Palestina y México no comparten una frontera, pero sí son blanco de las mismas armas del vecino más poderoso, que vigila sus fronteras todo el tiempo
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Hace 15 años, el multimillonario Warren Buffet advirtió: “claro que hay una lucha de clases, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está librando esta guerra. Y la estamos ganando”. Ya en 2026 y en medio de la escandalosa e innegable manifestación de aquella guerra, conviene recordar esa lapidaria sentencia, y reflexionar sobre nuestra posición en ella. No es opcional, estamos irremediablemente obligados a tomar una posición, y no tomarla nos pone del lado de los que van ganando.
En 2020, el contraalmirante francés François du Cluzel, presentó el estudio financiado por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Cognitive Warfare (Guerra Cognitiva), donde resume que el cerebro es el “nuevo campo de batalla del Siglo XXI”. Y no intento mostrar que todas las manifestaciones bélicas que hemos atestiguado en las últimas semanas y meses estén subordinadas a la guerra cognitiva. No. Las guerras frontales son paralelas a las guerras ideológicas. Según el documento, “se trata de debilitar a un adversario sin involucrarse formalmente en el combate. Es decir, una guerra de baja intensidad”.
En palabras del militar, miembro de la inteligencia de la OTAN, los objetivos de la ofensiva atlantista son: “cambiar la forma en que se piensa. Jugar con la atención, el lenguaje, el aprendizaje, la memoria, las percepciones y el pensamiento. Todo el conjunto de mecanismos de conocimiento”. Si esto les suena a manipulación, están en lo cierto; y si algo de esto notan actualizado en la operación de las redes sociales, aciertan nuevamente.
Hoy, más que nunca antes en la historia, el cerebro humano ha demostrado ser vulnerable, tanto individual como colectivamente. El mercado ha orillado “voluntariamente” a los individuos de la mayoría de las democracias occidentales a atestiguar la guerra cognitiva. Compramos los dispositivos con los que nos dominarán, muchas veces a crédito y en dificultades de pago; instalamos las aplicaciones con las que nos manipularán también; y reaccionamos pasivamente frente a todos los tópicos que nos aparecen en pantalla, y entrega a los productores de contenido más información de la que estaríamos dispuestos a confiar hasta las personas más cercanas.
Las Big Tech (Alphabet-Google, Amazon, Apple, Meta-Facebook y Microsoft), es decir, las empresas más dominantes, influyentes y con mayor capitalización de mercado en la industria tecnológica global, saben más de nosotros que nuestras propias familias, y muchas veces que hasta nosotros mismos.
Las consideraciones finales del documento de du Cluzel son una autocrítica a la OTAN, ya que se refieren, por ejemplo, a que “en conflictos como el de Afganistán, no han comprendido los entornos humanos complejos y extranjeros”, así explican ellos su derrota en aquel conflicto.
A nosotros, el bando más débil de la guerra de clases, los pobres, nos conviene también someternos a una exhaustiva autocrítica, que debería comenzar por preguntarnos ¿por qué permitimos que nos arrebaten la capacidad de asumirnos como una clase social?
Una vez asumida nuestra pertenencia al prolerariado, nos queda reconocer que nuestra existencia no es neutral, y que sólo al consolidarnos como un bloque humano, podemos hacer frente a las amenazas de esta guerra.
Es inminente: la guerra nos ha alcanzado; y es obligación humana defender nuestra tierra, al hermano, a la vida. La primera cruzada está en defender la cabeza propia, en sentido figurado y literal.
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El incremento en la videovigilancia, cabe destacar, no es un invento de Brugada, sino una constante morenista en la CDMX.
Caos total. No terminaba ni siquiera la primera semana de 2020 cuando todo mundo se volcó a lo que sucedía en el Capitolio norteamericano.
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Escrito por Manuel Pérez
Licenciado en Comunicación por la UNAM.