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Pablo Bernardo Hernández Jaime
Marx: trabajo y tiempo libre
Carlos Marx otorga un lugar central al trabajo en su concepción de ser humano.


Carlos Marx otorga un lugar central al trabajo en su concepción de ser humano. Para muchos marxistas, incluso, podría decirse que el trabajo es la esencia humana. Bien entendida, esta idea no es descabellada. Sin embargo, para comprenderla de manera más precisa es necesario aclarar algunas cuestiones.

El punto de partida de Marx (en sus Manuscritos de economía y filosofía) para hablar del trabajo, es situar al ser humano como un ser viviente más. Esta primera consideración es relevante pues, para él, todos los seres vivos comparten una cualidad común: sobreviven mediante una relación metabólica con su medio ambiente; es decir, necesitan estar en intercambio con el medio para mantenerse vivos, y el ser humano no es la excepción.

Sin embargo, las personas poseemos una cualidad que nos distingue del resto de los seres vivientes y es que podemos modificar nuestra actividad vital, el trabajo. Ésta es la distinción crucial. Prácticamente todas las especies subsisten realizando el mismo tipo de actividad, y si acaso la modifican es sólo adaptándose con posterioridad a los cambios del ambiente. Incluso los animales con un mayor grado de cefalización, y que son capaces de aprender individualmente una gran cantidad de nuevos comportamientos, no modifican voluntaria y significativamente su actividad de subsistencia.

Los seres humanos, en cambio, y debido a las particularidades de nuestro desarrollo evolutivo (bipedismo, pulgar oponible y un mayor desarrollo de la corteza prefrontal del cerebro), hemos sido capaces de modificar paulatina y progresivamente nuestra actividad de subsistencia, el trabajo.

Lo interesante de esta particularidad humana es que, al transformar nuestra forma de subsistir, cambiamos también la manera en que se expresa nuestra vida. Cuando las personas sobrevivían cazando y recolectando, sólo podían expresar su vida como nómadas. Con el desarrollo de la agricultura y la crianza de animales, en cambio, surge la necesidad de las personas de asentarse en un territorio, modificando radicalmente su modo de vida.

Con una mayor cantidad de recursos a su disposición, los grupos humanos crecieron en número y aumentaron la variedad de sus necesidades. Este punto también es crucial para Marx, pues, a su juicio, el ser humano no sólo es un ser viviente, sino también un ser sociable (que depende de sus congéneres para sobrevivir y para aprender de los avances históricos de su sociedad) y un ser consciente (con la capacidad de representarse el mundo que lo rodea para comprenderlo, cuestionarlo, imaginar cambios en él e intentar realizarlos).

Todas estas cualidades han hecho que el ser humano modifique incesantemente su actividad de subsistencia. Con cada nuevo avance, las personas han cambiado su forma de vivir, han permitido el surgimiento de nuevas necesidades y capacidades humanas, y, con esto, han creado las bases para los avances sociales posteriores.

Al modificar su forma de trabajar, el ser humano no sólo se procura nuevas formas de subsistir, sino que se transforma radicalmente como género humano en su conjunto.

Al comprender estas ideas, no resultará raro afirmar que el trabajo es esencial para el ser humano. Sin embargo, aquí es donde es preciso hacer al menos tres aclaraciones.

(1) El trabajo no sólo le otorga al ser humano sus medios de subsistencia, también condiciona el tipo de relaciones sociales que las personas establecen entre sí, ya sean éstas de cooperación, competencia, exclusión, compañerismo, confrontación, dominación, explotación, etc. En este sentido, la creciente división del trabajo (la diversificación de las ocupaciones, oficios y actividades productivas) no sólo trae consigo la producción de una mayor cantidad de riquezas, también acarrea nuevas formas de relacionarnos entre nosotros. Estas relaciones son sumamente importantes, pues ellas constituyen la forma de existencia concreta de la humanidad en cada momento histórico.

(2) Con la creciente división del trabajo, y el aumento de las necesidades y capacidades humanas, surgen nuevas actividades laborales y productivas que no están directamente vinculadas con la subsistencia física de las personas pero sí con la reproducción de la vida humana en un sentido más amplio. La satisfacción de las necesidades elementales abre paso al desarrollo de otras necesidades (ya sean intelectuales, estéticas, de autorrealización, etc.). Hay actividades, como aprender a crear o apreciar el arte, aprender a hacer ciencia, entre muchas otras, que no pueden considerarse actividades de subsistencia básica y, sin embargo, son parte de los avances de la humanidad y cubren necesidades sociales o espirituales muy relevantes.

(3) Con la división del trabajo y el aumento de las capacidades productivas de la sociedad, la humanidad también crea un producto peculiar que, sin embargo, puede ser considerado parte de la riqueza social: el tiempo libre. Este tiempo libre, como señalan Boltvinik y Damian, es aquel que sobra una vez que descontamos el tiempo destinado a nuestra reposición individual (dormir, comer, asearnos, etc.), al trabajo remunerado (incluyendo transporte), a los quehaceres del hogar, al cuidado de familiares, a la asistencia escolar o al trabajo voluntario. Este tiempo libre es tiempo que las personas podemos utilizar de manera discrecional (aunque siempre en función de los recursos con que dispongamos) para convivir con amigos y pareja, pasear, caminar, hacer ejercicio, leer, pintar, escribir, participar en política, etc.

Muchas veces la creación de tiempo libre viene aparejada con el surgimiento de nuevas actividades productivas y, en esa medida, dicho tiempo vuelve a destinarse a la producción. Sin embargo, esto no quiere decir que el tiempo libre sea superfluo, indeseable o que sólo tenga sentido en la medida en que socialmente es destinado para algo productivo.

El tiempo libre permite que las personas se involucren en nuevas y más variadas formas de la praxis humana, contribuyendo así a enriquecer su propio modo de vida. El tiempo libre también es un recurso y es, probablemente, uno de los recursos clave para permitir un aumento significativo en el bienestar social, pues éste es precisamente el tiempo que las personas pueden destinar voluntariamente a realizar sus proyectos y anhelos, incluyendo aquellos de carácter colectivo.

El tiempo libre es parte de la riqueza social porque es, siempre, un recurso socialmente producido. El tiempo libre no surge del vacío, sino que es el resultado de las capacidades productivas de la sociedad, de la división del trabajo y de la distribución de la riqueza e ingresos.

Una sociedad donde las capacidades productivas son escasas deberá dedicar casi todo su tiempo a satisfacer las necesidades más elementales, dejando muy poco espacio para el tiempo libre. Este tiempo libre, sin embargo, estará concentrado en aquellas ocupaciones donde la jornada laboral sea menos extensa y desgastante y donde la remuneración sea suficiente para cubrir holgadamente las necesidades de la persona. La explotación laboral y la desigualdad social son las que provocan que unos tengan más tiempo libre que otros.

El tiempo libre siempre tiene un costo. Para los niños, niñas, adultos mayores y enfermos, este tiempo libre viene generalmente del trabajo de cuidados de las mujeres de la familia. Para los ricos, este tiempo viene de la explotación. Pero, ¿no existe acaso gente desempleada y en situación de calle que no trabaja y, en cambio, cuenta con mucho tiempo libre? Para ellos el “tiempo libre” no es realmente libre, pues no se trata de un tiempo que sobra después de haber satisfecho sus necesidades. Por el contrario, para ellos el tiempo libre es resultado de una incapacidad para satisfacer sus necesidades. Es un tiempo que deben vivir sin los recursos para subsistir y, por tanto, es un tiempo que no pueden aprovechar libremente y que deben pagar con su salud y bienestar.

En México, según las estimaciones de Evalúa CDMX, hay 84.2 millones de personas que viven con pobreza de tiempo. Sin embargo, ésta no es su única carencia. La mayoría de estas personas carecen de tiempo libre, precisamente porque deben hacer trayectos inmensos hasta su lugar de trabajo o deben cubrir más de una jornada laboral.

Como se puede apreciar, el tiempo libre está interrelacionado dialécticamente con el trabajo, y es también un recurso indispensable para el bienestar social, precisamente porque es el que, en buena medida, puede ser gastado para potenciar el libre desarrollo de las personas. Por eso son tan importantes las luchas de los trabajadores por la reducción de la jornada laboral o el derecho a vacaciones porque, parafraseando a Mariátegui, la revolución no es sólo la conquista del pan, sino también la conquista del arte, la ciencia y todas las complacencias del espíritu humano. 


Escrito por Pablo Bernardo Hernández

Licenciado en psicología por la UNAM. Maestro y doctor en ciencia social con especialidad en Sociología por el Colegio de México.


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