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Opinión
El queso con las peras. Alimentación y lucha de clases
Uno de los objetivos históricos de la clase trabajadora es la lucha por las mejoras económicas y sociales y la lucha por el poder político y, de paso, apropiarse de la sal de la Tierra, del queso y de las peras.


Un viejo adagio atribuido a Mao ha pasado a formar parte de los lugares comunes de la ciencia política y de la difusión del marxismo en el imaginario colectivo: “nunca te olvides de la lucha de clases”. Sean cuales fueren los matices que se le puedan añadir a dicha expresión, en última instancia ésta se refiere a que todas las cuestiones políticas, económicas, culturales o simbólicas están atravesadas por el interés de la clase social a la cual uno pertenece y que, en definitiva, las clases antagónicas se expresan y se realizan en la lucha, en el conflicto. Dicho de otra manera, la realidad social existe en una confrontación permanente, caracterizada por dinámicas de dominio, explotación y opresión, por un lado, y resistencia, sublevaciones y rebeliones, por el otro.

Ya en las primeras épocas del desarrollo capitalista de producción, los principales teóricos del marxismo lo advirtieron en el Manifiesto del Partido Comunista: “la historia hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”. Los intereses de la burguesía, la clase dominante y dirigente que se instauró en el poder y que eventualmente se volvió hegemónica, primero en Europa y después en el resto del mundo; de las dos revoluciones decimonónicas –la industrial y la francesa– y los intereses del proletariado, la clase dominada pero productora de la riqueza social y constructora de las condiciones materiales sobre las que caminaba el mundo, se volvieron irreconciliables, antagónicos. Ese antagonismo, esa incapacidad (mejor dicho, imposibilidad) para dirimir el conflicto de las clases sociales antitéticas fue la condición de posibilidad para la continua lucha de clases, para el enfrentamiento entre las distintas clases sociales, entre los poderosos y los débiles, los explotadores contra los explotados y los dominantes contra los dominados.

Si bien es cierto que el conflicto social existe, la lucha de clases casi nunca adopta la forma de un enfrentamiento físico o militar, ya que el dominio se implementa de formas más sofisticadas en donde el proceso de dominación ideológica juega un papel fundamental y la opresión opera por otros cauces. La opresión, el dominio y la explotación de las clases sociales dominantes nunca han sido abiertas y descaradas, antes bien, se han perfeccionado la sutileza, el ingenio, el escamoteo y el camuflaje para sostener el orden de las cosas y el dominio sobre los desfavorecidos. También es cierto que los dominados han perfeccionado el arte de la resistencia y que rara vez aceptan su suerte y su miseria sin ofrecer dificultades a los poderosos. Oprimidos, pero no vencidos. También es cierto que la lucha de clases, el antagonismo social fue anterior al sistema de producción capitalista y que, durante el Ancien Regime, en los estertores de la Baja Edad Media, la lucha se expresaba de las maneras más misteriosas y sus caminos, igual que los de Dios, eran inescrutables.

Una de las extrañas maneras en que el dominio de los poderosos era ejercido contra los subalternos en la sociedad preindustrial nos es revelado en El queso con las peras, la historia de un refrán, del historiador italiano Massimo Montanari, especialista en la historia de la cultura y la historia de la alimentación en Europa durante la Edad Media y en los albores de la Modernidad. En un texto breve, pero con todo el rigor y la creatividad del método historiográfico, Montanari se propone hacer la genealogía de un refrán enigmático que fue muy popular durante los siglos XIV y XVI en diversas regiones de la Italia rural y campesina y que, con distintas variantes, pervive hasta nuestros días y que decía: 

Al contadino non far sapere/ quanto e buono il fromaggio con le pere.

No dejes que el campesino sepa qué bueno está el queso con las peras.

Montanari se propone tratar con toda la seriedad y rigurosidad posible dicho refrán “tratarlo como un texto de pleno derecho y pensar en él como una ventana al mundo, es decir, como un documento histórico.”[1] La singularidad que Montanari ve en el refrán, y el leit motiv para dicho estudio histórico radica en lo enigmático que le pareció dicho refrán; esto, porque principalmente, las culturas campesinas de las sociedades preindustriales eran mayoritariamente analfabetas y la oralidad era el vehículo por donde se transmitía la sabiduría condensada en apotegmas, aforismos, refranes o consejos para advertir y ayudar a enfrentar la vida. Algo parecido a esto nos dice Robert Darton sobre las fábulas y los cuentos de las comunidades rurales del antiguo régimen (como Caperucita Roja), que servían como mecanismo de prevención para evitar cometer errores que pudieran resultar fatales para los individuos y para la comunidad en un entorno sumamente hostil para los pobres de esa época.

Aun cuando Carlo Ginzburg advierte la dificultad para explicar la cultura de los subalternos de las sociedades rurales de la Baja Edad Media únicamente a partir de refranes o preceptos simples –ya que consideraba que “dilucidar la fisonomía de la cultura popular exclusivamente a través de los proverbios, los preceptos o las novelitas era absurdo”[2]– Montanari nos enseña que sí es posible, de alguna manera, a través de un refrán, observar las formas de vida de dichas comunidades y las contradicciones de la sociedad que engendró esa cultura.

Porque como mencionaba anteriormente, Montanari encuentra en el refrán sobre el queso y las peras algo que no termina por cuadrar. Lo específico del refrán era la transmisión (anónima) de la sabiduría colectiva, puesto que, en un mundo fundamentalmente analfabeta como el campesino, el refrán condensaba el conocimiento sin firmar del grupo. Pero el refrán del queso y las peras no parece querer transmitir el conocimiento de la realidad sino, más bien, ocultarla. “Su objetivo es negar el acceso al conocimiento y negárselo, paradójicamente, al campesino”.[3]

Qué era lo que se le quería ocultar al campesino. A primera vista, la treta parece inocua. El refrán buscaba ocultar las bondades de aquella combinación y evitar que los campesinos descubrieran que comer queso con peras era una mixtura deliciosa que maridaba muy bien, pues siguiendo un refrán francés contemporáneo “Dios no ha unido matrimonio más acertado que la pera y el queso”. Pero sucede que en aquella cultura los alimentos no eran únicamente un simple objeto dietético o nutricional, antes bien, eran tratados como “sujetos dotados de personalidad, de un estatuto social muy preciso”. El orden de la alimentación y los productos alimenticios estaba sujeto a la rígida jerarquía social existente.

En primer lugar, el queso fue históricamente un alimento de campesinos. Como documenta Montanari, Polifemo, el monstruo gigante que atormentaba a Ulises se alimentaba sólo de queso; Heródoto también discriminaba a las escitas como “ordenacaballos”. El ideal de civilización se construyó también sobre la tecnología para producir los alimentos y desde muy pronto se consideró una suerte de bárbaros a los consumidores de lácteos, puesto que eran incapaces de fabricar artificialmente su alimento y su bebida. Al queso le costó muchos siglos ennoblecerse y, en gran medida, su disposición en las mesas de las élites dominantes se debió a la incorporación a la dieta rústica de los monjes ya durante la edad media, ya que “la cultura monástica asumió un papel de mediación, introduciendo patrones de consumo populares en ambientes elitistas”.

Las peras –como los árboles frutales– por el contrario, fueron siempre alimentos preferidos de los poderosos, de los señores terratenientes que cultivaban para su degustación todo tipo de exquisiteces y manjares finos, puesto que “los alimentos para los campesinos no crecen en las ramas altas, sino en la tierra, incluso debajo de ella”. Sin embargo, a menudo también fueron degustados por los plebeyos que plantaban los árboles frutales en las fincas de sus amos.

A través de una revisión muy erudita de diversas fuentes, que van desde recetas de cocinas del Siglo XIV hasta el género poético frutal que tuvo su auge en el Siglo XVI, Montanari encuentra la clave hermenéutica para interpretar el refrán que nos ocupa. Según su conclusión, la mayoría de los terratenientes y de las élites durante la Baja Edad Media impulsaron un sistema educativo y cultural para privar al campesinado de la educación. De esta manera, el refrán del queso y las peras era un dispositivo cultural, un instrumento ideológico de la lucha de clases de los terratenientes contra los campesinos. Fue un refrán creado para el uso y la conveniencia de las clases dirigentes ya que, desde su perspectiva, si los campesinos lo supieran, devorarían todo y los caballeros sufrirían escasez.

Si lo anterior es una muestra de una forma temprana de la lucha de clases, los campesinos de la Edad Media no sólo eran víctimas, sino protagonistas activos que también, mediante su propia cultura, denunciaban la segregación existente a través sus propios refranes para evitar relaciones cercanas con los poderosos en las que siempre salían perdiendo. De hecho, los propios campesinos de diversas regiones volvieron la sátira contra sus opresores. Citando a Montanari: “(Existe) una versión extendida del proverbio, vengativa y liberadora, que todavía se escucha en los campos alrededor de Siena: 

Al contadino non far sapere Quanto è buono il formaggio con le pere. Ma il contadino, che non era coglione, Lo sapeva prima del padrone.

No dejes que el campesino sepa qué bueno está el queso con las peras. Pero el campesino, que no era tonto, lo sabía antes que el señor.”

No vamos a negar que uno de los objetivos históricos de la clase trabajadora es la lucha por las mejoras económicas y sociales y la lucha por el poder político y, de paso, apropiarse de la sal de la Tierra, del queso y de las peras. 

 


[1] Massimo Montanari, El queso con las peras. Historia de un refrán, Guijón, Ediciones Trea, 2010, p. 16.

 

[2] Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos: el cosmos según un molinero del siglo XV, Barcelona, Península, 2016, p.12

 

[3] Montanari, Op. Cit. p., 14

 


Escrito por Aquiles Celis

Maestro en Historia por la UNAM. Especialista en movimientos estudiantiles y populares y en la historia del comunismo en el México contemporáneo.


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