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Hace algún tiempo leí el libro Entre las cuerdas: cuadernos de un aprendiz de boxeador, del sociólogo Loïc Wacquant. Se trata de un libro etnográfico donde el autor nos relata su experiencia como alumno de box en el gimnasio de un barrio pobre de Chicago a finales de la década de 1980.
El libro es interesante porque reconstruye los procesos sociales y educativos que dan origen a un deportista. La cuestión pudiera parecer irrelevante a primera vista, pues podríamos preguntarnos “¿qué más da hablar de cómo aprende un boxeador, un futbolista u otro deportista? Se trata de experiencias comunes, ¿no?”. De algún modo esto es cierto.
Todas las personas aprendemos una enorme cantidad de cosas a lo largo de nuestra vida; algunas las aprendemos de forma colectiva y más o menos espontánea (como el lenguaje, los modales o el comportamiento en la vía pública); mientras que otras requieren de una instrucción más metódica (como los deportes, las artes, las ciencias y las humanidades).
Sin embargo, suele ocurrir que cuando aprendemos algo lo hacemos reflexionando poco o nada sobre nuestro propio proceso de aprendizaje. Cuando digo reflexión me refiero a observarnos y comprendernos a nosotros mismos como parte de los procesos que vivimos. La reflexión es como un espejo del pensamiento. No obstante, digo que cuando aún estamos en proceso de aprender algo reflexionamos poco o nada, precisamente, porque estamos más ocupados aprendiendo que viéndonos aprender. Incluso si la reflexión se encuentra presente, si después de reiterados aprendizajes logramos examinarnos a nosotros mismos como parte de nuestras experiencias, incluso entonces nuestra sola mirada será insuficiente.
Por más que miremos al espejo de nuestro pensamiento, sólo podremos ver nuestro reflejo, pero no a nosotros mismos. Por eso, como decía Hegel, es necesaria la mirada de los otros; sólo con el cruce de nuestras miradas y de nuestras críticas podemos visualizarnos y comprendernos mejor.
Es por esto que las ciencias de la educación resultan imprescindibles para conocer la manera en que se forma nuestra subjetividad y nuestra consciencia. Estas ciencias son un esfuerzo colectivo por estudiar y comprender los procesos educativos que nos dan origen y que permiten la producción y reproducción de la cultura y de la sociedad en general. Por eso es que trabajos como el de Wacquant resultan sumamente interesantes.
Pero decidí hablarles de este libro porque, en él, su autor plantea que el gimnasio y el boxeo ayudan a desbanalizar la vida cotidiana de los jóvenes del barrio pobre donde realizó su trabajo de campo. ¿Qué quiere decir esto?
Cuando hablamos de vida cotidiana nos referimos, comúnmente, a todas las cosas que hacemos de manera rutinaria para subsistir y reproducir nuestro modo de vida: despertar a las 5 a.m., tender la cama, usar el transporte público, asistir a clases o cumplir una jornada laboral, hacer compras, preparar alimentos, lavar ropa, cuidar a otros, pagar servicios, etc.
Por supuesto, en la vida cotidiana también ocurren eventos poco usuales; algunos son inesperados o accidentales, como ganar una rifa o recibir una mala noticia; otros eventos, sin embargo, son resultado de esfuerzos importantes, como un viaje, una graduación o un concierto. Este tipo de eventos, de alguna manera, ayudan a dar relieve y volumen a una vida que, por su carácter repetitivo y rutinario, podría volverse plana e insatisfactoria.
En un contexto de pobreza, como el estudiado por Wacquant, las personas deben dedicar la mayor parte de su tiempo a subsistir, y los eventos que dan relieve y volumen a su vida no suelen ser tanto productos de la planeación como del azar. Es menos probable que una persona pobre planee y haga un viaje vacacional al año, a que sea despedida del trabajo.
Bajo estas condiciones, un gimnasio público con clases de box ofrece no sólo un espacio para realizar actividad física, sino también un proyecto que algunos jóvenes pueden suscribir. Dicho proyecto permite que aparezcan nuevas aspiraciones (mejorar la condición física, participar en un torneo o incluso vivir del boxeo), mismas que influyen sobre las inclinaciones y preferencias de los jóvenes (estar más dispuesto a gastar tiempo y recursos entrenando). En este sentido, el gimnasio contribuye a dar un relieve y volumen positivos a la vida de algunos jóvenes.
Ahora bien, lo que dice Wacquant sobre el gimnasio de un barrio pobre en Chicago es aplicable a muchos otros ámbitos de la vida. Las clases de danza y pintura, los clubes de ciclismo, ajedrez o lectura, las clases de artes marciales, la misma escuela e incluso algunas profesiones u oficios, etc., pueden contribuir a desbanalizar la vida cotidiana.
Si quisiéramos sacar conclusiones de política pública de estas breves reflexiones podríamos decir que es necesario ofrecer, de manera gratuita, espacios deportivos, culturales, educativos e incluso recreativos en los barrios pobres de nuestras ciudades. Por supuesto, esta idea no es novedosa y las reflexiones anteriores no son el único argumento en su favor; sin embargo, siempre es necesario hablar en defensa de este tipo de políticas.
En este punto me gustaría dar un paso adicional para hablar de un tema que está implicado en lo que ya mencionamos, pero que es necesario subrayar. Me refiero a la importancia social y personal del futuro.
¿Por qué es necesario darle orientación, relieve y volumen a la vida? Porque para nosotros subsistir no es suficiente. Como dice Marx, las personas somos seres vivientes, sociables y conscientes. Necesitamos también de la compañía, afecto y reconocimiento de los demás, pero también necesitamos comprender el mundo y construir en él las cosas que edificamos en nuestra mente.
Dos de los rasgos adaptativos que nos distinguen como especie son la capacidad de proyección a futuro y la posibilidad de elaborar planes de forma colectiva. En cierto modo, somos animales que sueñan para construir juntos un futuro mejor.
Ese futuro ha sido creado accidental y paulatinamente desde hace siglos por las y los trabajadores. Cambiamos al mundo en pequeñas dosis y ese mundo, cada vez más humano, nos cambia a nosotros. Aprendimos a construir rascacielos, aviones, e inteligencias artificiales, pero también aprendimos a escribir literatura, a curarnos y a educarnos. Estos desarrollos, y muchos otros, han permitido que, en cada momento histórico, región del mundo, cultura y sector social, surjan una gran variedad de formas singulares de ser humano.
No obstante, estos seres humanos individuales necesitan proyectar futuros que le den sentido a su vida. Esta necesidad puede ser parcialmente ahogada por las dificultades de subsistir en la pobreza. Como decía Arjun Appadurai, la posibilidad de pensar el futuro también está desigualmente distribuida. Sin embargo, sigue siendo necesario desbanalizar la vida cotidiana.
Pero la cuestión no termina aquí. Si el problema fuera sólo éste, entonces podríamos arreglarlo con gimnasios, escuelas y parques. Pero el problema no es sólo darle algún propósito inmediato, cualquier propósito, a las personas. Es necesario, también, que ese propósito abarque a la vida de manera conjunta y contribuya a resolver de manera radical los problemas de nuestras sociedades.
Las religiones ya contribuyen a darle un sentido a la vida (ilusoriamente, si se quiere). La política hace algo parecido, pues cada partido o agrupación trata de movilizar las esperanzas y aspiraciones de la gente para obtener respaldo electoral. Sin embargo, y del mismo modo en que las escuelas y los parques no resuelven la pobreza y desigualdad estructurales del capitalismo, ni solucionan la avanzada genocida del imperialismo estadounidense, tampoco las religiones ni la mayoría de los grupos políticos ofrecen una solución a estos problemas. Algunos de estos grupos, como el sionismo o el fascismo, incluso, contribuyen a empeorar la situación.
Frente a estos problemas, necesitamos recuperar y fortalecer nuestra capacidad para soñar y esperar un futuro mejor, donde radicalmente se resuelvan los problemas que aquejan a las grandes mayorías; donde la búsqueda de ganancia no guíe los destinos de las naciones, ni mantenga guerras, ni propicie genocidios; donde la subsistencia sea una garantía, y la vida misma sea en principio menos banal y provea del bienestar suficiente para que cada quién encuentre los caminos para realizarse y florecer plenamente. En esto es preciso soñar. Por supuesto, los sueños solos no cambian al mundo, pero son un norte que nos ayuda a mantener el rumbo.
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Escrito por Pablo Bernardo Hernández
Licenciado en psicología por la UNAM. Maestro y doctor en ciencia social con especialidad en Sociología por el Colegio de México.