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Aquiles Córdova Morán: La crisis terminal del capitalismo (primera parte)
Para mayor realce, esta obra no se circunscribe a un análisis coyuntural: es la visión de toda una época histórica, de sus raíces y perspectivas: el fin del imperialismo.
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El jueves ocho de febrero, en la Ciudad de México, se presentó el libro La crisis terminal del capitalismo, escrito por el Ingeniero Aquiles Córdova Morán, secretario general del Movimiento Antorchista Nacional. Tuve el honor de participar en esa presentación, y de lo que ahí expuse presento aquí una síntesis. La temática del libro está ubicada en 2015. A algunos pudiera parecer un anacronismo publicar hoy ese material pero, paradójicamente, la distancia temporal misma reviste una gran importancia metodológica, pues permite valorar las tesis expuestas al trasluz de los acontecimientos posteriores y resalta su calidad de profundas verdades científicas, que cuando lo son en verdad, deben mostrar capacidad predictiva; las que formula el autor reúnen sobradamente esa característica. Para mayor realce, esta obra no se circunscribe a un análisis coyuntural: es la visión de toda una época histórica, de sus raíces y perspectivas: el fin del imperialismo.

La profundidad del análisis se explica, primero, por la vasta erudición del autor, el manejo del verdadero método científico de las ciencias sociales, el conocimiento de las leyes que rigen el desarrollo social, en resumen, por el pensamiento marxista. Pero no por un marxismo académico, sino como ciencia probada en la dura práctica de la lucha social en que se forja y pule como teoría, y de la que ha surgido, también, como resultado, el propio autor. Recordemos que las teorías se precisan, confirman o corrigen en el crisol de la práctica, en este caso, de la práctica revolucionaria.

De imponderable valor son las advertencias sobre la decadencia del imperialismo ya en fase terminal; entre otras amenazas se nos advierte del riesgo de una guerra nuclear desatada por Estados Unidos (EE. UU.); pero la alternativa surge en forma de contradicción: sólo otra fuerza igual, o superior, pero opuesta, y Rusia es la única potencia capaz de hacerle frente, actuar como fuerza disuasiva y salvar así a la humanidad del holocausto nuclear. EE. UU. sabe, plantea el autor, qué implicaciones le acarrearía desafiar en la arena nuclear a Rusia. Este país, en alianza con China, actúa entonces como valladar contra las ansias destructoras del imperialismo. El triunfo de una u otra fuerza determinará el futuro del mundo. El conflicto global no nos es ajeno.

El autor no se limita a la mera descripción. Explica el origen y gestación del imperialismo, como poder mundial de los monopolios y el capital financiero, en las postrimerías del Siglo XIX y principios del XX, y cuyo inexorable fin anticipa. Después de exponer las fases del capitalismo, recala en ésta, la “fase superior”, como la llamó Lenin, que suprime la competencia y la pequeña empresa, concentrando todo el poder económico, y político, en un puñado de titanes empresariales. A esto se llega como consecuencia necesaria de la “ley general de la acumulación del capital” (descubierta por Marx), vía concentración y centralización.

El desarrollo tecnológico capitalista provoca una doble consecuencia: desempleo masivo y empobrecimiento; y por otro lado, un formidable aumento de la capacidad productiva y la producción; ambos fenómenos combinados generan un exceso de mercancías en los países ricos, mismas que deben encontrar compradores en otros países. Dice el autor: “En realidad, el libre cambio es la solución que el imperialismo encontró una vez que no pudo vender toda su producción dentro de su país; es decir, surgió para venderles esas mercancías a otros países. Por eso, plantearon la apertura de las fronteras (…) para que las mercancías circularan libremente. ¿Por qué? Porque así pueden inundar nuestros mercados con lo que a ellos les sobra (que es mucho). Prefieren hacer eso que elevar la capacidad adquisitiva, de compra, de sus trabajadores, porque esto disminuiría la ganancia del capital …” (Págs. 28-29).

De los bancos, dice, concentran el dinero sobrante que no halla cabida en los países ricos (la saturación de capitales) para invertirlo en países pobres. “Alguien podría pensar que exportar capitales a países en vías de desarrollo no es malo, pues se dice que “incentiva la economía”. Pero (…) (esos capitales) No van a ayudar a la gente pobre, sino a expoliar la mano de obra y los recursos naturales. El claro ejemplo es México: aquí, las empresas privadas norteamericanas ensucian nuestros ríos y mares, adquieren energía barata (son las que menos pagan en electricidad), se les dan facilidades para comprar terrenos, compran las materias primas a precios de regalo y pagan a los trabajadores salarios de hambre. ¿Qué beneficio obtiene de ahí México? Ninguno” (Pág. 30).

Esta demencial búsqueda de mercados es el verdadero acicate de las guerras imperialistas. EE. UU., arrastrando a Europa y la OTAN, está cercando a Rusia amenazando su existencia misma como país. Aunque este cerco de Occidente inició desde la Primera Guerra Mundial imperialista, de la que surgió como su contrario la esperanza de la humanidad: la revolución socialista de Lenin, analizada acuciosamente por el ingeniero Córdova. Vino luego la Segunda Guerra Mundial, otro intento de las potencias por repartirse el mundo. Hitler quería todo para Alemania y entró en colisión con las potencias capitalistas; mas su verdadero enemigo era la Unión Soviética, que constituía un faro guía para la humanidad. En el Capítulo II de la obra, se analiza de manera pormenorizada la gestación y el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas. Dejo al lector el disfrute de su lectura.

Situados ya en el presente, y resaltando de manera brillante una conexión histórica esencial, conectando pasado y presente, nos advierte: “Precisamente, lo que vemos es el intento de Estados Unidos. de poner en práctica lo que Alemania quería hacer prematuramente, esto es, un imperialismo que domine al mundo entero, con una sola potencia hegemónica, que era lo que buscaba Hitler. Hoy, Estados Unidos quiere hacer realidad lo que Hitler no pudo. Los norteamericanos son los hítleres actuales; su filosofía de dominio es el fascismo de hoy (…) Y, otra vez, vuelve a aparecer la llama de esperanza, precisamente en el mismo lugar y en el mismo país: la esperanza vuelve a ser Rusia, con toda su capacidad militar y con toda su experiencia…” (Pág. 47).

Y EE. UU. ve muy claro el peligro que para su hegemonía representa el ascenso de Rusia con Vladimir Putin a la cabeza. “¿por qué tanto odio contra Rusia? (…) ¿Por qué ponen bases militares en torno a sus fronteras? Porque Rusia es el único país que tiene la capacidad de contestar un golpe atómico, ni siquiera China tiene esa competencia (…) “Rusia sigue siendo la única potencia en el mundo con la capacidad de destruir a Estados Unidos” (Plan de Defensa de Wolfowitz, citado renglones atrás) (…) ¿Por qué dicen que Rusia es el enemigo más peligroso? (…) Porque se opone a la hegemonía norteamericana, por eso es el enemigo número uno” (Pág. 54).

Pero, pregunta el autor: “¿por qué Estados Unidos tiene tanto interés por dominar al mundo? ¿Por qué esa tenacidad, esa tozudez, esa maldad, ese diabólico empeño en someter a los demás? El asunto es que no es una cuestión moral o de filosofía (…) es una cuestión netamente económica (…) Su naturaleza imperialista y los aprietos en los que se encuentra económicamente. (…) Exceso de mercancías y demasiado dinero (Pág. 55). Quedan así en ridículo seudoteorías como el “choque de civilizaciones”, de Samuel Huntington, la “defensa de los valores de Occidente”, de “la democracia” o del “orden basado en reglas”, y otras zarandajas del mismo jaez.

El autor no se queda en la superficie del problema y rechaza el análisis trivial tan del gusto de muchos “opinadores”, que consideran como motor de la historia a las ideas, fobias y filias de personajes “importantes”. Guiado por el materialismo histórico como hilo de Ariadna, va al fondo. Al respecto cuestiona: “¿Tanta maldad, tanta perversidad, tanta tenebrosidad (…) quién la dirige? ¿Quién manda en Estados Unidos? (…) manda el capital financiero. No mandan Barack Obama ni el Estado norteamericano. Detrás de ellos, que son las figuras visibles, se esconde gente muy tenebrosa (…) el “Estado profundo” (…) Ése es el que toma realmente las decisiones, decisiones que muchas veces atentan incluso contra su propio pueblo y le mienten echando la culpa a otros” (Págs. 60-61). Continuaremos comentando en próxima colaboración. 


Escrito por Abel Pérez Zamorano

Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.


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