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La libertad es la realización plena del ser humano, la posibilidad de satisfacer social y racionalmente todas sus necesidades, y de desarrollar al máximo todas sus capacidades físicas y mentales; al aplicarlas a plenitud, el hombre se realiza, de ahí que reivindicar el derecho del pueblo al deporte es un acto de libertad. Desde antiguo las sociedades han practicado esta noble actividad, que en sus orígenes surge de la guerra y las actividades productivas como la caza. Por ejemplo, la gimnasia en China; natación en Egipto; en Persia el polo. En Grecia surgieron, como deporte formal, el lanzamiento de jabalina y de disco (el discóbolo, de Mirón de Eleutera, es expresión plástica genial de la acción deportiva). La proeza de Filípides en Maratón ha inspirado a deportistas de todos los tiempos. Homero nos habla de las prácticas atléticas en los juegos fúnebres en honor a Patroclo.
Guiaba al deporte griego la filosofía de la competencia sana para medir las propias capacidades frente a otros; superar para superarse, generosamente; tratar de ser mejores. La primera de las olimpiadas ocurrió en el año 776 a. C. Estaban dedicadas a Zeus y las inspiraba Niké, diosa de la victoria, otorgadora del triunfo (hoy convertida en marca de tenis). Se premiaba a los triunfadores con una corona de olivo, y honores, como los poemas de Píndaro, los epinicios. Sobre la importancia del deporte, Platón postulaba que: “La educación es el arte de conducir al niño por los caminos de la razón. Su deber consiste en fortalecer el cuerpo tanto como sea posible y en elevar el alma a su más alto grado de perfeccionamiento”.
Los antiguos mexicanos también cultivaron el deporte con disciplina y veneración, como el tlaxtli, o juego de pelota, asociado igualmente a una cosmovisión religiosa; de aquella antigua cultura quedan vestigios, como el ulama. Los rarámuris siguen siendo consumados corredores, destacando en ultramaratón; aun en medio de su pobreza muestran la gran capacidad deportiva de nuestro pueblo, sobresalen en competencias internacionales de grandes distancias, algunas arriba de cien kilómetros. La Federación Mexicana de Juegos y Deportes Autóctonos reconoce más de 150 de ellos. Una gran riqueza cultural perdida.
Con la Revolución Industrial y la consecuente urbanización demográfica, las potencias reorganizaron el deporte. Surgieron nuevas disciplinas como el futbol en Inglaterra, y el beisbol, volibol y basquetbol en Estados Unidos. Se organizaron las primeras olimpiadas modernas en 1896. Y el capitalismo, como el rey Midas, convirtió al deporte en oro; lo transformó en mercancía, despojándole de su carácter humano. Quedó el espectáculo vendible, y el endiosamiento de astros usados en publicidad (y como gancho político electoral). En un quid pro quo, se quitó al pueblo el deporte real que practicaba, dejándole solo el que veía (sobre todo el que pagaba por ver). Se le privó de instalaciones, y, muy importante, de salud y tiempo: los trabajadores mexicanos laboran las jornadas más largas entre todos los países miembros de la OCDE, y ganan salarios de hambre.
Y se acumuló la riqueza. Según la FIFA, el 68 por ciento de la población mundial ve futbol por televisión al menos una vez por semana. Asimismo, 38 por ciento de los ingresos de los equipos europeos famosos proceden de derechos de transmisión (en 2008, el Comité Olímpico Internacional obtuvo mil 700 millones de dólares por ese concepto). Y colgadas del espectáculo deportivo vienen las industrias de alimentos, ropa, accesorios y aparatos; también toda publicidad que utilice el “espectáculo”. Deportistas famosos, por ejemplo, futbolistas, se convierten en propiedad de equipos, para luego ser vendidos en cifras fantásticas. Las estratosféricas sumas que muchas figuras deportivas reciben ejemplifican la mercantilización. En fin, se ha envilecido el deporte en peleas y juegos arreglados, boxeadores que apuestan contra ellos mismos, etc.
Voceros al servicio de quienes se lo han apropiado, postulan que el deporte debe separarse de la política. Tienen miedo. Pero, ¿y los gobernantes que asisten a los campeonatos para lucirse y darse baños de pueblo? ¿O los que buscan la fotografía con los triunfadores? El deporte es (casi literalmente) arena política, expresión de conflictos sociales, en tanto está inmerso en una sociedad dividida en clases. Inicialmente, los trabajadores lo organizaban como actividad liberadora, para tener vida propia fuera de la fábrica o la mina; poco tardó para que los empresarios lo controlaran. Desde las olimpiadas griegas, y a lo largo de los siglos, ha sido ardua la lucha por la participación de las mujeres. El conflicto racial también aflora: a pesar de la discriminación, los atletas de raza negra han enaltecido a Estados Unidos, mostrando que no hay razas inferiores. El deporte es escenario de conflictos entre países y sistemas políticos: a su impresionante desempeño en este terreno debe Cuba parte importante de su prestigio. Las potencias mundiales impusieron sus deportes a sus colonias como parte del dominio cultural. También está la lucha de personas con capacidades diferentes por el derecho a la práctica deportiva, de donde resultó la creación de los juegos paralímpicos en 1960. En fin, existen disciplinas que, por sus requerimientos de equipo, son practicadas solo por las clases altas, excluyendo de facto a los pobres. He ahí, pues, las clases sociales y su conflicto.
En lo concerniente a los más pobres, en México se les ha abandonado, más acentuadamente desde la implantación del modelo neoliberal, y hasta la fecha. Niños y jóvenes de pueblos y colonias juegan en canchas de tierra, entre el polvo o el lodo, en instalaciones deterioradas, sin equipo; se priva a los deportistas del más indispensable apoyo, en becas suficientes, instalaciones y viáticos. También en competencias internacionales, como en los recientes panamericanos de Lima, donde luego la Conade literalmente pretendió colgarse las medallas.
Mediante una estrategia integral, y no en vanos intentos aislados, debe liberarse el deporte y regresarlo al pueblo, su verdadero creador y realizador. Deportistas y estudiantes deben reclamar su derecho al deporte. Se requiere un cambio que permita a la población disponer del tiempo necesario, poniendo fin a las jornadas extenuantes y explotadoras; también, construir los espacios deportivos necesarios en pueblos y colonias. Ni una sola escuela debe carecer de entrenadores e instalaciones apropiadas. Asimismo, elevar el ingreso para tener un pueblo bien nutrido, fuerte, saludable y competitivo. Acabar con el influyentismo y la corrupción en las instituciones deportivas, que frecuentemente dan preferencia a deportistas “bien relacionados”; abrir paso a los mejores para que nos representen, y dotarlas del apoyo necesario.
A manera de colofón, invito a todos, principalmente a quienes no conocen bien al Movimiento Antorchista Nacional, a visitar los municipios que éste gobierna, destacadamente Tecomatlán y Chimalhuacán, para que puedan constatar cómo se fomenta el deporte en la práctica, invirtiendo el dinero del pueblo en instalaciones deportivas admirables, muy modernas, en beneficio del pueblo, particularmente de la juventud. A la par destacan las Espartaqueadas, realizadas cada dos años en Tecomatlán (con más de veinte mil deportistas de todo México en la última edición), y la Escuela Nacional del Deporte, en Xalapa, Veracruz. Los críticos de Antorcha, por aquello de la llamada autoridad moral, bien harían en mostrar algo similar logrado en iguales condiciones presupuestales.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.