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Brasil Acosta Peña
El gran ausente
El gran ausente en América Latina es el Partido Marxista-Leninista.


El gran ausente en América Latina es el Partido Marxista-Leninista. Efectivamente. En su conferencia “100 años con Fidel Castro Ruz: vigencia de su obra y pensamiento”, el pasado 13 de agosto de este año, el ingeniero Aquiles Córdova Morán destacó, entre muchas enseñanzas, que Fidel Castro tuvo el mérito de leer correctamente el descontento social y el hartazgo derivado de la explotación: primero de los españoles y posteriormente de las empresas norteamericanas. Al triunfo de la Revolución, justo cuando debía conformar el gobierno, se percató de que no todos “los barbudos” tenían la preparación para asumir altos cargos directivos y, por ese motivo, recurrió a los cuadros reclutados y formados por el Partido Comunista Cubano.

De esta suerte, podemos decir que a la Revolución le faltaba partido y al partido le faltaba Revolución; la combinación entre uno y otra de corte marxista-leninista fue obra, fundamentalmente, de Fidel.

El primer Partido Comunista de Cuba se fundó en agosto de 1925, después del triunfo de la Revolución de Octubre de Lenin y bajo el impulso de la política internacional de la Internacional Comunista. Los fundadores fueron Julio Antonio Mella, quien fuera líder estudiantil, y Carlos Baliño, colaborador histórico de José Martí. Posteriormente, la organización se convirtió en la Unión Revolucionaria Comunista en el año de 1939 bajo recomendaciones de la Comintern (Tercera Internacional) en torno a formar “Frentes Populares” y, en su interés por legalizarse, pactó con Fulgencio Batista.

Ante la Segunda Guerra Mundial y en un intento por suavizar los efectos de la propaganda anticomunista, en 1944 adoptó el nombre de Partido Socialista Popular (PSP) en lugar de Comunista (proceso similar al surgimiento del Partido Popular Socialista, PPS, en México en 1948, impulsado por Vicente Lombardo Toledano), justo al revés de lo efectuado en su momento por Marx y Engels quienes, para diferenciarse de los movimientos socialistas utópicos y anarquistas de su época, llamaron sin ambages a su organización Partido Comunista.

Una vez que triunfa la Revolución Cubana en 1959, Fidel Castro inicia un proceso de unificación de las fuerzas revolucionarias y crea las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) en 1961; más tarde, ve la conveniencia de estructurar el partido y se conforma el Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC), en 1962. Finalmente, el tres de octubre de 1965 se funda el Partido Comunista de Cuba (PCC), denominación que sustituyó al antiguo PURSC.

¿Qué pasó en América Latina? José Revueltas, en su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, criticó las desviaciones del Partido Comunista Mexicano y aseveró que no había vanguardia revolucionaria en México. Criticaba la subordinación al régimen y el hecho de que, lejos de encabezar a los trabajadores, “funcionaba como un dique para el verdadero nacimiento del partido leninista que hacía falta en el país” (después Revueltas fue inconsecuente con sus propios principios, pero ésa es otra cuestión). Con su cercanía y sometimiento al régimen, la izquierda arrebató al proletariado su autonomía, capacidad de organización y combatividad.

En América Latina, ante la caída del socialismo real en la Unión Soviética, el movimiento revolucionario de izquierda transitó de la vía armada y de la línea ortodoxa del comunismo hacia la vía democrático-burguesa para luchar por el poder y, desde ahí, ayudar a los trabajadores. Ante el desprestigio de los gobiernos neoliberales que privatizaron los servicios y abandonaron a la clase trabajadora, el descontento requería medidas urgentes. En muchos casos, el triunfo de las “izquierdas” vendedoras de humo, como señala Andrés Piqueras, logró frenar momentáneamente la indignación de las masas, en tanto su discurso y algunas medidas paliativas generaron la percepción de cambio.

Sin embargo, como la contradicción fundamental permaneció intacta ‒es decir, el sistema capitalista continuó explotando a los trabajadores bajo los mismos principios constitucionales del régimen, sólo que con otro color en el poder‒, el resultado es el que presenciamos hoy; porque tales izquierdas no se decidieron a transformar al régimen y únicamente pretendieron atraer la atención electoral mediante paliativos o dádivas; y ahora, el avance de la derecha se evidencia más. Tal empuje está determinado por el intento del imperialismo norteamericano por mantener su hegemonía a través de regímenes afines, que aprovechan el desprestigio de esa falsa izquierda para posicionar a sectores de extrema derecha que adoptan formas fascistas de gobierno.

¿Qué ha pasado? Que el gran ausente ha marcado una huella y hoy reclama su posición en la historia de América Latina. Efectivamente, la falta de partidos de corte marxista-leninista y de una organización internacional regional de esa misma índole permitió que, con las mismas herramientas democráticas mediante las cuales llegó la izquierda al poder, se posicionen ahora partidos de derecha proimperialistas. Las “izquierdas” que gobernaron se conformaron con administrar los recursos sin alterar las condiciones esenciales de explotación; por el contrario, se dedicaron a la corrupción y a las disputas de facción, debilitando al movimiento. El pueblo no se está educando por esas organizaciones y toma partido por la derecha sin prever las repercusiones en su propio perjuicio. Esto no es responsabilidad de los obreros, sino del partido que no los ha educado por asumir que basta con ganar elecciones, se volvió puramente electorero y omitió el principio marxista fundamental: la liberación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma. Como enseñó la Comuna de París; la clase trabajadora no puede limitarse a tomar la maquinaria del Estado burgués para sus propios fines, sino que debe transformarla radicalmente.

Ésa es la lección de Cuba: La Isla se sostiene ante los embates del imperialismo porque su pueblo fue educado en la visión socialista por el Partido Comunista Cubano y en el principio de que los pueblos tienen derecho a decidir su propio destino. Para lograr esto en el resto del continente, resulta indispensable la creación del partido marxista-leninista. Por ello, el pueblo debe saber que, en México, el Movimiento Antorchista es un movimiento revolucionario de corte marxista-leninista que pretende que ese gran ausente asuma las riendas de la educación y organización de las masas para la toma del poder político y la construcción de un régimen al servicio de los trabajadores. 


Escrito por Brasil Acosta Peña

Doctor en Economía por El Colegio de México, con estancia en investigación en la Universidad de Princeton. Fue catedrático en el CIDE.


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