a los derechos humanos.

Cuando Trump refirió que “este país ha sido la mayor fuerza para la paz y la justicia en el planeta” y que “en el último siglo derrotamos tiranos, derrotamos al mal y defendimos la libertad”, viene a nuestra mente que al menos 4.5 millones de personas han muerto como consecuencia de las guerras emprendidas por EE. UU. desde 2001: en Afganistán, Irak, Libia, Somalia, Siria, Yemen, etc. Esta cifra desmiente que EE. UU. intervenga para defender la libertad, la democracia y los derechos humanos. Otra de las consecuencias de tales guerras es el desplazamiento de unos 38 millones de personas, la mayoría, 53 por ciento, son niños.

El país de las estrellas y las barras ya no es el mismo de hace un cuarto de milenio, muy diferente al que espetó su mandatario el pasado cuatro de julio: “Durante 250 años, los Estado Unidos de América han sido la esperanza, la promesa, la luz y la gloria entre todas las naciones del mundo. En todo el mundo intentan ser como nosotros. Nadie puede ser como nosotros”; nada más falso que esto; y se asoma el desprecio hacia los demás pueblos y su sentimiento de “superioridad” luce como bandera.

La frase de “la armaremos todavía más”, revela lo contenido en la mente del presidente número 47 de esa nación que se cree aún la más poderosa; sin detenerse a pensar que otras naciones como Rusia, Corea del Norte o China ya la han rebasado considerablemente en poderío militar y tecnología (y muchos otros aspectos) para inclinar la balanza, si se desatara una tercera guerra mundial.

EE. UU. pondera su poder bélico muy por encima de la diplomacia; y así se explica que en estos 250 años se contabilicen 500 intervenciones militares sangrientas, es decir, dos en promedio cada año; EE. UU. quiere mantener y consolidar su autoritarismo mundial. Hoy firma menos tratados con otras naciones; ya no plantea acuerdos multilaterales; tampoco plantea valores o la idea de encabezar un orden internacional; sino que difunde sus intereses financieros como prioridad; por eso invade a otros pueblos para apoderarse de sus riquezas y las de todo el mundo, si fuera posible.

La imagen de EE. UU. ya está deteriorada; apenas en abril de 2026, el 62 por ciento de los ciudadanos norteamericanos, en la encuesta de Pew Research, afirmó que no confían en que su presidente utilice la fuerza militar de manera sensata y que tampoco ha tomado buenas decisiones en materia de política exterior; hoy, sólo tres de cada 10 estadounidenses están cómodos con la posición de su país. La imagen de la Unión Americana se deterioró en 45 de 48 países que fueron encuestados recientemente. En EE. UU., las barras que fueron emblema en su bandera, hoy se derriten; y las estrellas que pretendieron dar luz al mundo, hoy están opacadas. Por el momento, querido lector, es todo. 


Escrito por Miguel Ángel Casique

Columnista político y analista de medios de comunicación con Diplomado en Comunicación Social y Relaciones Públicas por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM).


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