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Omar Carreón Abud
Morena: menos democracia, más imposición
No se equivocan mucho quienes en ese movimiento político calculan que el atractivo de todas las ayudas para el bienestar no les alcanza para llegar al peso electoral que tuvieron en las pasadas elecciones.


todo vapor porque ya vienen las elecciones intermedias y es muy posible que Morena y sus aliados no vuelvan a gozar de una amplia mayoría en la Cámara de Diputados y en la Cámara de Senadores para imponer a los mexicanos sus intereses, se cocina lo que ha dado en llamarse una “reforma electoral”, denominación que oculta sus intenciones verdaderas que son las de concentrar más, mucho más, en una élite privilegiada de empresarios y políticos (que también son empresarios), todas las decisiones que atañen a los mexicanos, sobre todo, a los que viven de su trabajo.

No se equivocan mucho quienes en ese movimiento político calculan que el atractivo de todas las ayudas para el bienestar no les alcanza para llegar al peso electoral que tuvieron en las pasadas elecciones, tanto en las presidenciales como en las intermedias. Esas, “ayudas”, hay que insistir, no son generosidad de los potentados. Conviene recordar las palabras de Carlos Marx y Federico Engels que tantas veces han querido ser borradas de la sabiduría acumulada por la humanidad, pero vuelven a aparecer y adquieren una inquietante actualidad: “(La burguesía ya) No es capaz de dominar, porque no es capaz de asegurar a su esclavo su existencia, ni siquiera dentro del marco de la esclavitud, porque se ve obligada a dejarle decaer hasta el punto de tener que mantenerle, en lugar de ser mantenida por él”.

No les alcanza a los morenistas para su atractivo electoral, tampoco, porque ya no está presente la descomunal campaña propagandística que introdujo a Andrés Manuel López Obrador en el ánimo de los votantes hasta el grado de haberlo convertido en el supuesto libertador que ansiaba y necesitaba el pueblo de nuestro país. Cuando se sepa cuánto costó y quién pagó la arrasadora propaganda que duró más de dieciocho años, muchos políticos y politólogos que no estuvieron en la jugada, se irán de espaldas.

Ahora ya no hay algo parecido. Todo lo contrario. El morenismo enfrenta una dura ofensiva en los medios de comunicación y la agrupación que fundó López Obrador, identificada, que no cohesionada, por intereses personales muy inmediatos que, por una u otra razón, no se habían podido satisfacer durante los gobiernos anteriores, ya tiene rato que empezó a exhibir ante el país entero sus profundas grietas. Nunca hubo un plan coherente de transformación nacional que calara hondo en un mejor destino para los trabajadores que son, no sólo los que más lo necesitan, sino que constituyen, sin ninguna duda, la inmensa mayoría de los mexicanos.

Acabada, pues, o muy disminuida, la pretendida autoridad de Morena –no conquistada con sabiduría y resultados–, además de las fisuras, han empezado a trascender actos de corrupción que mucha gente conoce y censura, menos la autoridad encargada de sancionarlos. No sólo eso. El pueblo mira pasmado los gigantescos gastos que tienen que sufragarse con los impuestos para mantener en pie, sin brindar un buen servicio, los trenes de la transformación, el nuevo aeropuerto que jamás podrá sustituir al viejo, la refinería que poco refina y otras “ocurrencias”, que es la designación que ha conquistado el gusto del público.

Sólo hay espacio para un ejemplo. Aplastante, eso sí. “De acuerdo con los recursos aprobados para la obra emblemática del expresidente Andrés Manuel López Obrador, el siguiente año (o sea, el 2026) el Tren Maya operará con un presupuesto total de 32 mil 41 millones de pesos, de los cuales 30 mil 744 millones, o sea, el 96 por ciento son subsidios y apoyos fiscales… además, se estima que sólo va a generar ingresos por mil 287 millones de pesos” (El Universal, 18 de noviembre de 2025). Dinero, o sea, riqueza producida por el pueblo, tirada a un hoyo de hormigas arrieras.

Por el contrario. Según el más reciente informe Contra el imperio de los más ricos. Defendiendo la democracia frente al poder de los milmillonarios, publicado por Oxfam hace unos días, el mexicano Carlos Slim sigue encabezando la lista como la persona más rica de la región. “En los últimos cinco años desde el inicio de la pandemia, Slim ganó en un segundo lo que a una persona promedio en México le toma una semana de trabajo”. Impresionante. Sólo espero que el amable lector no se olvide de registrar que ésta es sólo una de las más escandalosas consecuencias de la consigna lopezobradorista que decía “Primero los pobres”.

Como consecuencia de la insólita concentración de la riqueza que se ha operado en el mundo, las élites están llevando a cabo una drástica reducción de la democracia con la que hasta ahora han justificado su dominación. El encogimiento de la democracia es el signo de los tiempos. También en México. Por las circunstancias específicas del atractivo electoral ya mencionadas y porque eso es una mezcla peligrosa ante el deterioro de los niveles de vida y el aumento de las cargas de trabajo de enormes masas de trabajadores, también en nuestro país está en marcha una “reforma electoral”.

Bien entendido lo anterior, nadie debería sorprenderse de ver que los morenistas ya van con la guadaña a cortar una buena porción de las pocas libertades democraticas que todavía quedan en el país. Una mayor restricción a la participación del pueblo en la conducción de los asuntos que le conciernen. “Mayor restricción” porque, como se sabe, el reconocimiento oficial de los partidos políticos en nuestro país, con todos los derechos inherentes a estos organismos de “interés público”, no está al alcance de quienes viven de su trabajo, para ellos, los requisitos son inalcanzables y, cuando se acercan a cumplirlos, pueden ser borrados, literalmente, de un plumazo, con una simple decisión administrativa por parte de quienes ya disfrutan de esos privilegios y se encuentran en el poder.

Ahora se trata –falta que se den a conocer los detalles porque Morena está negociando con sus aliados del PT y el PVEM que resultarán damnificados– de reducir los gastos en la democracia porque, según se dice, “eso quiere el pueblo”. Se trata también de retirarle al árbitro electoral, al INE, la poca independencia del Estado que hasta ahora tiene (proceso que ya inició desde 2023). Se busca disminuir drásticamente la cantidad de diputados y de senadores para apretar el control sobre ellos, tanto sobre su designación a las candidaturas, como sobre su desempeño (incluidos, claro, los aliados). No lo dude usted, con los artificios que sea, argumentando ahorros mientras se tira el dinero en subsidios a obras faraónicas fracasadas, ésa será la esencia de la “reforma electoral” que nos amenaza. Todavía menos poder e influencia para el pueblo. Ése, que trabaje y obedezca.

Sin la “reforma electoral” la clase trabajadora ya tiene inmensas dificultades para acceder al poder e influir en las decisiones públicas. Sólo tomando en cuenta que su tiempo está saturado por la jornada laboral y los tiempos de traslado que, en la mayoría de los casos, su educación formal es muy restringida y en los últimos tiempos muy deficiente, y que los recursos de que dispone apenas le alcanzan para mal mantener a su familia, queda claro que las llamadas libertades democráticas son un alejado privilegio de muy pocos. Ahora hasta se ha cuantificado:

Veamos. “Oxfam calcula que los milmillonarios tienen cuatro mil veces más probabilidades de ocupar un cargo político que las personas comunes”. Ciertísimo. Además, el organismo cita un estudio de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, que concluyó que los países con mayor desigualdad, como el nuestro, en el que el 10 por ciento de la población concentra el 60 por ciento de la riqueza, tienen una probabilidad siete veces mayor de experimentar erosión democrática que los países con menor desigualdad; este maligno proceso incluye debilitamiento del sistema de equilibrio de poderes, restricción de libertades civiles, manipulación de elecciones y la generalización de prácticas autoritarias.

Lo dicho: con Morena, menos democracia y más imposición. Pero el pueblo tiene derecho a la legítima defensa. La debe ejercer. 


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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