Los antorchistas tecomatecos deben defender el poder que se halla en manos del pueblo, para que no decaiga el progreso alcanzado con tanto sudor, sangre y esfuerzo.
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En la Huasteca hidalguense, una región de montañas y comunidades olvidadas, pobladores de Temango –perteneciente al municipio de Tlanchinol– escribieron, hace 19 años, una de las páginas más duras de la lucha popular.
La Huasteca hidalguense es un destino al que se llega por carreteras estrechas y sinuosas que trepan por la sierra y del que muchos huyen por falta de oportunidades. Sus municipios –entre ellos, Tlanchinol, Atlapexco, Calnali, Huautla, Huehuetla, Jaltocán, San Felipe Orizatlán, Xochiatipan y Yahualica– presentan muy altos grados de marginación y pobreza extrema.
Enclavado en esa región, está Temango. Hasta hace dos décadas, no existía camino pavimentado que lo comunicara con otros municipios; sólo una vereda de terracería que, en temporada de lluvias, se volvía intransitable para los vehículos, dificultando no sólo el abasto de los productos indispensables para los pobladores, sino el acceso a la salud. Doña Eufrosina, una de las actuales líderes sociales en Temango, recuerda aquella época: “me contaba mi papá que antes lo llevaban cargando en sillas, lo sentaban, lo amarraban y lo cargaban en la espalda para llevarlo al doctor”.
Y el agua –ese derecho elemental que en las ciudades se abre con una llave– estaba muy lejos, había que ir de madrugada, hacer fila a un pozo o manantial. Doña Eufrosina describe esa lucha cotidiana: “íbamos al pozo a esperar a la una o dos de la mañana; hacíamos fila; al que va temprano le toca más temprano el agua; y hasta que llene una persona, ya sigue la otra así, por fila… ir formando las cubetas para almacenar el agua”.
Las cifras respaldan este hecho. Según la Encuesta Nacional de Hogares 2022-2024 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) en Hidalgo, más de 33 mil viviendas carecen de agua entubada; 204 mil hogares reciben agua cada tercer día; 71 mil, dos veces por semana y 65 mil apenas una vez semanalmente.
El 78 por ciento de los hogares hidalguenses no cuenta con cisternas o depósitos para almacenar agua potable. En la Huasteca, tales cifras se agravan porque la topografía y la dispersión de las comunidades encarecen cualquier obra pública.
Pero el abandono no es producto del azar ni de la geografía. Es el resultado de una política local que convierte a la región en una zona de olvido para los campesinos: un territorio donde el Estado no invierte, los recursos se desvían en obras simuladas y los gobiernos locales –aliados con caciques regionales– prefieren reprimir antes que resolver. Y en el centro de esas acciones se encuentran los cacicazgos que controlan la obra pública.
Sin embargo, en 2007, campesinos organizados por el Movimiento Antorchista ofrecieron luchar por la instalación del servicio de agua potable, entre otras demandas. Esta manifestación fue rechazada por la autoridad municipal en turno; y durante un episodio hubo represión y agresión.
En 2004, un grupo de campesinos de Tlanchinol acudió al Movimiento Antorchista de Hidalgo para sumar fuerzas e iniciar colectivamente la gestión para introducir el servicio de agua potable. Dos años después, el 12 de mayo, ocurrieron los lamentables hechos que ahora recuerdan sus protagonistas.
El antorchismo no llegó impuesto por nadie; llegó porque los propios vecinos lo solicitaron. Don Hilario –detenido aquel día– explicó a buzos el origen: “en aquel año, nosotros teníamos, como quien dice, el proyecto del agua potable; aquí la gente quería agua, pero no sabía cómo conseguirla. ¿Cómo íbamos a exigirle al gobierno? Por ese motivo se solicitó apoyo a la organización de Antorcha. En esos años nos organizamos arriba de 400”.
Una de las primeras acciones realizadas por campesinos de cuatro comunidades fue el cierre de las carreteras de Tlanchinol a Temango. La presión funcionó: el proyecto del agua potable se reactivó, aunque con nuevas dificultades. Gregorio Lucas Caraza, otro de los campesinos –también detenido en aquella ocasión–, relató a buzos cómo, incluso después de reiniciar los trabajos, los contratistas aliados al gobierno intentaron sabotear la obra: “con tal de ganarnos la tubería, la colocaron al revés y amenazaron con rifles a una maestra”.
Sin embargo, el gobierno municipal se negaba a terminar la obra del agua. El presidente de Tlanchinol, en aquel trienio, era Desiderio Bautista Isidro, quien convocó a una reunión. Prometió dialogar; la comunidad le creyó. Don Hilario narra la trampa con lujo de detalle: “nos pusimos de acuerdo con el presidente municipal; pues nos hicieron una jugada, porque según ellos, vendrían aquí para dialogar de qué forma le exigiríamos al gobierno el término del agua. Pero resulta que, en vez del agua, nos dieron cárcel. A los antorchistas, los que andábamos enfrente”.
Carmela Morales de la Cruz cuenta cómo acudió junto a otras personas que ella encabezaba, precisa la fecha y la magnitud del engaño: “el 12 de mayo de 2007, a las cinco de la tarde… Según el presidente Desiderio, que nos iba a venir a resolver… No fue así. Vino a meter cizaña, golpearon y encarcelaron a mis compañeros”.
La emboscada fue planeada desde la mañana. Mientras los campesinos se concentraban en “la galera”, espacio público de la comunidad –sin armas ni intención de violencia, siguiendo la instrucción de no responder a las agresiones– el presidente se instaló en la delegación con la policía municipal y grupos de choque. A las seis de la tarde, la violencia estalló. Gregorio recordó: “estábamos en la galera… me agarraron. Los granaderos nos aventaron en las camionetas y se fueron parados encima de nosotros hasta San Felipe, como si fuéramos animales”.
El saldo: siete detenidos y al menos 20 heridos. Pero la cifra no refleja el horror: los granaderos dispararon gases lacrimógenos contra niños, ancianos y mujeres. Don Hilario lo confirma: “en la galera golpearon a niños, a señores de la tercera edad, a señoras, a jovencitos”.
Don Pedro recuerda la decisión que habían tomado en la comunidad, previamente: no responder a la violencia. “Ni siquiera levantamos la mano. Nuestro dirigente nos dijo: si algún día hubiera algún enfrentamiento, no podemos responder, no podemos generar más violencia para que ustedes logren lo que están buscando; las agresiones son una provocación: buscan pretextos para frenar el movimiento”.
La represión no logró amedrentar a los campesinos. Al contrario, encendió la solidaridad. Mientras los detenidos eran trasladados primero a la Procuraduría de Justicia de Pachuca y luego al Centro de Reinserción Social (Cereso), el Movimiento Antorchista convocó a un plantón frente al Palacio de Gobierno.
Desde la celda, don Hilario no se enteró de la magnitud de la respuesta hasta su liberación: “la organización se movilizó y puso el plantón. Se juntaron de las comunidades de Pachuca unos 10 mil, después 15, después 20, después 30, llegó hasta 60 mil campesinos. Todo porque nos encarcelaron sin delito alguno”.
Las condiciones en la cárcel eran infrahumanas. Don Hilario describe el espacio donde los hacinaron: “eran cuartitos como de 50 centímetros, repartidos en 10 metros, pero habíamos más de 25 personas. No podíamos sentarnos, no podíamos acostarnos. Imagínate: 50 centímetros… para nosotros sí fue un castigo, como si verdaderamente fuéramos delincuentes”.
A los 17 días, la presión nacional dio resultados. Los campesinos salieron libres, regresaron a Temango, y la obra del agua concluyó. Don Hilario lo dice con una mezcla de orgullo y dolor: “cuando llegamos aquí a los 17 días, ya estaba llegando el agua. Pero esa agua nos costó… no puedo decir que lágrimas, pero nuestras esposas, nuestras hijas, nuestros nietos… les costó sufrimiento”.
Para los campesinos de Tlanchinol, la represión no logró su objetivo de amedrentar. Al contrario: fortaleció la organización que, sobre todo, cambió la conciencia de la gente. Ese es quizá el legado más profundo de Antorcha en Temango: la liberación mental.
Doña Eufrosina explica ese cambio: “nos abrieron los ojos; ya no estamos como antes, porque en la delegación decían que las mujeres no valían, la mujer no tenía derecho a hablar. Y ahorita hasta las mujeres ya lideran… despertamos en aquel tiempo, porque estábamos ciegos, no podíamos opinar o decidir; nada más opinaban los caciques que mandaban en el pueblo”. Antes de la organización, las decisiones se tomaban en la delegación, con delegados controlados por el cacique, sin asambleas ni consulta. Los campesinos –y más las campesinas– no teníamos voz. Antorcha nos devolvió la palabra.
La señora Paz Hernández, otra de las habitantes del municipio, explica esa liberación mental: “Los campesinos ahora saben defenderse… es por la organización que les vino a enseñar cómo van a defenderse, cómo van a hablar ante una autoridad y descubrir sus intenciones, y cómo decidiremos entre todos”.
Pero la liberación no es sólo individual, sino colectiva, e impactó en los pueblos vecinos. Don Tomás, de Pueblo Hidalgo, narró cómo Antorcha logró aglutinar a las comunidades, “nos hizo darnos a respetar; porque antes, no. Algún vecino que lo metían en el bote, sin que hubiera hecho nada, le pegaban, lo amarraban y nadie hacía nada; porque el cacique mangonea a los delegados; pero ahora ya no: cambió todo. Ahora ya no nos dejamos de la manipulación; con Antorcha despertamos”.
A pesar de los logros de Temango, la región sigue sumida en la pobreza. Doña Carmela describe condiciones extremas en comunidades vecinas donde el aislamiento persiste: “en Jalpa y Tenexco, por allá y más arriba, se tiene que llegar caminando. Está lejos; pero ésas también son comunidades de Tlanchinol y solamente hay camino de terracería; no hay transporte, muchos todavía no tienen servicios ni agua ni luz”.
La pobreza persiste en la Huasteca, pero no es un accidente; es el resultado de décadas de políticas de abandono en las zonas rurales, de gobiernos que han mirado hacia otro lado y de caciques que impiden la organización popular. Don Hilario confirma que la organización representa la única vía para romper ese aislamiento y denuncia: “el gobierno dice que la pobreza ya se acabó, pero es mentira, donde quiera hay pobreza. Hay comunidades donde el abuso y el miedo continúan. No tienen agua, no tienen camino, no tienen escuela digna. Y tampoco tienen quién las defienda; más acá en Hidalgo, en otros pueblitos… donde no entran ni los carros, ahí hay gente que necesita a Antorcha”.
El cacicazgo no ha desaparecido, simplemente ha mutado. Ya no sólo opera con porros, granaderos y encarcelamientos. Ahora también opera con dinero, dádivas, programas clientelares que alejan a los campesinos de la lucha política.
Doña Carmela describe precisamente este nuevo cacicazgo: “sí, ha cambiado; ahora el cacicazgo es diferente, pareciera que ya no hay, pero sí. Es que ahora controlan de otra manera y desde el gobierno, los compran, les dan 500 pesos por su voto. Cuando entró el presidente actual, vinieron los ʽservidores de la naciónʼ; me dijeron que si les puedo dar mi credencial; que, si no votamos, se acaban los apoyos. Pero no me dejé, ¿con qué cara le voy a decir después al presidente que le den algún apoyo u obra para el pueblo? Ya no me tapo los ojos por los 500 pesos, le dije”.
Ella se resiste. Pero sabe que muchos campesinos, no. Y ése es el cacicazgo moderno: cooptar voluntades con monedas para que la comunidad nunca levante la voz ni piense en grande, para que nunca exija lo que por derecho le corresponde: agua, camino, escuela y servicios de salud.
El pasado 30 y 31 de mayo, Temango fue sede de la conmemoración de 22 años de lucha de Antorcha en Tlanchinol –desde 2004– y los 19 años de la represión del 12 de mayo de 2007. No es una fiesta cualquiera. Don Hilario define el profundo sentido de la celebración: “más que fiesta es un recordatorio de todo lo que nos pasó. Que no se olvide nuestra historia, porque los pueblos no debemos olvidar lo que sufrimos y lo que logramos, no debemos olvidar que solamente unidos salimos adelante”.
Y para que la historia no se olvide, don Hilario compuso un corrido que escribió ayudado de su guitarra y su voz, con la memoria de los golpes y la cárcel, pero también con la alegría de la liberación. Éstos son algunos de sus versos:
“Año del 2007,
qué fecha tan desgraciada,
el mero doce de mayo
Antorcha fue traicionada
por los caciques del pueblo,
el gobierno y su manada”.
Lo ocurrido en Temango no es sólo una historia de represión y cárcel; es la historia de cómo un pueblo se liberó del rezago y el cacicazgo. El agua potable llegó y se pavimentó el camino; se construyeron viviendas; pero lo más importante es que la dignidad llegó para quedarse. Hoy, los campesinos de Temango saben defender sus derechos, hablar ante las autoridades, votar sin que los compren y, sobre todo, recordar.
Por eso, el 30 y 31 de mayo en Temango no solamente se celebraron 22 años de lucha y 19 de memoria; se demostró que, en la Huasteca hidalguense y otras zonas marginadas, la única forma de ya no ser “zona de sacrificio” es organizarse. Como afirma el corrido de don Hilario, como gritan los campesinos en cada marcha, como cantan las mujeres que antes no tenían voz: “Que vivan los campesinos antorchistas de toda la nación”.
Los antorchistas tecomatecos deben defender el poder que se halla en manos del pueblo, para que no decaiga el progreso alcanzado con tanto sudor, sangre y esfuerzo.
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Escrito por Uikani Estrada Cruz
@SamaraUikani