Más bien es la culminación de una falla estructural que se ha agravado durante los últimos años, marcada por decisiones políticas, problemas financieros y un modelo de distribución ineficiente.
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Actualmente, muchas personas buscan refrescarse en lagos, lagunas, ríos, piscinas, canales de riego, presas, entre otros espacios semejantes. Sin embargo, esto representa un problema, ya que en tales cuerpos de agua dulce puede encontrarse un microorganismo letal llamado Naegleria fowleri, conocida popularmente como “ameba comecerebros”. Su nombre resulta alarmante, pero, ¿qué es la “ameba comecerebros”?, ¿cómo puede ocurrir la infección?, ¿qué enfermedad provoca?, y finalmente, ¿qué medidas se deben tomar para evitar el contagio?
Aunque el nombre de la Naegleria fowleri, comúnmente conocida como “ameba comecerebros” pueda sugerir que su alimentación se basa en cerebros, la realidad es distinta. Se trata de un protozoario, es decir, un microorganismo unicelular. Es una ameba de vida libre que se encuentra principalmente en cuerpos de agua dulce de temperaturas cálidas. Sin embargo, la diferencia entre una ameba de vida libre y un parásito (ambos son protozoarios) radica en que N. fowleri no necesita un huésped para sobrevivir, pues se alimenta de bacterias, algas u otros microorganismos dispersos en el agua.
El ciclo de vida de N. fowleri en estos cuerpos de agua dulce deriva en tres formas conocidas como estadios, que adopta dependiendo de las condiciones ambientales, como la temperatura del agua o la escasez de alimento. Tales estadios permiten a la ameba alimentarse, reproducirse, movilizarse o sobrevivir. El primer estadio es el quiste, una forma esférica que adopta cuando el hábitat se vuelve muy adverso debido a la falta de alimento, a temperaturas inadecuadas o a la sequedad. Esta forma le permite sobrevivir durante meses mientras las condiciones mejoran. El segundo estadio es el flagelado, que es temporal. En éste, la ameba se transforma y desarrolla flagelos que le permiten moverse en busca de un hábitat más favorable. Finalmente, el tercer estadio es el trofozoíto, etapa en que la ameba puede alimentarse, reproducirse e infectar tanto a animales como a humanos.
La infección humana por N. fowleri puede ocurrir por el contacto con agua dulce con niveles insuficientes de cloro, lo que facilita la supervivencia de la ameba. En la mayoría de los casos reportados los pacientes son niños y adultos jóvenes que han tenido contacto con la ameba al realizar diversas actividades acuáticas recreativas o religiosas, como nadar, bucear, lanzarse al agua o practicar la ablución (una práctica principalmente realizada en países islámicos). Es importante destacar que esta ameba sólo puede causar infección cuando el agua contaminada ingresa al organismo por las vías respiratorias superiores; por lo tanto, el contagio no puede ocurrir al beber agua contaminada, no se transmite de persona a persona y no se encuentra en agua salada.
La infección ocurre cuando el agua que contiene trofozoítos de N. fowleri se introduce a la cavidad nasal y se adhiere a la mucosa de la nariz y, posteriormente, atraviesa distintos tejidos hasta llegar al nervio olfatorio, que la conduce directamente al cerebro, donde causa la enfermedad denominada “meningoencefalitis amebiana primaria” (MAP). Esta peculiar meningoencefalitis es una enfermedad que afecta el sistema nervioso central y es provocada por una inflamación exacerbada que causa hemorragia y muerte del tejido. Los síntomas de la enfermedad se dividen en dos etapas: la primera fase, conocida como temprana, abarca del día uno al cinco posteriores a la infección y se caracteriza por la presencia de intensos dolores de cabeza, fiebre, náuseas, vómitos y cambios significativos en el olfato y el gusto. La segunda etapa, denominada tardía, comprende del día seis al 18 y se manifiesta con rigidez en el cuello, fatiga, confusión, alucinaciones, convulsiones, pérdida del equilibrio, coma y, en la mayoría de los casos, la muerte.
Ésta es una enfermedad rara; de 1965 a 2025 sólo se han reportado 408 casos; sin embargo, su mortalidad resulta muy alta, con un porcentaje superior al 95. El reducido número de casos obtenidos en 60 años se debe, en gran parte, a la falta de diagnóstico oportuno; puesto que, debido a la similitud de los signos y síntomas causados por la MAP, este mal suele asociarse inicialmente con infecciones bacterianas o virales. Por ello, generalmente, cuando se logra establecer el diagnóstico correcto, ya es demasiado tarde.
No obstante, cuando el diagnóstico es oportuno, ya sea mediante tinciones para observar la presencia de trofozoítos de N. fowleri en el líquido cefalorraquídeo o mediante herramientas de biología molecular para cuantificar genes de esta ameba, se puede aplicar un tratamiento basado en la combinación de medicamentos antiinflamatorios esteroideos, antibióticos, antimicóticos y antiparasitarios. Sin embargo, incluso con tratamiento, la mayoría de los casos resulta fatal debido a la rapidez y la gravedad de la infección.
No existe una forma de prevenir o eliminar completamente el riesgo; sin embargo, sí se pueden tomar medidas sencillas de prevención, como evitar que el agua entre por la nariz mediante el uso de pinzas nasales, no remover el sedimento del fondo de ríos o lagos, evitar nadar en cuerpos de agua dulce durante olas de calor, en aguas mal tratadas o con niveles insuficientes de cloro, así como utilizar agua estéril o hervida para el lavado nasal.
Al adoptar medidas preventivas, el riesgo de contraer la MAP resulta bajo. A pesar de que en la actualidad no existen vacunas disponibles en el mundo contra N. fowleri, los esfuerzos de investigación se centran en la identificación de proteínas capaces de inducir una respuesta inmunitaria protectora en la ameba. Los científicos emplean herramientas bioinformáticas y biotecnológicas para diseñar péptidos o antígenos derivados de estas proteínas, con lo que pueden desarrollarse vacunas potenciales que prevengan la infección a causa de esta ameba.
Conocer el comportamiento de la “ameba comecerebros” no debe impedir disfrutar los pasatiempos en los cuerpos de agua; hay que fomentar tales actividades recreativas, pero de manera más consciente y segura.
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Escrito por María de la Luz Ortega y Ruben Herrera Ceja
Laboratorio de Inmunología Molecular, Escuela Superior de Medicina-Instituto Politécnico Nacional