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Omar Carreón Abud
Palestina y el imperialismo (segunda parte)
Los judíos del mundo deben hacer conciencia de que el imperialismo los está usando de parapeto para sus propósitos expoliadores. Si no se detiene su voracidad insaciable, seguirán siendo sus hijos los que entreguen sus vidas en Gaza.


Los crímenes del imperialismo bajo la máscara sionista contra los palestinos, llevan ya más de cien años. No empezaron con la embestida a la Franja de Gaza el siete de octubre pasado. Acorde con el proyecto imperialista, bajo la vigilancia de las tropas del imperialismo británico que legalizó la Sociedad de Naciones concediendo a la Gran Bretaña un “mandato” sobre la región en 1922, se incrementó el financiamiento de una gigantesca, incesante y costosa operación para llevar, instalar, armar y proteger judíos en Palestina (en 1925 había solamente 40 mil judíos en la zona de Palestina).

La terrible, indescriptible y sobrecogedora matanza de judíos en Europa, perpetrada por las hordas nazis en la Segunda Guerra Mundial, a la que se sumó (y sigue) una intensa propaganda en los grandes medios de comunicación, fortaleció en los hombres buenos del mundo la idea de que los judíos necesitaban un hogar propio, emboscada monumental detrás de la cual se escondían y se esconden los siniestros intereses del imperialismo inglés y, más que nada, los del imperialismo norteamericano que fue el gran beneficiario de la Segunda Guerra Mundial.

En consecuencia, el 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas decidió la división de Palestina y la creación en su territorio de dos estados: el árabe y el judío. La justísima ONU, dominada por los imperialistas, entregó ante el mundo un territorio habitado que no le pertenecía. Al estado de Israel se le regalaron 14 mil kilómetros cuadrados. No obstante, los insaciables sionistas no acataron el procedimiento elaborado por la ONU y emprendieron la liquidación de la “presencia palestina” en otros territorios que, según sus planes y los de sus patrones imperialistas, debían ser parte de Israel. Mediante las armas obligaron a los árabes a abandonar las ciudades de Jaffa, Lydda, Ramble, Beersheba y Acre, entre otras, las cuales, según la decisión de la ONU, debían haber seguido siendo parte del Estado Palestino.

Las agresiones armadas de grandes proporciones de Israel a los árabes de la región, sin contar incursiones constantes, se repitieron en 1956, 1967, 1973, 1982, 1987 y 2000, hasta llegar a acumular una superficie de 21 mil 947 kilómetros cuadrados sin que ninguna autoridad, ni siquiera la arbitraria ONU, se los haya otorgado. Ahora, estamos siendo testigos de la pavorosa agresión de 2023. No deben pasarse por alto las versiones muy documentadas y, por tanto, atendibles, en el sentido de que la incursión de Hamás en el sur de Israel el pasado siete de octubre, no fue más que una gran provocación para justificar ante el mundo la gigantesca y devastadora acción del gobierno sionista de Benjamín Netanyahu contra toda la población palestina de la Franja de Gaza. Se trató de cubrir con un taparrabo propagandístico el siguiente paso de la expulsión de la población palestina y el engrandecimiento de Israel y la consecuente consolidación de los intereses imperialistas, pues ya se sabe que en el mar, frente a la Franja de Gaza, hay importantes yacimientos de gas y petróleo.

La Franja de Gaza es, como su nombre lo indica, un pequeño jirón de tierra de lo que (aun injustamente) debería haber sido el Estado Palestino, localizado en la costa del Mar Mediterráneo, que tiene una superficie de 365 kilómetros cuadrados en los que se amontonan (o amontonaban antes de la más reciente embestida del gobierno sionista de Israel), dos millones 100 mil seres humanos, lo que equivale a cinco mil 753 personas por kilómetro cuadrado. Israel ha ocupado ilegalmente Gaza desde el año de 1967 y ha impuesto a sus habitantes, desde 2006, un férreo bloqueo para controlar y limitar la provisión de agua, comida, electricidad, combustible, suministros médicos, Internet y mantiene un control absoluto del espacio aéreo y marítimo, todo lo cual ha producido unas condiciones de vida excepcionalmente duras para la población. Un genocidio lento.

Todo esto sucedía hasta antes de que el gobierno de Israel encabezado por Benjamín Netanyahu, estrechamente apoyado por el imperialismo norteamericano, que ya desde hace tiempo lo ha aprovisionado secretamente de bombas atómicas, bombardeara a la población civil inerme y a los sobrevivientes los confinara en poco menos de la mitad sur del territorio original. Según Manlio Dinucci, que publica en Red Voltaire, “La guerra israelí tendiente a acabar definitivamente con el Estado palestino es parte de la estrategia de Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea tendiente a conservar el control, mediante la guerra, de una región estratégica –el Medio Oriente– donde Occidente está perdiendo terreno ante los avances de proyectos político-económicos como los del grupo BRICS, proyectos que modifican el orden mundial”.

En esta etapa del genocidio palestino ya han sido asesinadas 22 mil personas en Gaza, entre quienes se incluyen mujeres y niños, y hay aproximadamente 58 mil heridos. Una carnicería. En la Franja de Gaza se atacaron 150 instituciones de salud, lo que causó que 30 hospitales y 53 centros de atención sanitaria estén fuera de servicio y se provocó la muerte de 326 médicos, enfermeros y paramédicos, así como la destrucción de 121 ambulancias. “Según datos oficiales de la ONU, más de 1.7 de los 2.2 millones de habitantes de Gaza han sido desplazados por el conflicto y más de uno de cada cuatro hogares del enclave costero se enfrenta al hambre extrema. Han convertido la zona “simplemente en un lugar inhabitable”, en “un lugar de muerte y desesperanza”, según denunció el cinco de enero pasado el jefe de operaciones humanitarias de la ONU, Martin Griffiths. Un horror. Y todos los días se incrementan de manera espeluznante las cifras.

Los judíos del mundo, la inmensa mayoría gente pacífica y trabajadora, respetuosa de los preceptos de su religión, deben hacer conciencia de que el imperialismo los está usando de parapeto para sus propósitos expoliadores. Si no se detiene su voracidad insaciable, seguirán siendo sus hijos (como ahora los hijos de los ucranianos) los que entreguen sus vidas en la Franja de Gaza y en el Medio Oriente, puesto que ya se han iniciado las agresiones del envalentonado gobierno sionista de Israel contra Cisjordania, Siria, Líbano, Irak y otros países de la zona. Así lo señaló cínicamente el teniente general Herzi Halevi, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, quien aseguró el siete de enero pasado, que el ejército sionista de Israel estará en guerra contra Hamás en Gaza durante todo el año.

El imperialismo depredador, fase superior del capitalismo, no tiene sentimientos, sólo intereses. Nada nuevo para el imperialismo si recordamos las bombas atómicas arrojadas sobre cientos de miles de inocentes en Japón. La matanza y la previsible expulsión de palestinos en Gaza y, en general, en el Medio Oriente, es una nueva, durísima lección para los hombres y mujeres del mundo que con su trabajo crean una riqueza formidable y sólo se quedan con penurias y con muerte. Asimilémosla. 


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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