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El cinco de abril, Forbes publicó su lista 2022 de los multimillonarios del mundo, selecto grupo constituido por dos mil 668 billionaires (con más de mil millones de dólares cada uno), que en conjunto suman 12.7 billones (millones de millones). Me permito hacer algunas reflexiones sobre el significado e implicaciones del hecho. Vale decir primero que la acumulación no obedece en el fondo a impulsos morales de “hombres ambiciosos y egoístas” (aunque esto sea indudablemente cierto). Su origen más profundo es el orden social capitalista, agudizado por el modelo neoliberal. La implacable ley de la acumulación del capital ocasiona esta demente concentración y su infame correlato: el hambre de miles de millones de seres humanos.
Es significativo el origen nacional. Estados Unidos tiene el mayor número: 735 (11 más que al año pasado y ocho de los diez más ricos). Elon Musk encabeza la lista: posee 219 mil millones de dólares (mdd); en un año aumentó 68 mil mdd. ¡Ganó 186 millones cada día! Destaca el origen de varias de las más grandes fortunas en el sector de tecnologías de información y redes sociales. Entre los diez más ricos: Elon Musk, principal accionista de Twitter (10 por ciento de las acciones y 80 millones de seguidores); Bill Gates (cuarto más rico) Microsoft; Larry Page (sexto) Google; Serguey Brin (séptimo) Google; Larry Ellison (octavo) Oracle; Steve Ballmer (noveno) Microsoft. Un predominio espeluznante. Ellos controlan la opinión pública y manipulan a la humanidad, como hoy, con la guerra de Ucrania.
En alentador contraste, reporta Forbes, en Rusia y China el número de milmillonarios se redujo. Rusia tiene 34 menos: le quedan 83, y sus fortunas, “casi todas se estancaron o disminuyeron con respecto al año pasado (...) A los superricos de China no les fue mucho mejor, con 87 ciudadanos chinos menos en la lista de 2022 en medio de la represión del gobierno contra las empresas de tecnología, acciones más débiles y problemas en el sector inmobiliario. En total, los billionaires de China son unos 500 mil millones de dólares más pobres que hace un año…” (Ibíd.). Se reduce así la brecha del ingreso.
China hace grandes esfuerzos por contener el crecimiento desmesurado de las grandes fortunas y su enorme poderío, en afán de distribuir la riqueza; así ha frenado, por ejemplo, a monopolios como Tencent, Meituan, o el poder de Jack Ma, dueño de Alibaba. El presidente Xi Jinping explica que el propósito: “es ‘prevenir la expansión irracional de capitales y abordar el crecimiento salvaje de las empresas tecnológicas’. Además (...) ‘La puesta en marcha de todas estas regulaciones antimonopolio es absolutamente necesaria para mejorar la economía de mercado socialista y promover la prosperidad común’. El concepto de la ‘prosperidad común’ se ha transformado en el nuevo emblema del gobierno, argumentando que es necesario redistribuir la riqueza en China y fomentar una mayor competencia entre las firmas” (BBC News Mundo, nueve de septiembre 2021). Por su parte, el gobernador del banco central, Yi Gang, declaró: “El banco central trabajará con las autoridades antimonopolio para evitar que las empresas abusen de las posiciones dominantes del mercado y lidiará activamente con los nuevos problemas del monopolio” (Forbes, 10 de octubre de 2021).
Pero volvamos a la euforia acumuladora del capitalismo occidental, y su efecto en la desigualdad. “El 10% más rico de la población mundial obtiene actualmente el 52% de los ingresos mundiales, mientras que la mitad más pobre de la población obtiene el 8% (...) el 1% más rico acaparó el 38% de toda la riqueza adicional acumulada desde mediados de la década de 1990, mientras que el 50% más pobre solo acaparó el 2% (...) De hecho, el año 2020 marcó el mayor aumento de la proporción de riqueza mundial de los multimillonarios del que se tiene constancia” (Forbes, 15 de marzo, Base de Datos Mundial sobre Desigualdad, WID). Así, mientras los ricos se apropian de la riqueza, los trabajadores, sus verdaderos creadores, viven pobres.
Asimismo, los gobiernos pierden recursos, reduciendo impuestos a los monopolios, no aumentándolos, como en México, o porque van a parar a paraísos fiscales. “En las últimas cuatro décadas, las naciones del mundo se han enriquecido considerablemente, pero sus gobiernos se han empobrecido mucho (...) lo que significa que la totalidad de la riqueza es retenida por los particulares. Esta tendencia (...) tiene implicaciones serias para su capacidad de hacer frente a la desigualdad…” (Ibíd.). Es la cantinela de López Obrador de “gobierno pobre”, política neoliberal que incapacita al Estado para atender las necesidades sociales y lo debilita frente a las presiones de los corporativos empresariales, en última instancia verdaderos dueños del poder.
En esta debilidad institucional se entienden las declaraciones de David Beasly, director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas: “Apenas un 0.36% de las enormes riquezas de multimillonarios como Elon Musk y Jeff Bezos permitiría acabar con el hambre a nivel mundial y salvar la vida de 42 millones de personas (...) pidió directamente a los multimillonarios de Estados Unidos ‘dar un paso al frente ahora, por una sola vez’ (...) indicó que se necesitan ‘USD 6,000 millones para ayudar a 42 millones de personas que literalmente van a morir si no los ayudamos. No es complicado’ (...) con una única donación de un 2% de la riqueza de Musk se podría acabar con el hambre en todo el planeta” (DW, 27 de octubre de 2021). Justas y buenas intenciones, pero aun en el impensable caso de que ello ocurriera, ese gesto momentáneo ¿acabaría en definitiva con el hambre mundial y sus causas? No. Sería solo un paliativo, como toda limosna, solución de un rato, incompleta y falsa.
México sufre la misma tendencia acumuladora, hoy al amparo de la “Cuarta Transformación”. Carlos Slim es el hombre más rico aquí, en Latinoamérica y el número 13 mundial, con 19 mil 200 millones de dólares más que el año pasado, y 30 mil mdd más que al inicio de la pandemia. El segundo es Germán Larrea y el tercero, Ricardo Salinas Pliego, junto con Slim, entusiasta apoyador y “consejero” de AMLO. Destacan asimismo otros potentados por su enriquecimiento: “La fortuna de 15 multimillonarios mexicanos alcanzó una cifra récord de 160 mil 900 millones de dólares, una cantidad que supera en 42 por ciento al saldo de la deuda externa del Gobierno Federal (...) Germán Larrea 20 mil millones más que hace dos años. Ricardo Salinas Pliego (...)supera con 700 millones de dólares la fortuna contabilizada por la publicación en 2020 (...) María Asunción Aramburuzabala, 600 millones más que al inicio de la pandemia (...) Alfredo Harp Helú, de 2020 a la fecha su riqueza creció 200 millones de dólares…” (La Jornada, cinco de abril). Todo esto mientras 55.7 millones de personas (44 por ciento de la población) viven en pobreza. Menos mal que aquí el neoliberalismo está ya muerto y enterrado, gracias al brazo justiciero de AMLO, mas… como dijo don José Zorrilla: los muertos que vos matáis gozan de cabal salud.
Y como advertíamos antes, si el origen del problema es estructural, su solución será también estructural. Y no está, como plantea David Beasly, en pedir muy dulcemente a los dueños del mundo que se apiaden de los hambrientos, salida ya intentada, infructuosamente, por los socialistas utópicos. Más bien, la vía es la que aplica hoy China, mediante un vigoroso crecimiento de la riqueza creada, y una enérgica política distributiva, sacando de la pobreza a millones de personas y limitando firmemente los excesos de los monopolios y su secuela perniciosa en el bienestar social.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.