Después de pretender justificar la captura acusando al presidente Nicolás Maduro de dirigir una supuesta organización de narcotraficantes, el “Cártel de los Soles”, Estados Unidos ha reconocido implícitamente que el dichoso cártel no existe.
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En estas fechas hemos sido testigos de la enésima intervención de Estados Unidos (EE. UU.) en un país de América Latina, del secuestro de un presidente en funciones y su traslado a Nueva York para procesarlo en una corte, acusado entre otras cosas de narcotráfico. Está claro que el relato hegemónico imperante, impulsado por los medios de comunicación, sostiene que la extracción fue una operación quirúrgica que consistió en la captura de un terrible dictador que, además, era el cabecilla del oneroso y criminal “Cártel de los soles” dedicado a inundar de drogas las pacíficas calles de las ciudades más importantes de EE. UU, cometiendo así crímenes contra los venezolanos y asesinando su propio país a potenciales votantes de Trump. La captura de un gran capo de la droga que, además, tiranizaba a su pueblo a través de un racket con el estilo propio de un mafioso e inescrupuloso jefe de pandilla.
Desde luego que la mayoría de los siete millones de venezolanos que han abandonado su país y los miembros de la oposición han echado las campanas al vuelo celebrando la “caída del tirano” y la intervención estadounidense convencidos de que empieza una transición democrática y un periodo de prosperidad para todos los ciudadanos de ese país y que era necesario el término de la dictadura a cualquier precio. Pero en estas circunstancias es más prudente mantenerse nada optimista por ese futuro mejor para todos los habitantes de América Latina, porque los signos de los tiempos son cada día más oscuros y parece que regresamos a la medianoche en la Historia, como diría Reyes Mate sobre las tesis de la Historia de Walter Benjamin.
Porque esta intervención se ha estado preparando durante mucho tiempo. Venezuela estaba en el punto de mira del imperio. El premio nobel entregado a María Corina Machado lo podemos interpretar como una plataforma para amplificar un discurso que dirigía sus alertas rojas a Venezuela. Y el desfile de las empresas petrolíferas en la Casa Blanca relamiéndose las fauces llenas de azúcar y veneno por obtener el mejor trato posible para sustraer el preciado petróleo del subsuelo venezolano, es la confirmación de los intereses imperialistas en los recursos de la región. El cinismo y el descaro con que esto ha ocurrido y la amplia aprobación que tiene entre las clases altas y medias de Venezuela y de Latinoamérica también refuerzan el poder que tiene el imperio estadounidense en nuestro continente.
A despecho de la tesis planteada por Toni Negri y Michael Hardt en su archifamoso libro Imperio, en donde sostenían que el imperialismo había caducado, que “Los Estados Unidos no pueden constituir el centro de un proyecto imperialista. El imperialismo ha concluido. Ninguna nación será líder mundial, del modo que lo fueron las naciones modernas europeas”; las continuas incursiones de EE. UU. en la política internacional, actuando precisamente como el centro de un proyecto imperialista desmienten esa tesis de la sustitución del imperialismo duro por un nebuloso y metafísico imperio que supuestamente constituyó un nuevo orden mundial. Lo que tenemos ahora es precisamente un proyecto imperialista que actúa por la fuerza y que se cobra con creces los desaires que le hacen los malencarados países subordinados.
Porque el mensaje que se lanza es claro. La posición amedrentadora de matón de Trump con Claudia Sheinbaum y Gustavo Petro y la extracción de Nicolás Maduro del palacio de Miraflores son dos hechos palmarios y contundentes que develan que, a partir de ahora, las intervenciones en nuestro hemisferio, en nuestra América serán más comunes y que no se trata de policías buenos contra narcos malos, ese cuento tonto que ha resultado el panfleto perfecto para la expansión del biopoder y la necropolítica estadounidense. Porque del otro lado están Benjamín Netanyahu y el sionismo criminal, que han perpetrado un genocidio sobre Gaza y el pueblo palestino y es impensable que EE. UU. haga una cosa similar al secuestro de Maduro con un criminal de guerra que debería estar enfrentando un juicio en un juzgado popular. Pero no, el imperialismo no lo va a permitir y las víctimas gazatíes probablemente no tendrán justicia en este mundo.
Pero si con algo podemos estar de acuerdo con Negri y Hardt es que, a pesar de que la práctica del imperio (o del imperialismo) está bañada en sangre, “el concepto de imperio está siempre dedicado a la paz, una paz perpetua, fuera de la historia”. Con esto se quiere decir que todas las acciones de fuerza, todas las cacicadas impulsadas por los amos de la guerra y del dinero serán justificadas con la cantaleta de buscar la paz, una paz securitaria que necesita millones de individuos sacrificados y millones de dólares para funcionar. Una paz ficticia, mentirosa y trágica lograda con el armamiento del mundo para luchar por la “seguridad de los ciudadanos”.
En algun punto de sus tesis sobre el futuro, el pensador Jaques Atali advertía sobre los posibles escenarios que se abren en el horizonte de la humanidad. Él sostenía que lo que sigue, en tendencia con nuestro episodio actual es una hiperdictadura mundial sostenida por fuerzas de seguridad privadas que defiendan la paz de los millonarios a costa de la vida de muchos sujetos pobres y hacinados en una desesperada lucha por los recursos. Para llegar a ese punto ya se están construyendo las condiciones en el presente. Lo acontecido en El Salvador y las famosas guerras contra el narco prefiguran el pulso securitario de la dictadura que se viene. Y en México las cosas seguirán ese curso. En las próximas elecciones, por acá o por allá, se nos recetará como la medicina a nuestros problemas a un megapolicía que limpiará de arriba hacia abajo todo nuestro territorio infestado de bad hombres y narcotraficantes. Y la mayoría aprobará la llegada de ese individuo.
Finalmente conviene no olvidar el péndulo ni los ciclos de la historia. Porque detrás de todo esto hay una sensación de estar en un eterno bucle, repitiendo la historia y tanto ayer como hoy persiste “la misma cosa negra, la misma crónica de sangre.” Para intentar entender la historia de América Latina, decía el magnífico historiador Tulio Halperin: “Todavía a principios del Siglo XIX seguían siendo visibles en Iberoamérica las huellas del proceso de conquista”. Creo que podríamos reescribir la frase, de acuerdo con nuestros problemas contemporáneos: “Todavía a principios del Siglo XXI siguen siendo visibles en nuestra América las huellas del proceso de conquista”.
Después de pretender justificar la captura acusando al presidente Nicolás Maduro de dirigir una supuesta organización de narcotraficantes, el “Cártel de los Soles”, Estados Unidos ha reconocido implícitamente que el dichoso cártel no existe.
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Escrito por Aquiles Celis
Maestro en Historia por la UNAM. Especialista en movimientos estudiantiles y populares y en la historia del comunismo en el México contemporáneo.