Mares y pasos geoestratégicos son el campo de batalla de Estados Unidos (EE. UU.) en su antagonismo con China y Rusia.
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Estados Unidos (EE. UU.) ha gastado alrededor de 101 mil millones de dólares en apoyo militar a Ucrania, más 24 mil millones solicitados por Joe Biden al Congreso en agosto, y 600 millones adicionales anunciados hace una semana por el Departamento de Defensa. “Hasta el 31 de mayo, la ayuda total de Occidente a Kiev ascendía unos 177 mil millones de dólares, según una estimación del Instituto Kiel para la Economía Mundial” (RT, 13 de septiembre). Según el Instituto Kiel, entre febrero del año pasado y el de este año, la Unión Europea (UE) aportó 30 mil millones de euros a la guerra en Ucrania.
El consabido argumento de los halcones del pentágono es que ello se hace “por la libertad”. “EE. UU. no vacilará en su compromiso con el pueblo ucraniano mientras luche por su libertad e independencia” (Biden dixit); soberana mentira para marear al pueblo norteamericano, que nos recuerda la “justificación” de George W. Bush para invadir Irak en 2003, cuando afirmaba que el gobierno de Sadam Hussein poseía armas de destrucción masiva, armas jamás encontradas.
En realidad, la guerra tiene, después de su propósito fundamental de imponer la hegemonía global de EE. UU., motivos inmediatos más pragmáticos, concretamente el negocio de la guerra. El embajador de Rusia en la ONU, Vasili Nebenzia, calificó el apoyo a Ucrania como “una mina de oro” para la industria armamentista norteamericana, cuyo peso en la economía es decisivo: “Más de 14 mil empresas registradas en suelo estadounidense hacen negocios con fines militares” (RT, 13 de septiembre). Y sigue creciendo, favorecida por la guerra: actualmente se construye en Texas una nueva planta productora de proyectiles de artillería “para apoyar a Ucrania”. Sin guerras, este sector armamentista no tendría demanda, y la economía norteamericana sufriría un gravísimo quebranto. Es su flotador.
En contraparte, el daño social es enorme. Se está mandando al matadero a los ucranianos en la tan cantada como fracasada “contraofensiva”: desde su inicio, a principios de junio, han muerto en batalla más de 71 mil. Y el pueblo norteamericano paga también los platos rotos. Ejemplos. Entre 2021 y 2022, el número de niños en pobreza se duplicó: de cuatro a nueve millones: “… es el incremento más grande en pobreza para los menores de edad en un año en la historia de EE. UU. (…) (resultado) de desactivar programas que funcionaron efectivamente para reducir la pobreza (…) La tasa de pobreza general oficial se incrementó de manera dramática de 7.8 por ciento de la población a 12.4 por ciento, según datos del Buró del Censo de gobierno de EE. UU” (La Jornada, 12 de septiembre).
Otro indicador es la desatención al problema de la vivienda. Tan sólo en Los Ángeles, más de 11 mil personas viven en “cámperes”. “Algunos de los que viven en casas rodantes tienen trabajo, pero no quieren pagar el alquiler de un departamento o no pueden permitírselo (…) En cinco años (…) el número de vehículos de este tipo en las calles ha aumentado: de más de cuatro mil 500, en 2018, a más de siete mil 100 (…) la vivienda es cara” (CNN, cinco de junio de 2023)
Y se alzan voces, en EE. UU. y Europa, exigiendo un alto a la masacre desatada por la OTAN y al gigantesco gasto que conlleva. “Debemos dejar de invertir dinero en el pozo ucraniano, dijo el senador republicano J.D. Vance…” (RT, 13 de septiembre). Richard Stern, experto en presupuestos de Fundación Heritage, afirma: “sólo los paquetes de ayuda oficiales ascienden a la asombrosa cifra de 113 mil millones de dólares, lo que supone unos 900 dólares por cada familia estadounidense (…) (según) el presidente de la Fundación Heritage (…) las autoridades estadounidenses ‘han fracasado a la hora de abordar las preocupaciones’ de sus ciudadanos (…) la administración Biden está exigiendo que los contribuyentes estadounidenses gasten miles de millones más de su dinero duramente ganado para financiar ciegamente otro conflicto internacional (…) The Daily Signal publicó los resultados de una encuesta sobre el aumento de la ayuda militar a Kiev. De acuerdo con los resultados, la mayoría de los votantes republicanos e independientes se opone a la medida” (RT, 14 de agosto).
En el Reino Unido, en junio, 11 mil personas firmaron una petición para suspender la ayuda a Ucrania. Proponen realizar un referéndum para tal efecto. “Los signatarios acusan a las autoridades de intervenir ‘en un bando en el conflicto de Ucrania, sin ningún mandato de los ciudadanos’, asegurando que la decisión les ha hecho ‘sufrir enormes consecuencias económicas (…) el aumento de la energía, el coste de la vida, los tipos de interés, la inflación, el desempleo, las subidas de impuestos y tasas (…) daños comerciales y servicios gubernamentales reducidos (…) en caso de llegar a la meta de 100 mil firmantes, la iniciativa será considerada para su debate en el Parlamento” (RT, 25 de junio de 2023).
En la UE: “El ministro federal de Finanzas de Alemania aseguró (que) actualmente la economía alemana se encuentra en una situación ‘tensa’, en parte debido a los altos costos que representa el apoyo a Ucrania (…) La Comisión Europea advierte que el presupuesto a largo plazo previsto para seis años (desde 2021 hasta 2027) ha sido ‘explotado al máximo’, sobre todo debido a los potentes paquetes de ayuda destinados a Kiev (…) A pesar de la crítica situación financiera, el diario Politico reporta que la Comisión Europea está preparando un paquete adicional de ayuda financiera para Ucrania de unos 19 mil 700 millones de dólares por año para el periodo comprendido entre 2024 y 2027” (RT, 17 de junio de 2023).
Por su parte, en Ucrania, en asociación con Fondos de inversión norteamericanos, funcionarios del corrupto gobierno de Kiev igualmente hacen negocios al amparo de la guerra. “Al igual que con BlackRock, las actividades de JP Morgan en Ucrania son una estratagema eficaz para apoderarse de las propiedades públicas y explotarlas en interés de los países occidentales (…) Si el gobierno ucraniano incumple el pago de los eurobonos, los activos del Estado pasarán a ser propiedad del banco, escenario muy probable, dado que el déficit presupuestario de Ucrania está ahora cubierto por el FMI (…) la empresa pública ucraniana Naftogaz está negociando con los gigantes extranjeros Chevron, ExxonMobil y Halliburton la venta de sus activos (…) El control del sector del petróleo y el gas de Ucrania caerá en manos de estos monopolios (…) entre 2020 (cuando Zelenski firmó la ley que abrió el mercado de la tierra) y 2022, Monsanto, Cargill y Dupont se hicieron con casi 17 millones de hectáreas de tierra cultivable en Ucrania, alrededor del 52 por ciento de toda la superficie agrícola del país. Antes y después de 2014 (…) Halliburton, propietaria de la empresa de mercenarios KBR, y Monsanto, propietaria de otra empresa de mercenarios, Academi (antes llamada Blackwater), patrocinó a los nazis del Batallón Azov y Sector Derecho (…) Al mismo tiempo, las propias inversiones irán a parar a las cuentas de banco de funcionarios ucranianos y de un pequeño grupo –personalmente Zelenski, quien, según Forbes, aumentó su fortuna de 500 millones de dólares a mil 500 millones de dólares el año pasado– (…) La cooperación exterior mutuamente beneficiosa consiste en la transferencia de propiedades públicas a cambio de préstamos varias veces inferiores al valor real de los activos, y los directivos ucranianos actúan como gestores de ventas” (portalmpr21, ocho de junio de 2023).
En fin, la guerra, además de sus objetivos estratégicos, a saber: la hegemonía mundial de EE. UU., tiene también motivos económicos inmediatos, concretamente el negocio de la guerra, principalmente de la industria militar y los fondos de inversión que, literalmente, cual verdaderos buitres, medran entre la muerte en los campos de batalla, y despedazan y devoran un país. El pueblo norteamericano, y el ucraniano, además del ruso, sufren las consecuencias. El mundo entero debe exigir un alto a la agresión de la OTAN contra Rusia, y al uso criminal de los ucranianos (cada vez más por la fuerza) como carne de cañón en una guerra de agresión irremisiblemente condenada al fracaso.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.