Desde la conquista española, la nuestra es una historia de lucha de clases, donde los poderosos en cada etapa han impuesto su dominio económico y político.
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Son ya constantes y repetidas las amenazas de Donald Trump a la soberanía de varias naciones. Dinamarca fue advertida sobre la venta de Groenlandia; Panamá recibió un ultimátum respecto al canal que Estados Unidos pretende reconquistar; Canadá fue amenazada con el incremento de aranceles en más del 25% y, en última instancia, entre en serio y en broma, su anexión como el estado número 51 de los Estados Unidos. Finalmente, México fue advertido: o frena el tráfico de drogas y la inmigración o el ejército entrará a nuestro país a “poner orden”: una descarada amenaza de invasión.
La reacción de los distintos gobiernos fue de indignación. Al menos desde la tribuna ningún país se dejó intimidar. Todos, excepto México, plantaron cara a las provocaciones de Trump. ¿Cuál fue la reacción de la presidenta y el servil secretario de economía? Reírse del incidente. Ante la idea de cambiar el nombre del Golfo de México por el de “Golfo de América”, amenaza que implica más que un cambio nominal, la respuesta del brillante aparato ideológico de Morena fue sacar un mapa de hace cuatro siglos y declarar “A Estados Unidos vamos a llamarle América Mexicana, se oye bonito”. ¡Pero qué inconsciencia! Las declaraciones de la presidenta son ignominiosas, indignas y ajenas a la grandeza de un pueblo como el nuestro. Intentar rebajar el incidente a la mofa para despreocupar a las masas, es la salida más falsa y catastrófica que pudiera imaginarse. Parecerán fanfarronadas o bravuconerías, pero las advertencias de Donald Trump esconden algo mucho más peligroso que eso.
La decadencia de Estados Unidos como potencia mundial es indiscutible. El cambio de táctica de Trump responde a una necesidad, no a una ocurrencia. Las promesas de campaña en las que enfatizaba una posible paz en la guerra ruso-ucraniana; el incremento de aranceles a los países miembros de la OTAN que hasta entonces habían servido lacayunamente a los Estados Unidos; incluso la amenaza con empezar a cobrar a entidades políticas como Taiwán “su protección”, lejos están de significar un síntoma de rejuvenecimiento; son, en realidad, un verdadero terror al fortalecimiento de potencias enemigas, aunado a un debilitamiento cuyas causas atribuyen erróneamente las cúpulas estadounidenses a su “excesiva liberalidad” a la hora de distribuir sus recursos en los innumerables frentes abiertos de la “Guerra Total”.
El principal objetivo de los Estados Unidos sigue siendo, gobierne quien gobierne, mantener su hegemonía a nivel mundial y, en consecuencia, cerrar el camino, con las armas en la mano de ser necesario, a cualquier posible competidor. En ese sentido, la estrategia del Departamento de Defensa, que en 1992 hiciera pública The New York Times, sigue siendo la misma: “Nuestro principal objetivo es impedir que vuelva a surgir un nuevo rival. Para ello, debemos tratar de impedir que una potencia hostil domine una región cuyos recursos basten para convertirla en una potencia mundial”. Esta “potencia hostil” era entonces, y es ahora, China. La paradoja radica en que en el momento en que la oligarquía norteamericana trazaba esa estrategia, su poder e influencia eran superiores a los del gigante asiático. Hoy las cosas se han trocado en su contrario. ¿Cómo entonces –y esto es lo que no alcanza a comprender la estulticia de la clase gobernante de nuestro país– hará frente un país en crisis a una potencia en ascenso? Haciéndose fuerte entre los débiles; multiplicando el saqueo y la destrucción en las naciones que no pueden defenderse de la fiera herida; apropiándose de los últimos recursos de los países colonizados para así lograr acumular la fuerza que se fuga inexorablemente por otros frentes.
Las amenazas de Trump tienen más sentido del que puede pensarse. La locura de los poderosos es peligrosa y tildarlo de estrafalario o bufonesco para evadir la amenaza puede ser sólo por tres razones: cobardía, confabulación o estupidez. Pero hace ya décadas que el gobierno mexicano no representa al pueblo. A esa cúpula entreguista nada le importa si el saqueo además de ser económico pasa a ser territorial. Por eso es un absurdo confiar en una clase dispuesta a entregar nuestra cabeza a los verdugos en bandeja de plata. Sólo el pueblo mexicano puede salvar a México. Hoy es necesario recordar que no tenemos más patria que ésta, más tierra que la que nos vio nacer y más dignidad que la que logramos conquistar con nuestra lucha. Otros momentos de nuestra historia han sacado a relucir un patriotismo que hoy la globalización y el imperialismo califican de conservador y anacrónico, precisamente por saberlo peligroso para sus intereses. El nacionalismo, así como en algunas circunstancias puede devenir en chauvinismo y reaccionarismo, en otras, como las que determinan ahora a todos los países del Sur global, se convierte en un arma revolucionaria.
«El globalismo financiero busca, posiblemente, un Estado global sin barreras al flujo financiero; plataformas de servicios financieros conectadas con empresas transnacionales (ETNs); control de los Bancos Centrales independientes de gobiernos estatales; pérdida de entidad de lo estatal-nacional; posibilidad de una fuerza armada global, como la OTAN; una moneda independiente de cualquier país…» (Andrés Piqueras).
Frente a este globalismo financiero pensado para proteger los intereses de una élite internacional cada vez más voraz en la medida en que los recursos escasean, defender a México se convierte en una tarea prioritaria para todos los hombres y mujeres biennacidos. Se vislumbra un recrudecimiento en la política colonial que por siglos los Estados Unidos han practicado en México y América Latina. El saqueo del que fuimos y somos víctimas se agravará. Se aproxima la hora en la que los mexicanos, asustados de su propio presente, de sí mismos, transformen en actividad, en acción, la actitud que hasta este momento se asemeja más a la del agua estancada. Lo que está en juego no es sólo la soberanía, sino la existencia misma de un país que, a pesar de todos los males que le aquejan, no dejaba de contener en su seno la posibilidad intrínseca de transformación.
No pretendemos con esto un envalentonamiento pasional, un apretar de quijadas que pretenda sólo enseñar los dientes. Sabemos de la peligrosidad del enemigo. La única forma de hacer del patriotismo una fuerza efectiva radica en la organización de los millones de mexicanos inconformes y conscientes en torno a un partido que defienda los intereses de la clase trabajadora desde el poder, sumando fuerzas con las potencias en ascenso que hoy representan el progreso, y no dejándose arrastrar servil e indignamente por un imperio que se ensañará, en su desesperación, con las víctimas que menos resistencia ofrecen.
Desde la conquista española, la nuestra es una historia de lucha de clases, donde los poderosos en cada etapa han impuesto su dominio económico y político.
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Escrito por Abentofail Pérez Orona
Licenciado en Historia y maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).