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Nacer pobre y sin educación aún marca el destino: CEEY
La movilidad social en México sigue atada al origen familiar: la educación y la inclusión financiera son factores clave para romper el ciclo de la desigualdad.


En México, el lugar y las condiciones en que una persona nace continúan siendo factores decisivos para su desarrollo. Según el más reciente estudio del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), la movilidad social en el país sigue estrechamente ligada al origen familiar, al nivel educativo y al acceso a servicios financieros.

Y es que de cada 100 personas que nacen en hogares con menos recursos, la mitad no logra superar esa condición en la edad adulta. Entre quienes provienen de familias donde los padres solo estudiaron hasta la primaria o menos, solo 9 de cada 100 alcanzan estudios profesionales. Así, la desigualdad se hereda de generación en generación, alimentada por la falta de oportunidades educativas y económicas.

Por otro lado, el estudio —basado en la Encuesta ESRU de Movilidad Social en México 2023— también revela que la inclusión financiera puede ser un puente hacia una vida mejor. Las personas que nacieron en hogares con menos recursos, pero cuyos padres tuvieron acceso a productos financieros, tienen 3.25 veces más probabilidades de alcanzar los niveles más altos de bienestar económico que aquellas cuyos padres no los tuvieron.

Sin embargo, solo 49 por ciento de la población mexicana cuenta con algún tipo de inclusión financiera, lo que empeora dependiendo de la región del país, por ejemplo, en el norte y noroeste el acceso alcanza cerca del 70 por ciento de la población, mientras que en el sur apenas llega al 30 por ciento. Las mujeres enfrentan aún más barreras: en el sur del país, solo una de cada cuatro tiene acceso a servicios financieros, frente al 35 por ciento de los hombres.

La brecha de género también se refleja en la movilidad social. Entre los hombres cuyos padres tuvieron inclusión financiera, 22 de cada 100 logran llegar al grupo con más recursos; entre las mujeres, solo 7 de cada 100 lo consiguen. En cambio, 67 de cada 100 mujeres permanecen en el estrato más bajo, frente al 46 por ciento de los hombres.

Detrás de estas cifras hay una herencia menos visible: los patrones culturales y financieros que se transmiten dentro de las familias. Quienes crecen viendo a sus padres usar servicios formales —como cuentas bancarias o nómina— tienden a confiar más en las instituciones y a repetir esos hábitos. En contraste, las prácticas informales, como las “tandas”, refuerzan la exclusión del sistema financiero formal.

El CEEY concluye que romper el ciclo de la desigualdad requiere sembrar dos pilares desde edades tempranas: educación e inclusión financiera. Solo combinando conocimiento, acceso y hábitos saludables con el dinero será posible construir un país donde el origen deje de dictar el destino.


Escrito por Adamina Márquez

Directora editorial de buzos web. Egresada de la Licenciatura de Ciencias de la Comunicación por la UNAM.


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