La mayoría de los medios de comunicación en todo el mundo se dedicó a transmitir la hazaña espacial estadounidense, último episodio en esta carrera por el espacio exterior después de varias décadas de no efectuar un viaje tripulado a la Luna.
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Controlar el espacio profundo con bases militares en la Luna y otros astros es la visión colonizadora de la tecno-política a la que sirve Donald Trump; también usa al Cosmos en su carrera contra la República Popular China.
Estados Unidos (EE. UU.) retorna a la Luna para invadirla y saquearla en favor de corporaciones energéticas, tecnológicas, extractivistas y otras. Para ello, armó un andamiaje de decretos y narrativas que normalizan ese despojo en perjuicio de la humanidad.
Por más de 14 años hemos denunciado en buzos de la Noticia la avidez del capitalismo estadounidense por acaparar los bienes estratégicos del espacio extraterrestre. En ese periodo, la potencia bélica aceleró ese afán para compensar su pérdida de hegemonía.
Y así, mientras EE. UU. perfeccionaba sus planes para conquistar el Cosmos, en la Tierra abría múltiples frentes bélicos que se eternizan o acaban en fracasos y desprestigio. Ucrania e Irán son ejemplos elocuentes del fallido belicismo estratégico de EE. UU. y sus aliados.
Sin embargo, republicanos y demócratas mantienen su insaciable apetito colonizador del Cosmos. En 2015, el Congreso aprobó la iniciativa de Barack Obama que autorizó a empresas estadounidenses a ocupar los recursos de la Luna y los asteroides.
Ahora, en su tenaz competencia con China, la Casa Blanca sirve al capitalismo corporativo para llegar al polo sur de la Luna, donde su primer objetivo consiste en establecer una base lunar permanente y controlar recursos como hielo, energía y minerales.
Desde luego, más allá del evidente avance científico-tecnológico implicado en esa instalación lunar, dará un vuelco a la geopolítica económica, militar, comercial y espacial extraterrestre en la Tierra.
Por ello, a partir de esa obra, el objetivo a mediano plazo radica en preparar el viaje a Marte y al espacio profundo. En eso, la Agencia Nacional de Aeronáutica (NASA) ha invertido más de 93 mil millones de dólares (mdd). Tras esa asignación está el frío cálculo colonizador.
Así lo confirmó el excomediante, secretario de Transporte y administrador temporal de la NASA, Sean Duffy, cuando declaró que EE. UU. “tiene el destino manifiesto de conquistar las estrellas –y por ello–, necesita ganar la carrera espacial”.
Las misiones espaciales de la NASA, conferidas a empresas privadas, hoy actúan como en los Siglos XVII y XVIII lo hicideron las compañías comerciales británicas, francesas y españolas que gestionaron los recursos saqueados en África, Asia y América con respaldo estatal y ejércitos propios, además de cazar y traficar esclavos.
El imperialismo sabe que interactuar en el espacio no es neutral, pues requiere de estructuras de poder, ideológicas y actitudes colonialistas (excluyentes y racistas) que favorezcan la extensión de su dominio hacia nuevas fronteras.
Y con ello en mente, EE. UU. intensificó su búsqueda de recursos y poder al atracar a Venezuela, lanzar con Israel su acometida contra Irán y afinar su avidez sobre Groenlandia y los polos. “Por eso tenemos nuestras bases en la Antártida”, admite el jefe de la Sociedad Planetaria, Casey Dreier.
A la par, el discurso sobre el espacio ultraterrestre de las élites estadounidenses sigue el agresivo modus operandi del despojo contra pueblos originarios consumado siglos atrás por pioneros y colonos en EE. UU.
Hoy, la narrativa espacial utiliza vocablos como “conquista” y “carrera” por el espacio exterior que normalizan la visión colonizadora; también el argumento falaz de que EE. UU. tiene el “destino manifiesto de conquistar” el Cosmos y sus recursos.
Ese marco conceptual legitima el ultranacionalismo en la exploración del Cosmos y el despojo de sus bienes en favor de unos privilegiados en deterioro de la humanidad.
Por ello, trabajadores estadounidenses protestan contra esa expropiación, mientras que en las naciones del Sur Global –en su mayoría víctimas del colonialismo– se aboga por enfoques más soberanos y equitativos de reparto de los dividendos reportados por esas misiones.
Ante ese horizonte neocolonial, el 1° de abril partió la misión Artemis II con cuatro astronautas a bordo de la nave Orión, en el primer viaje de sobrevuelo lunar tripulado en 50 años. Ese día, llorosos familiares despedían en Fort Liberty a mil tropas de élite de la 82ª División Aerotransportada y otras unidades enviadas por Trump para “ocupar” Irán y que expertos llaman “misión suicida”.
Lejos de ese drama, contratistas de la NASA vigilaban el avance diario de Orión, de unos cinco mil 631 kilómetros, que conducía a los astronautas con la propulsora Starship HLS (Sistema para el Aterrizaje Humano). Al completarse la misión, las empresas recibirían jugosos contratos.
Detrás del objetivo oficial de certificar esa autonomía de vuelo y con ello avanzar en la instalación de la base militar lunar –de unos 20 mil mdd– está el plan de superar la ventaja estratégica de China. Otro objetivo no declarado de Artemis II fue probar que los viajes privados son más lucrativos que los gubernamentales.
Ésa fue la tarea de los cuatro astronautas: el ingeniero de vuelo de la Estación Espacial Internacional y comandante Reid Wiseman; el capitán de navío y extripulante de la nave Crew I Dragon, Victor Glover; la exploradora polar e ingeniera Cristina Koch; y el expiloto de combate canadiense Jeremy Hansen.
Pese a la propaganda triunfalista que exhibe ese viaje como “hazaña para la Humanidad”, muy pocos estadounidenses lo celebran. La mayoría se opone a sufragar esos multimillonarios costes, conscientes de que los beneficios sólo llegan a las corporaciones armamentistas y de nuevas tecnologías de navegación.
En cambio, ellos viven en condiciones muy difíciles bajo la administración del presidente-magnate. La recesión “toca a la puerta” y sube el costo de la vida con altas facturas de electricidad y combustible por los aranceles a sus socios comerciales y conflictos que libra en el mundo.
A esos agobiados ciudadanos se acercan los reclutadores que los invitan a tomar las armas para combatir en Irán o a engrosar las filas de las agencias que expulsan a inmigrantes. Entretanto, Trump, urgido por alardear el supuesto éxito y ante las próximas elecciones legislativas, aceleró 12 meses la expedición Artemis II.
Huntsville, Alabama, fue la Ciudad de los cohetes, mientras los científicos más osados se ubicaban en Houston, Texas; todos eran símbolo del avance espacial de EE. UU. desde la Guerra Fría, con desarrollos adicionales como el circuito integrado, el panel solar y la 5G.
En cambio, en la Era Trump 2.0 se afirma que el programa espacial es el emblema de la deriva de EE. UU., pues todo indica que el presidente se propone consolidar el proceso de devastación de la NASA.
En esta gestión puso al frente a personas que sólo rinden cuentas a las tecnológicas, como el millonario Jared Isaacman –amigo de su yerno Jared Kushner–; el excomediante y secretario de Transporte, Sean Duffy; y el excongresista y magnate tecnológico Jim Bridenstine. Además, el presidente recortó fondos al programa espacial y entre marzo, julio y octubre de 2025 despidió a cuatro mil –de los 10 mil previstos– científicos, expertos y asesores.
Es claro que el sudafricano Elon Musk y el estadounidense Jeff Bezos encarnan el ideal imperialista de la Casa Blanca porque, además, poseen todo para lucrar con ese negocio. En 2021, el gobierno le dio dos mil 890 millones de dólares a Space X de Elon Musk para el programa Artemise y el sistema de abasto al personal en la Estación Espacial Internacional.
En octubre, el retraso de Musk molestó a Bridenstine, quien formó un grupo con firmas de multimillonarios para impulsar Artemise II. Gracias a sus contactos directos con la élite político-militar de Washington, todas estas firmas se aseguraron un ingreso adicional de dos mil 600 mdd en 10 años.
Pese al blindaje informativo tocante a la asignación de contratos para el programa espacial, una primera pesquisa apunta a empresas como Anduril Industries Inc., que desarrolla un interceptor tecnológico para el “Domo de Hierro” de Trump, igual que el de Israel.
A su vez, la novel tecnológica Interlune busca ser la primera en extraer el gas estratégico del suelo lunar –y muy escaso en Tierra– helio-3. Hoy su precio se cotiza entre cuatro mil y cinco mil dólares por litro, ya que sirve tanto para operaciones de fisión nuclear como para cómputo cuántico.
Y desde luego, a las conocidas: Astrobotic Technology, Deep Space Systems, Draper, Firefly Aerospace, Intuitive Machines, Masten Space Systems, Moon Express, KBR, Astrobotic Technology, Sierra Nevada Corp. y Orbit Beyond.
Así, mientras EE. UU. escenifica la fascista expulsión de inmigrantes, cientos de expertos latinos y asiáticos contribuyen a acelerar el programa espacial desde empresas de Silicon Valley y otras localidades.
Es así como en la Era Trump, la NASA, junto con los Departamentos de Guerra, de Energía, de Transporte y de Salud, entregan miles de millones de dólares de contribuyentes estadounidenses –y migrantes–, a esos entes del capitalismo corporativo con jugosos contratos y exenciones fiscales.
Desde 2019, el empresario inmobiliario trastocó la geopolítica del espacio exterior de su país, al extender su visión belicista con la creación de la Fuerza Espacial del Ejército, para conducir guerras “donde sea necesario”.
El seis de abril de 2020, cuando EE. UU. vivía la catástrofe sanitaria de Covid-19 por su negligencia, el magnate literalmente miró al cielo. En mi artículo ¡Y que nos roban la Luna! reprochaba a Trump que, mientras cientos morían en su país, él decretaba que sólo empresas de su país podían extraer recursos del satélite.
Ese decreto es “una patente de corso” para que EE. UU. explote la riqueza lunar. Además, ordenó a su entonces Secretario de Estado, el exespía Mike Pompeo, prohibir “todo intento de cualquier Estado u organización” que planeara hacer lo mismo.
Con ello, anuló de facto el marco legal internacional sobre el espacio extraterrestre para que la Humanidad se beneficie de esa exploración. Uno es el Tratado del Espacio Exterior de 1967 y otro el Tratado de la Luna, firmado en 1979 por 18 potencias espaciales, excepto EE. UU.
En 2023, el huésped de la Casa Blanca activó su Comando Espacial (buzos, 1066). Ello confirmó que él y sus socios capitalistas ven en el espacio un territorio para expandir su geopolítica militar y económica. Desde entonces, el imperialismo estadounidense allanó la vía para despojar a más de ocho mil millones de terrícolas del derecho a la Luna y otros astros.
En la carrera espacial existen dos competidores y ganará el que domine el llamado “ecosistema de la inteligencia artificial”, rubro en el que –por ahora– lidera el programa de la Administración Espacial Nacional China (CNSA).
La ventaja de Washington radica en su sector privado, capaz de atraer talento y tecnología; sin embargo, Beijing se enfoca en escalar su capacidad científico-tecnológica porque ofrece oportunidades a inversionistas en la cadena de valor.
Hoy, cuando el capitalismo corporativo estadounidense opta por la guerra en la Tierra y al saqueo del Cosmos; crece la certidumbre entre estrategas y científicos de alta gama en torno a que China va a la delantera, por lo que hace más de 20 años que “La NASA ve sobre su hombro”, recién publicó The New York Times.
China asumió que su futuro dependía de la inversión en ciencia y tecnología, así como en la exploración espacial. Debido a ello, se posicionó como socio estable, además de atraer a científicos y técnicos que la xenofobia de Trump rechaza.
Su nave-robot Chang’e-6 alunizó en el lado oscuro de la Luna y regresó con 1.8 kilos de rocas únicas de esa región. Y hoy, en todo el mundo circulan sus autos eléctricos y miles de millones se comunican con los teléfonos que fabrica.
Es la muestra de las múltiples formas en que Beijing configura un futuro que arrojará beneficios al Sur Global. En contraste, Trump atiende las exigencias de las corporaciones e impone visas de 100 mil dólares a inmigrantes de alto nivel científico para que trabajen en EE. UU.
Tras el discurso de Trump en la cumbre de Davos, se informó que sus delegados discutieron la posibilidad de ceder pequeñas y alejadas zonas de Groenlandia a EE. UU. con los de Dinamarca para que ahí se construyan nuevas bases militares.
Esa insistencia no es nueva: ya en 2019, EE. UU. propuso comprar ese territorio porque le resultaba estratégicamente vital. Y ahora, como una fanfarronada de Trump, Groenlandia aparece como una maquinación geopolítica y geoestratégica en las luchas de poder por el Ártico.
En realidad, esa isla-continente helada está en el cruce de dos espacios cambiantes: un Ártico que se deshiela y que variará las rutas marítimas conocidas, así como el espacio exterior muy militarizado.
Para el capital corporativo, la geografía de Groenlandia es excepcional: su latitud permite lanzar naves a órbitas polares y helisíncronas (acordes con la rotación solar); además, su vasta extensión y corredores oceánicos la convierten en un enclave potencial para esos lanzamientos, explican expertos de la neozelandesa Universidad Waikato.
La mayoría de los medios de comunicación en todo el mundo se dedicó a transmitir la hazaña espacial estadounidense, último episodio en esta carrera por el espacio exterior después de varias décadas de no efectuar un viaje tripulado a la Luna.
Mientras el mundo observa el desarrollo de la misión Artemis II de la NASA, debemos entender este evento no sólo como un logro científico, sino como una pieza central en la nueva carrera espacial.
La misión Artemis II proporcionó imágenes que permitieron detectar colores y texturas sutiles que pasan inadvertidos para cámaras no especializadas.
Este lado poco explorado muestra tonos marrones y azulados que pueden apreciarse a simple vista.
El principal objetivo de Artemis II es validar en condiciones de espacio profundo los sistemas de soporte vital, navegación y comunicaciones.
A casi un mes de guerra, Estados Unidos (EE. UU.) no ha logrado derrocar al gobierno de Irán ni adueñarse de sus riquezas; tampoco ha podido tomar el control del golfo Pérsico y del estratégico estrecho de Ormuz.
Para ejecutar este plan, la NASA confirmó la pausa del programa Gateway, que originalmente contemplaba la construcción de una estación espacial en órbita lunar.
La posibilidad de una tercera guerra mundial no debe empañar los múltiples problemas económicos que ha venido sufriendo el sistema capitalista mundial en los últimos años.
Investigadores teorizan que esta región es rica en pequeñas esferas de vidrio incrustadas en ceniza volcánica, las cuales pueden brindar información muy valiosa sobre el interior de la Luna.
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Escrito por Nydia Egremy
Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.