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Abentofail Pérez Orona
Guerra y barbarie, los estertores del imperialismo
El capitalismo, al menos desde que inició su fase degenerativa, a partir de la Segunda Guerra Mundial, ha buscado instrumentos de legitimidad que hagan pasar su política económica belicista como presentable e incluso necesaria para la humanidad.


El capitalismo, al menos desde que inició su fase degenerativa, a partir de la Segunda Guerra Mundial, ha buscado instrumentos de legitimidad que hagan pasar su política económica belicista como presentable e incluso necesaria para la humanidad. Es evidente que la crisis del imperialismo, notoria y palmaria desde la insaturación del neoliberalismo en la década de los 70, es fundamentalmente producto de una política de acumulación orientada a incrementar brutalmente las ganancias de una minoría a costa de la miseria de miles de millones de seres. Esta política por sí misma no se sostiene, y menos aún los métodos que los medios de comunicación tradicionales ocultan en ese foso oscuro al que llaman “daños colaterales”. Después de privatizar los bienes estatales, el neoliberalismo ha apostado por la guerra como forma última de acumulación, es decir: destruir para construir. Esta política, a la que se ha dado en llamar “economía del caos” o economía del genocidio, ha hecho de la muerte un negocio. Sólo a partir de la Segunda Guerra Mundial, una guerra con un claro carácter imperialista cuyos efectos no fueron más catastróficos gracias al sacrificio invaluable que la unión Soviética hizo por la humanidad, Estados Unidos (EE. UU.) ha intervenido militarmente en al menos 30 países: Corea, China, Indonesia, Cuba, el Congo, Vietnam, Nicaragua, Panamá y, más recientemente, en Irán, Afganistán, Yemen, Siria, etc. Esto sin contar la intervención “indirecta” a través de las revoluciones de colores, golpes de Estado organizados y auspiciados sólo por esta nación y guerras proxi, es decir, intervención militar indirecta a partir del envío de armas, dinero y tecnología militar, como sucede hoy con el patrocinio norteamericano a Ucrania e Israel.

En otras palabras, EE. UU. y en general, todo el bloque occidental, sostienen sus economías a partir de una política belicista que ha costado a la humanidad millones de vidas y que no se detendrá por sí misma. Esta política, aunada a las contradicciones inevitables de la decadencia del capitalismo: pobreza, hambre, enfermedad, pérdida de empleos y hogares, no puede, de ninguna manera, sostenerse por sí misma; requiere de respiración artificial, de artilugios, de juegos de manos que la hagan pasar por valedera a los ojos de la humanidad. En ese sentido Hollywood ha prestado una ayuda inestimable; actitud comprensible si se observa que detrás de los grandes corporativos de comunicación se encuentra el mismo capital que sufraga la guerra y la muerte.

Al perder el dominio y la dirigencia sobre las demás clases; al ponerse en tela de juicio la legitimidad de un genocidio como el que hoy se perpetra en Palestina; al ser cuestionadas las intervenciones y los recortes en materia social que antes se hacían pasar como gastos necesarios de guerra para detener al “comunismo”, al “terrorismo”, a las naciones en posesión de armas nucleares nunca comprobadas, etc., el bloque Occidental proimperialista pierde control real sobre el destino de millones de seres. Los gobernados empiezan cuestionar las leyes consideradas eternas que hasta entonces habían obedecido dócilmente.

Presenciamos el momento más crítico de la hegemonía occidental y la política imperialista. Las ideas que hasta hoy eran “incuestionables” comienzan a resquebrajarse y, como no podía ser de otra manera, esto no es más que un efecto de una descomposición estructural, de una contradicción que no debe buscarse en la pura guerra ideológica, sino en la crisis definitiva de un sistema que no puede emplear a miles de millones de seres a los que, o sostiene con dádivas o arroja insensiblemente al basurero social, mientras un microscópico sector de la población se ahoga en la opulencia.

El mundo ha cambiado, las riendas de la nueva economía mundial están hoy en manos de China y Rusia. Los BRICS, como recientemente remarcara el presidente ruso Vladimir Putin, controlan más del 40 por ciento de la economía mundial; concentran una tercera parte de la superficie terrestre del planeta y casi la mitad de la población mundial. En términos políticos han desplazado a los bloques antes hegemónicos como el G7. El liberalismo, y más concretamente el neoliberalismo, ha demostrado ser una política inservible e irracional para los tiempos actuales. Realistamente, en un espíritu científico totalmente objetivo, hoy debe reconocerse que lo que Marx apuntara en El Capital hace más de 150 años es esencialmente cierto. El capitalismo encontraría sus propios límites en su desarrollo. Mientras más creciera la potencia, más cerca estaba de llegar a su fin. La acumulación de capital no podía ser eterna.

La política de Donald Trump, que en este sentido como en todos los importantes no se distingue de la de sus contrincantes demócratas, persigue el sueño de un renacimiento norteamericano de un regreso al pasado, de revertir el proceso de descomposición del capital, de resucitar a los muertos. ¿Qué significa esto en los hechos? Se pretende hacer otra vez de EE. UU. una potencia económica cuando ni en broma podría competir con el desarrollo, la tecnología y los salarios de, por ejemplo, China. Se pretende hacer volver a una sociedad entera, desacostumbrada al trabajo manual, a las fábricas. Se quiere obligar a las empresas a que, por la fuerza, y en contra de todas las leyes económicas, vuelvan sobre sus pasos hacia EE. UU. o, mejor dicho, hacia el Siglo XIX. Es un sueño, una utopía y un despropósito. ¿Quiénes son las víctimas de este delirio? Principalmente los migrantes que aceptaban salarios miserables, que vivían sin prestaciones, que cobraban en negro y que, por ello, le dejaban cuantiosas ganancias a los inversionistas que sólo así podían competir con los países industriales en ascenso.

El fascismo de Trump, como el de Netanyahu y el de casi todos los gobiernos de la Unión Europea, no es un simple desquiciamiento. Es que, como en los albores de la Segunda Guerra Mundial, la crisis del capitalismo hace aparecer lo más monstruoso, lo más feroz y despiadado del sistema. El fascismo no es más que el hijo monstruoso del capital. Hoy renace porque lo necesitan; hoy se propaga nuevamente por Europa e incluso por América, véase el casi Milei, porque es irracional, absurdo, vil y sanguinario, exactamente lo que el imperialismo en decadencia necesita, una política económica ajena a los intereses de la humanidad, irracional.

A Donald Trump no podría entendérsele sin la crisis. En tiempos de decadencia la desesperación ve en la demagogia, en la locuacidad y en las medidas más disparatadas la salvación. Son tiempos de mesianismo en los que, como dijera Marx, la debilidad va a refugiarse en la fe en el milagro. Trump no hubiera sido posible sin una crisis como la que vive EE. UU. Es una medida desesperada, una tabla de salvación a la que se aferra una sociedad que, mientras espere que el cambio venga de arriba, tendrá que esperar sentada y en la más absoluta desesperación. El pueblo estadounidense, en la medida de sus posibilidades, debe tomar en sus manos las riendas de su existencia, de otra manera, sea Trump, Harris, Musk, republicanos, demócratas, centristas, etc., el futuro será desolador y catastrófico.

Pero no hay vuelta atrás. No habría diferencia alguna de contenido si el poder en EE. UU. lo tuvieran Trump o Kamala. Ambos son siervos de los mismos intereses, de las grandes empresas, de los monstruosos fondos de inversión como BlackRock o Vanguard, cuyo capital está apostado a la guerra. EE. UU. no puede renacer como potencia hegemónica. Todo imperio perece y ha llegado la hora final del imperialismo yanqui. Sin embargo, y es esto lo que debe preocupar a todas las naciones del mundo, particularmente a México, que tiene la fatalidad de ser el patio trasero del imperialismo, no aceptará su derrota tan fácilmente. No se dejará desplazar sin rabiar, sin golpear y morder. Eso pone en peligro a las colonias como México, que viven sometidas a la política norteamericana. 


Escrito por Abentofail Pérez Orona

Licenciado en Historia y maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).


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