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Reportaje
Desamparados: habitar y dormir en las calles de Xalapa
Las autoridades xalapeñas reconocen que hay un aumento significativo de la población en situación de calle.


En esta ciudad se evidencia lo que ocurre a nivel estatal y nacional: miles de personas en situación de calle deambulan descalzas, harapientas y hambrientas, exhibiendo su pobreza extrema porque los pocos albergues que hay, están saturados.

El número de indigentes en Xalapa pasó de 12 a más de 50 en cuatro años y hoy, mientras la zona se embellece con obras de rehabilitación arquitectónica, estos veracruzanos del “bienestar” duermen todas las noches soportando calor, frío y lluvias a veces ligeras o torrenciales.

Carlos Ruiz y su esposa Ana Rosa pasan cada noche a la intemperie sobre un colchón desgastado en la explanada del mercado Alcalde y García, ubicado en el barrio de San José. Apenas amanece, ambos se levantan a trabajar: la primera vendiendo dulces y el segundo boleando zapatos.

El medio centenar de personas que vive en la indigencia –la cifra fue definida por el Ayuntamiento en noviembre de 2025– pertenecen al sector lumpenproletario y aunque están a la vista de todos, las autoridades nada hacen para rescatarlas de la informalidad, la mendicidad y la delincuencia.

A pesar de que las autoridades habilitaron albergues al inicio del último invierno, cuando se registraron fríos amaneceres de hasta ocho grados Celsius, muchas personas en situación de calle se rehusaron a pernoctar en esos refugios. “Las hemos invitado a resguardarse en los albergues temporales, pero han rechazado la ayuda”, declaró el exdirector de Protección Civil, Enrique Fonseca Martínez.

Quienes prefieren dormir en las calles coinciden en que se sienten inseguros en los refugios debido a que los responsables dan cobijo a personas con problemas de alcoholismo y drogadicción que suelen ser violentos y les impiden descansar.

En la Aldea Meced (Menores en Condiciones Especialmente Difíciles), administrado por el Sistema Municipal para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) de Xalapa, Ana Rosa sufrió un intento de abuso sexual… “Eso ya no me pareció. Por eso le dije ‘¿sabes qué?: mejor ya nos regresamos”, advirtió Carlos Ruiz, que prefiere dormir a la intemperie con su esposa; además de que la cercanía del mercado Alcalde y García con el Cuartel de Policía Estatal San José le da la tranquilidad que no le brindan los albergues.

La directora del DIF de Xalapa, Olivia Aguilar Dorantes, informó que todavía en febrero de 2026, el sistema municipal brindaba atención diaria a hasta 30 personas, que muchos eran hombres adultos con problemas de alcoholismo y que la mayoría declinaba albergarse en los refugios del DIF; la funcionaria, sin embargo, nunca explicó las razones de tal negativa.

Destierro, diabetes y hambre

Por las noches, la pareja se acurruca en su dormitorio improvisado a menos de 10 metros de un local llamado: “La Chingada”. El matrimonio vive en la calle debido a una enfermedad: Carlos acompaña cada 20 días a su esposa al Centro de Salud Gastón Melo, administrado por el IMSS-Bienestar, para que reciba atención médica para la diabetes que padece; pero revela a buzos que como en esta unidad casi “nunca hay medicamentos… lo tengo que comprar. Nomás me dan la consulta; me dan la receta; tengo que ver cómo le hago para comprar el medicamento”.

A diferencia de la mayoría de personas que viven en situación de calle en Xalapa, Carlos y Ana Rosa abandonaron su vivienda en el municipio de Playa Vicente, situado a cinco horas de la capital, por una razón médica.

 

 

En noviembre de 2025, el exalcalde Alberto Islas Reyes, señaló que la mayoría de las personas en situación de calle son originarias de otros municipios o entidades, que están de paso y finalmente se establecen en calles como Enríquez, Dr. Rafael Lucio o Clavijero, y en espacios públicos como Los Sauces, el Parque Juárez y el corredor gastronómico del mercado de San José.

Pero además de la causa sanitaria que los mantiene en la capital veracruzana, Carlos y Ana Rosa han logrado la aprobación de comerciantes y vecinos de las diversas zonas del centro xalapeño debido, en gran medida, a que no mendigan ni acumulan desechos y suciedad en los sitios donde pasan la noche.

Carlos es oriundo de un municipio en el sur de la entidad, donde era hojalatero con recursos suficientes para pagar una vivienda y proveer alimentos. Sin embargo, los viajes frecuentes a Xalapa para que su esposa recibiera atención en un centro de salud se volvieron insostenibles; y así cambió sus utensilios para reparar carrocerías de automóviles por esponjas y cremas lustradoras.

“Aquí te quieren pagar bien barato por arreglar un carro. Tú hojalateas un carrito; así como ése, y te quieren pagar lo que ellos quieren y allá no. Por eso, mejor tomé la decisión de comprar un cajón de bolear”, comenta.

Hace 12 meses que Carlos y Ana Rosa –de 55 y 43 años respectivamente– convirtieron la explanada del mercado de San José en un lugar para vivir. Las calles y espacios públicos del centro de Xalapa se volvieron un sitio ideal para el sector marginado de la sociedad capitalina. Durante el día hay por lo menos una decena de indigentes que deambulan entre el mercado de San José y el Parque Juárez, un trayecto de al menos un kilómetro.

De acuerdo con Érika Antonio Blanco, directora de Matraca, Asociación Civil, la pobreza extrema, la falta de oportunidades para obtener un empleo y la exclusión educativa son factores que empujan a los indigentes a vivir en las calles. Los problemas familiares también son un motivo porque si “han sufrido algún tipo de violencia, algún tipo de abuso en sus casas, se ven en la obligación de abandonar el hogar porque no es seguro para su integridad física y mental”.

Las autoridades xalapeñas reconocen que hay un aumento significativo de la población en situación de calle y que ahora hay más de cinco decenas de indigentes en contraste con el número que había hasta el 12 en febrero de 2022. El fenómeno social se extiende alrededor del centro de la ciudad.

La directora de Matraca, A.C. asegura que debido a la “limpieza” que el gobierno municipal promovió en el primer cuadro de la ciudad, este sector se movió hacia colonias de la periferia. Algunos habitan incluso bajo puentes y hasta en las alcantarillas.

Algunos habitan debajo de puentes y en alcantarillas, porque son espacios donde pueden cubrirse de la lluvia y del frío, otras personas han optado por juntarse para rentar un espacio o refugiarse en viviendas abandonadas", narró.

Dormir a la intemperie curtió a la pareja de Playa Vicente y sólo dos edredones los protegen del frío en los últimos meses. Además de un colchón y cobijas, tienen un par de contenedores donde guardan su ropa, sus objetos de aseo personal, los dulces que ella vende y el cajón de bolear utilizado por él para trabajar.

Si van a los baños del mercado de San José deben pagar seis pesos. Asearse es más caro. Cada tercer día van juntos a las regaderas públicas en la calle Dr. Rafael Lucio, a un costado del puente Xallitic. “Nos vamos a bañar ahí porque ahí nos cobran 50”.

Durante el día, mientras Carlos busca clientes en los alrededores del mercado de San José para bolearles los zapatos, Ana Rosa se pierde vendiendo dulces en las céntricas calles de Xalapa. Entre los dos juntan alrededor de 140 pesos que apenas les alcanzan para comer dos veces al día. Hay ocasiones en que corren con mejor suerte, cuando los uniformados del Cuartel de la Policía Estatal buscan a Carlos para una boleada, le regalan charolas de comida. “De adentro del mercado también vienen y nos apoyan”, relató.

Según Érika Antonio Blanco, un considerable número de personas en situación de calle se dedica a actividades o empleos donde no obtienen un sueldo justo ni pueden ejercer sus derechos laborales. Casi siempre venden dulces, frituras, limpian parabrisas en semáforos o cruceros, abren las puertas de tiendas de conveniencia o afuera de tiendas comerciales para ayudar a los clientes a guardar sus productos en los automóviles.

“Pero, obviamente, no son empleos establecidos con honorarios, sino trabajos en los que ellos se autoemplean”, sentenció.

Los hijos de Carlos y Ana Rosa conocen su situación, pero para ellos, sus padres son prácticamente invisibles. El matrimonio viaja una vez cada dos meses al municipio de Perote para verlos, pero no recibe ayuda ni para comida ni para intentar rentar un cuarto. “Ellos deben ver por sus hijos. Decidimos que ellos hicieran su vida y nosotros la nuestra”.

Migración, pobreza y calle

El filo del tejado de la recién remodelada Catedral Metropolitana de la Inmaculada Concepción es el único amparo que Melvin Martínez Cabrera tiene durante la noche. El migrante hondureño vivió experiencias similares a las de Carlos y Ana Rosa: varias noches soportó la convivencia con personas alcohólicas y problemas de drogadicción que, sin ambages, entran incluso a refugios parroquiales operados por Cáritas o albergues como el del Hospital Civil Dr. Luis F. Nachón.

Comunicados emitidos por la Arquidiócesis de Xalapa mediante el arzobispo Jorge Carlos Patrón Wong, quien denominó 2026 como El Año de la Pastoral Social, revelan que los refugios parroquiales operan al 120 por ciento de su capacidad. El representante de la Iglesia Católica reconoció que la convivencia de perfiles tan distintos –enfermos terminales, migrantes en tránsito y personas con problemas de adicciones– sobrepasa la capacidad operativa de estos lugares.

 

 

Melvin prefiere dormir al pie del pórtico de la Catedral Metropolitana de la Inmaculada Concepción, donde el peligro de dormir en la calle se mantiene pese a su ubicación frente al Palacio de Gobierno de Veracruz. “Siempre viene gente enferma, alcohólica, buscando problemas. Como anoche, vinieron unos muchachos con machete, llegaron los policías y los desarmaron. Se corre mucho peligro, de veras que sí”, lamenta.

Melvin trabajaba cosechando piña para la empresa estadounidense Standard Fruit Company en el municipio de La Ceiba, situado en el departamento de Atlántida, Honduras. Salió de su país para llegar a Estados Unidos (EE. UU.), pero la política migratoria impuesta en aquel país lo hicieron estancarse en Xalapa desde hace tres meses. No sabe cuándo se fue de su país; perdió la noción del tiempo al cubrir casi un tercio del continente por Belice, El Salvador y Guatemala para llegar a México por Chiapas. “Está bien duro lo que es mi país; el salario es miserable”, contó.

Para el Colectivo de Defensores de Migrantes y Refugiados (Codembre), el programa de deportación masiva y el cierre de fronteras en EE. UU. generó un “efecto-tapón” en ciudades del interior de la República Mexicana, como la capital de Veracruz. Sin posibilidades de ingresar al país vecino del norte, Xalapa ya no es una estación de paso para migrantes que cruzan desde Centroamérica y El Caribe; ahora se ha convertido en un sitio de confinamiento involuntario.

El extranjero enfrentó la inseguridad que se vive a bordo de “La Bestia”. “Está tremendo; se sube la gente cobrando una renta de 100 pesos y el que no la paga, pues lo matan”. El camino en “El Tren de la Muerte” lo llevó de Palenque, Chiapas, hasta Chontalpa, Tabasco. Luego, a sus 52 años, caminó más de 30 días para llegar a Xalapa.

La violencia que vivió durante su travesía en México le arrebató todo. Melvin llegó a Xalapa sin pertenencias ni dato alguno de su esposa Rosa Delia y sus hijos. Sus búsquedas en redes sociales le arrojan resultados de gente con los mismos nombres y apellidos, pero que viven en otras partes del mundo. El migrante sólo tiene la ropa que lleva puesta y una cobija que se echa encima mientras duerme pegado al pórtico de la catedral.

“Aquí duermo. Cuando llueve, pues buscamos alojamiento en otras partes, porque aquí se moja todo y no podemos quedarnos ni en el Palacio, porque nos mueven de ahí los policías”, explicó.

La estancia de Melvin en la capital de Veracruz se extenderá pese a que no ha encontrado un trabajo que lo ayude a salir de las calles. Una cosa comparte con Carlos Ruiz: también le gustan los carros. En La Ceiba se dedicaba a la mecánica, pero en Xalapa le niegan el empleo porque no posee papeles para identificarse.

“Hay mucha gente buena que me regala una torta, un taco; que me regala cinco pesos y así la voy pasando. Pero sí se siente duro porque allá, en mi país, nadie anda pidiendo; allá todo mundo trabaja”.

A decir de Jorge de Jesús Luis Santiago, director fundador de Por Amor a Las Calles, A. C., es necesario crear políticas que resuelvan el problema de salud pública para personas que deambulan por las calles en condiciones vulnerables, con enfermedades y problemas de adicciones y alcoholismo.

“Ahora vemos jóvenes desde los 15 años hasta personas de la tercera edad. Observamos que las hay en muchas casas abandonadas y debajo de los puentes. Siempre hay personas de todas las edades, pero sobre todo son jóvenes; y ahora se incrementó el número de mujeres”, subrayó.

Al caer la noche, Melvin se acomoda en el pórtico de la Catedral Metropolitana junto a más personas en situación de calle. Duermen ahí hasta al amanecer, con la venia de la arquidiócesis. A más de 800 metros, Carlos Ruiz y Ana Rosa se cubren sólo con un par de cobijas.

El matrimonio de Playa Vicente y el mecánico de La Ceiba se levantarán de nuevo a la mañana siguiente con un objetivo común: buscar dinero para comer y vagar hasta que toque el turno de volver al sitio que, por ahora, llaman hogar. 


Escrito por Ángel Cortés Romero

@angelcor95


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