El teórico alemán Theodor Adorno escribió en 1941 un ensayo titulado Sobre la música popular.
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Vivimos en una época interesante en la que tenemos acceso prácticamente ilimitado a casi todo: películas, programas, telenovelas, deportes, videos largos y cortos y, sobre todo, música. Por supuesto, hace ya más de cien años, con la invención de la radio, empezaron a llenarse exponencialmente los espacios de silencio con sonido; y nuestras vidas se enriquecieron con información y entretenimiento que no requerían nuestra presencia física para ser escuchados.
En estos cien años, la tecnología no ha hecho otra cosa más que mejorar; y la música se ha vuelto cada vez más accesible para disfrutarla e incorporarla a otros medios. Las películas se han enriquecido con bandas sonoras orquestales y electrónicas; las series, los videojuegos, las caricaturas, incluso los videos que hoy se crean por montones en redes sociales, casi siempre están musicalizados.
Es tan poderosa la música que está presente en todos los espacios que habitamos. Incluso, los relojes modernos de algunas provincias han sustituido sus tradicionales campanarios por melodías populares para anunciar que una hora del día se ha cumplido a sus habitantes.
¿Es entonces la música –siempre o casi siempre presente– algo más que una comodidad, un adorno o un recurso para llenar silencios incómodos? ¿Acaso quienes la estudian, sean músicos o neurocientíficos, son los únicos que pueden obtener algo más de ella?
No necesito hablarte todavía de la ciencia detrás de la música ni conocerte personalmente para apostar a ciegas que tú, quien me estás leyendo, has tenido al menos una experiencia profunda con ella. ¿Recuerdas alguna primera cita en un café, en la que de pronto pusiste atención a la música de fondo? ¿O alguna escena de una película –una batalla intensa o un momento profundamente conmovedor–, en los que la música fue “el último empujón” para llegar a las lágrimas? ¿O quizá alguna canción te recuerda a alguien especial, te provoca “un nudo en la garganta” y “te transporta” a una escena específica de tu vida? Estoy seguro de que sí. Estamos diseñados para escuchar, vivir, hacer y comulgar con la música.
En un artículo de la revista de medicina de la Universidad de Harvard, Allison Eick propone: “La música también enciende prácticamente todas las regiones del cerebro –incluyendo el hipocampo y la amígdala, que activan respuestas emocionales a la música a través de la memoria; el sistema límbico, que rige el placer, la motivación y la recompensa; y el sistema motor del cuerpo”.
Esto ocurre porque la música va más allá de un simple estímulo sonoro: puede activar simultáneamente varias partes de nuestro cerebro. Por eso nos sentimos invencibles en el gimnasio y capaces de dar esas últimas repeticiones cuando pareciera que ya hemos llegado al límite. Ponemos música para trabajar, para inspirarnos al cocinar, para hacer los quehaceres del hogar, para descargar saludablemente la ira; y también para vivir y procesar el duelo.
Michele de L. Brêda Yepes escribe en la revista UNAM Global: “Al momento de escuchar música o bailar se activa el sistema límbico, lo cual produce placer y bienestar, específicamente en la amígdala; además, existe un aumento en la vía dopaminérgica de recompensa mesolímbica… cuando tocamos algún instrumento musical, se activan simultáneamente muchas otras áreas y redes neuronales, tornando este proceso en algo aún más complejo y hermoso”.
No estoy argumentando que todas las personas deban aprender a tocar un instrumento musical (aunque, bueno… quizá sí). La realidad es que no necesitamos ser los más afinados ni técnicamente preparados para “darle vuelo a la hilacha” y cantar, ya sea en la comodidad del coche o en la intimidad del baño. Y, a propósito del comentario: si decides aprender a tocar algún instrumento, vale la pena saber que nunca es demasiado tarde y que no existe una edad límite para intentarlo.
Hoy quise escribir esta breve divagación sobre la música para invitarte a ser un poco más consciente de la que te rodea, ésa que quizá no habías advertido y que está mucho más presente en tu vida de lo que imaginabas.
Tocar música, cantar o bailar –a solas o en grupo– es una manera de fortalecer, ejercitar y nutrir nuestro cerebro y emociones, así como fortalecer relaciones sociales y reducir la soledad. La música nos ayuda a procesar sentimientos complejos, a conectar con ideas propias y ajenas; nos motiva a ser y a hacer; nos vincula con causas sociales y nos realiza como seres humanos.
Quiero invitarte a que vivas la música que te gusta de una forma más consciente… ¿y por qué no?, también más intensa.
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Escrito por Isaí Fonseca Benítez
Médico Cirujano y Partero de la Escuela Superior de Medicina del Instituto Politécnico Nacional