Los índices de pobreza y marginación se concentran precisamente en la población indígena.
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Una situación es cada vez más común en Michoacán: miles de jóvenes culminan sus estudios universitarios, incluso de posgrado, pero no encuentran trabajo en su área de especialización, por lo que muchos terminan en empleos temporales o integrándose al sector informal.
Michoacán, durante décadas, ha expulsado población joven. Primero fueron los campesinos que cruzaron la frontera buscando empleo en Estados Unidos (EE. UU.); después, los hijos de esos migrantes que estudiaron una carrera universitaria con la promesa de acceder a mejores condiciones de vida. Hoy, la generación identificada como millennials –personas nacidas entre 1981 y 1996–, como integrantes de la “Generación Z” –nacidos entre 1997 y 2010– enfrentan una realidad que contradice tal promesa: reciben mejor educación que sus padres, pero menos acceso a empleos formales, estables y bien remunerados.
Ambas generaciones son las más preparadas tecnológicamente. Sin embargo, el mercado laboral michoacano no se acondiciona para absorber a los jóvenes con mayor preparación profesional. Mientras las autoridades locales presumen niveles históricamente bajos de desempleo, la precariedad laboral permanece como característica estructural de la economía michoacana.
En el cuarto trimestre de 2025, Michoacán registró una tasa de desempleo de apenas 1.4 por ciento, una de las más bajas del país. Sin embargo, al mismo tiempo, la informalidad laboral alcanzó 68.5 por ciento de la población ocupada, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Esto significa que casi siete de cada 10 empleados trabajan sin acceso pleno a seguridad social, prestaciones o estabilidad laboral.
La cifra equivale a aproximadamente 1.5 millones de michoacanos que trabajan en condiciones informales. La falta de oportunidades, escasez de empleos bien remunerados y una limitada educación ocasionan que los jóvenes michoacanos busquen futuro en otros lugares, a lo que se suma la violencia del crimen organizado, que obliga a familias enteras a huir en busca de seguridad.
Para los gobiernos Federal y estatal, las cifras de desempleo suelen presentarse como evidencia de una economía saludable; sin embargo, especialistas en mercado laboral advierten que estar empleado no significa necesariamente tener condiciones dignas de trabajo.
La ENOE reportó que, durante 2025, más de 215 mil personas en Michoacán se encontraban subocupadas, es decir, trabajaban menos horas de las requeridas o necesarias para recibir ingresos suficientes. Además, 34.2 por ciento de los trabajadores se encontraba en condiciones críticas de ocupación, indicador que mide jornadas excesivas, salarios deficientes o ambas situaciones.
La realidad cotidiana de miles de jóvenes se resume en una fórmula cada vez más común: estudiar una licenciatura para trabajar, finalmente, en actividades ajenas a su profesión, con varios empleos temporales o en el sector informal.
El gobernador Alfredo Ramírez Bedolla ha sostenido que Michoacán vive un crecimiento histórico del empleo formal. En marzo de 2026 informó que el estado alcanzó 501 mil 402 trabajadores afiliados al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), con lo que se ubicó entre las entidades con mayor generación de empleo formal del país. Además, durante su administración se han creado más de 36 mil 600 empleos formales.
En noviembre de 2025, el mandatario destacó que la entidad había superado los 500 mil empleos formales por primera vez registrados ante el IMSS, y lo calificó como una cifra histórica.
También reportó la Secretaría de Desarrollo Económico que los empleos formales pasaron de 464 mil 742 en septiembre de 2021 a más de 495 mil en 2025, un incremento superior a 30 mil plazas. Sin embargo, las cifras representan únicamente una parte de la realidad laboral.
Así, en Michoacán, del total de la población ocupada, cuya cifra supera los 2.2 millones de personas, poco mas de 500 mil se encuentran en empleos formales. Esto significa que apenas alrededor de uno de cada cuatro trabajadores posee un empleo formal registrado ante el IMSS.
Al mismo tiempo, 1.5 millones de personas trabajan sin acceso pleno a seguridad social o prestaciones. La tasa de informalidad creció respecto a años anteriores y más de 215 mil personas se encuentran subocupadas, es decir, necesitan trabajar más horas para completar los ingresos suficientes.
En otras palabras, por cada joven que consigue un empleo formal, varios más sobreviven en actividades informales, autoempleo precario o trabajos temporales.
Más educación, pero sin fuentes de trabajo
Durante décadas, las familias michoacanas repitieron la fórmula a sus hijos: estudiar para tener una vida mejor. Para los millennials, la universidad representaba la promesa de escapar de los trabajos agrícolas, del comercio ambulante o de la migración forzada hacia EE. UU. Transmitieron una expectativa similar a la “generación Z”, pero con una exigencia adicional: aprender inglés, dominar las tecnologías digitales y adaptarse a una economía globalizada.
Sin embargo, los indicadores educativos muestran que el avance académico de los jóvenes no va acompañado de una transformación equivalente en el mercado laboral.
De acuerdo con datos del Inegi, la escolaridad promedio en México ha aumentado constantemente durante las últimas décadas. Mientras que generaciones anteriores apenas alcanzaban la educación básica, actualmente una proporción cada vez mayor de jóvenes concluye el bachillerato e ingresa a estudios superiores. En Michoacán, según cifras de la Secretaría de Educación Pública (SEP) y la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), decenas de miles de estudiantes cursan carreras universitarias cada ciclo escolar en instituciones como la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, el Instituto Tecnológico de Morelia, la Universidad Tecnológica de Morelia y diversas universidades privadas.
No obstante, la generación de empleos especializados no crece al ritmo de la formación de profesionistas. Según el Observatorio Laboral de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, las carreras con mayor número de egresados en México prefieren administración, derecho, contabilidad, educación, psicología e ingenierías, áreas donde la competencia por vacantes formales resulta cada vez más intensa.
La consecuencia es un fenómeno conocido como sobrecalificación laboral: profesionistas que desempeñan trabajos para los cuales no se requiere el nivel de estudios que poseen. Un análisis del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) ha documentado que una proporción importante de egresados universitarios trabaja en ocupaciones distintas a las de su formación profesional o en puestos que no requieren educación superior.
Esta situación también se refleja en los ingresos. Datos del IMCO muestran que algunas carreras presentan salarios promedio considerablemente bajos durante los primeros años de egreso, particularmente en áreas administrativas, educativas y sociales, donde muchos jóvenes tardan varios años en recuperar la inversión realizada en su formación profesional.
La realidad laboral se vuelve aún más compleja en Michoacán debido a la alta informalidad. Mientras un joven concluye una licenciatura después de cuatro o cinco años de estudios, el mercado laboral estatal ofrece una gran cantidad de empleos temporales, ventas por comisión, trabajos sin contrato o actividades informales. El resultado es que muchos profesionistas deben combinar varias fuentes de ingreso para alcanzar un nivel de vida aceptable.
La contradicción es evidente: las nuevas generaciones son las más preparadas en la historia del estado. Son jóvenes que crecieron con el dominio de Internet, que dominan herramientas digitales, tienen acceso a información global y poseen niveles educativos superiores a los de sus padres. Sin embargo, el mercado laboral michoacano depende todavía principalmente del comercio, los servicios de baja especialización, la agricultura y las remesas.
Las plataformas de empleo reflejan esta brecha. Una revisión de vacantes publicadas en portales nacionales como OCC Mundial, Computrabajo e Indeed muestra que muchas empresas solicitan licenciatura concluida, experiencia previa de dos o tres años, conocimiento de software especializado y disponibilidad de horario, con salarios que oscilan entre ocho mil y 12 mil pesos mensuales. En ciudades como Morelia, Uruapan o Zamora, estos ingresos suelen resultar insuficientes para cubrir renta, transporte, alimentación y otros gastos básicos de manera independiente.
Como es sabido, la mayoría de los trabajadores michoacanos se desempeña fuera de la formalidad y para muchos jóvenes, las cifras oficiales no coinciden con su experiencia cotidiana.
“Terminé la licenciatura en Administración hace dos años en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Encontré trabajo, pero gano menos de lo esperado después de estudiar cuatro años y medio. Además, no tengo prestaciones; y para completar mis gastos, vendo productos por Internet los fines de semana”, relató a buzos Mariana G.
Historias que se repiten
“Estudio Ingeniería y trabajo en una cafetería por las tardes. Lo hago porque necesito pagar transporte, materiales y algunos gastos de la escuela. Muchos compañeros están así. Sabemos que, al graduarnos, probablemente debamos empezar con salarios bajos”, comentó José Luis, estudiante de 22 años de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
Estas experiencias reflejan una tendencia observada en el estado: cada vez más estudiantes trabajan mientras estudian para sostener sus gastos académicos y personales. Diversas encuestas nacionales sobre juventud han mostrado que una proporción significativa de universitarios combina actividades laborales y académicas debido a la insuficiencia de los ingresos familiares.
A la fecha, los jóvenes michoacanos egresan preparados en competencias digitales y mayor acceso a la información que cualquier otra generación anterior. Sin embargo, la economía estatal no ha sido capaz de crear suficientes empleos de calidad para aprovechar ese capital humano. Como consecuencia, miles de jóvenes aún contemplan la migración, la informalidad o el pluriempleo como las únicas alternativas para construir un proyecto de vida.
“Estudié ingeniería de gestión empresarial en el Instituto Tecnológico de Morelia, hablo tres idiomas, español, inglés y francés. Me titulé apenas hace mes y medio, ya estoy pensando en qué maestría haré. Hice mis prácticas universitarias en una agencia de automóviles y ahí me ofrecieron trabajo con la promesa de escalar hasta las finanzas de la empresa; pero no ganaría lo suficiente”, explicó a este medio otro joven que prefirió mantenerse en el anonimato.
“Tengo dos hermanos que viven en EE. UU.; dicen que me vaya con ellos, que allá ganaría más. El mayor vive en Florida y dice que, en el banco donde él trabaja, me pagarían muy bien. Mi hermana vive en Tampa, es supervisora en una empresa de cadenas comerciales; dice que deje Morelia y que allá me dan un buen puesto por la licenciatura y por los tres idiomas que hablo, que allá haga la maestría; pero aquí está mi mamá, si me voy, significa dejarla sola; ya que mi papá también está en EE. UU.; es complicada la decisión”, sentenció.
La historia de los jóvenes michoacanos no es la de una generación que no quiso prepararse. Por el contrario, es la historia de miles de personas que siguieron la promesa, al pie de la letra, hecha por sus familias, las escuelas y los gobiernos durante décadas: estudiar más para vivir mejor, aunque las condiciones económicas del estado y el país evidencian la realidad contraria.
Los jóvenes terminaron una carrera universitaria, aprendieron a utilizar tecnologías digitales, desarrollaron nuevas habilidades y optaron por la educación como herramienta de movilidad social, según las propias estadísticas de Computrabajo e Indeed, o del Inegi.
Mientras los indicadores oficiales celebran el crecimiento del empleo formal y la reducción del desempleo, la vida cotidiana de miles de profesionistas revela una crisis menos visible. La mayoría no enfrenta la falta absoluta de trabajo, sino la falta de trabajos dignos.
Tener empleo ya no garantiza estabilidad económica, acceso a vivienda, independencia financiera o la posibilidad de formar una familia. Para muchos, la realidad consiste en encadenar contratos temporales, trabajar en la informalidad o desempeñarse en actividades ajenas a la profesión, según coincidieron los testimonios.
La paradoja resulta evidente. Nunca antes Michoacán había contado con una generación tan escolarizada, conectada al mundo y familiarizada con las nuevas tecnologías; al mismo tiempo, pocas generaciones han enfrentado un mercado laboral tan incapaz de aprovechar ese potencial. El resultado es una brecha creciente entre las capacidades de los jóvenes y las oportunidades que la economía estatal es capaz de ofrecerles.
En este contexto, la migración permanece como una de las principales válvulas de escape. Aunque el discurso público suele presentar la salida hacia otras entidades o hacia EE. UU., como una decisión personal, detrás de ella existe una realidad estructural: miles de jóvenes deben abandonar su lugar de origen porque consideran que las oportunidades de desarrollo se encuentran fuera de Michoacán. La dependencia de las remesas, lejos de disminuir, aún evidencia que buena parte del bienestar económico de numerosas familias depende de quienes tuvieron que marcharse.
Asimismo, durante años, los gobiernos estatal y Federal han invertido en ampliar la cobertura educativa e incrementar el acceso a la educación superior; pero el crecimiento económico no ha resultado suficiente para absorber a los egresados que anualmente salen de las aulas. Formar profesionistas sin crear empleos acordes con sus capacidades genera frustración individual y representa una pérdida de talento para el estado.
El desafío para Michoacán no consiste únicamente en reducir las cifras de desempleo, sino en construir un modelo económico capaz de ofrecer oportunidades reales de desarrollo para quienes optaron por la educación. De lo contrario, el estado formará jóvenes cada vez más preparados para un futuro que debe construirse en otro lugar. Y la promesa de que estudiar garantiza una vida mejor será una promesa incumplida para miles de ellos.
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Escrito por Laura Osornio
colaboradora