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Ensayo
Cuba, más que un símbolo, baluarte de la soberanía latinoamericana
La situación que atraviesa la invasión de Estados Unidos (EE. UU.) e Israel en Irán confirma un fenómeno que hace décadas sólo se decía sotto voce: el imperio no es invencible.


La situación que atraviesa la invasión de Estados Unidos (EE. UU.) e Israel en Irán confirma un fenómeno que hace décadas sólo se decía sotto voce: el imperio no es invencible. Fracasó en Vietnam, Corea, Irak, Afganistán y ahora vuelve a topar con pared. El mito de la inmortalidad del imperialismo se desvanece. En el caso iraní, las razones de su derrota no responden únicamente a deficiencias estructurales, al inevitable camino hacia la autodestrucción del capitalismo. Se revelan razones subjetivas, de carácter político y organizativo que no conviene ignorar ni abordar de manera circunstancial. En Irán, el pueblo tomó las armas y se atrincheró con una sola idea en la cabeza: “vencer o morir”. Millones de iraníes respondieron a los ataques norteamericanos e israelíes con bravura; nadie se ocultó, nadie huyó, ni una sola alma pidió misericordia. Irán es hoy un ejemplo de lucha y resistencia para todos los pueblos sometidos del mundo.

Pero la historia continúa. El chasco en Irán sólo enfureció al imperio. El fracaso de su política económica bélica en oriente medio le obliga a atrincherarse donde la resistencia es menor: América Latina. Los oligarcas norteamericanos pretenden compensar las pérdidas intensificando el saqueo en su patio trasero. Es necesario que los pueblos del continente se preparen para una embestida feroz; y el primero de ellos es Cuba. En este momento, esa pequeña isla enclavada en el mar Caribe representa el eslabón determinante de la historia; de su caída o de su resistencia depende el devenir del continente entero y, aunque parezca exagerado, del planeta.

Durante décadas, Cuba representó el límite del avasallamiento imperialista. Esta pequeña isla impedía que EE. UU. extendiera su égida más allá de Centroamérica. Es cierto que llegó, a través de inversiones de capital, a colonizar países enteros en América Latina, y que mediante golpes de Estado, en los que imponía gobiernos títere, maniató a naciones como Chile, Argentina, Colombia, etc. Sin embargo, el control era indirecto. Gran parte de las dictaduras fueron depuestas por revoluciones populares. Si EE. UU. no colonizó directamente todo el continente fue porque en Cuba lo detuvieron, porque en Cuba el pueblo liderado por Fidel le plantó cara y resistió lo indecible. Hoy el cerrojo de Latinoamérica parece romperse y el continente debe replantearse seriamente su política hacia Cuba.

Una misión histórica

Desde las primeras décadas del Siglo XIX, EE. UU. entendió la trascendencia de La Isla. Quien domine Cuba, pensaban los ancestros de Donald Trump (dotados de la misma decencia y escrupulosidad), dominará América, y nuestro “destino revelado” es explotar el continente entero. Así lo concebía Thomas Jefferson en 1820: “Yo confieso, con toda sinceridad, que siempre consideré a Cuba como la adición más interesante que pudiera jamás hacerse a nuestro sistema de estados. El control que con la Florida nos diera esta isla sobre el Golfo de México y los países del istmo contiguos, así como las tierras cuyas aguas desembocan en el Golfo, asegurarían completamente nuestra seguridad colonial”.

Cuba era por entonces propiedad de España y era una isla esclavista. La antigua metrópoli, a pesar de haberse quedado sin colonias en gran medida por el apoyo de EE. UU. a los movimientos insurgentes, no dudó en dejar en manos del naciente imperio el destino de su último reducto de poder. Napoleón amenazaba a Europa con un dominio militar y político total; Inglaterra se consolidaba como el taller del mundo y España… bueno, España quería salir lo mejor librada posible de la derrota. Por ello entregó Cuba y gran parte de la Nueva España a los norteamericanos.

Ya para 1870, el 85 por ciento de las exportaciones de Cuba, en gran medida el azúcar, dado que habían hecho de La Isla un país de monocultivo, iba a parar a EE. UU. La transición de colonia española a protectorado norteamericano era inevitable. A pesar de ello, en la “segunda independencia cubana” encabezada por José Martí, el Partido Revolucionario Cubano intentó por todos los medios despojarse de dos yugos. No lo logró, EE. UU. finiquitó la “independencia” en los Tratados de París de 1898 (en los que también se anexionó Hawái, Guam, Filipinas y las islas Wake) para posteriormente, a partir de la Enmienda Platt, anexionarse todo el territorio. A principios del Siglo XX, el primer paso para conquistar el continente entero se había dado, la combativa isla se había rendido y el camino quedaba libre. El Heraldperiódico vocero del gobierno norteamericano, lo vaticinaba décadas atrás en un texto titulado: “México y su destino manifiesto”:

“México será tarde o temprano absorbido por EE. UU. Tal es su destino manifiesto, y así le pasará a Cuba, Santo Domingo y a las otras repúblicas hispanoamericanas, que por tanto tiempo han dado suficientes pruebas de su incapacidad para gobernarse a sí mismas. Éste será el primer movimiento. Después seguirá otro, más importante aún, el de incorporar ‘gradualmente’ a estas repúblicas bajo un protectorado, y esto acabará definitivamente por la total y completa absorción, hasta que la bandera de los Estados Unidos ondee en todo el Continente”.

Más de la mitad del territorio mexicano fue arrebatado por los norteamericanos en 1848; al formalizarse la toma de La Isla, desaparecieron todos los obstáculos que impedían la realización del destino manifiesto: “América para los (Norte)americanos”. EE. UU. iba por el continente entero. Apareció, sin embargo, una contradicción interna que impidió que el dominio fuera total: la guerra civil. El capitalismo en Norteamérica no era homogéneo, los estados del sur se resistían a liberar a los esclavos y esto representaba un serio problema económico. Si se pretendía gobernar al mundo, había que barrer con todos los anacronismos. El conflicto interno frenó la carrera armamentística norteamericana por algunos años. A principios del Siglo XX, EE. UU., esa nación implantada y siempre ajena al movimiento histórico, estaba ya en condiciones de imponer su voluntad absoluta en lo que concebía como su territorio. En Cuba impusieron dos presidentes, el último de ellos, Fulgencio Batista, gobernó para los yanquis hasta 1959, año en que fue expulsado por una nueva oleada revolucionaria, esta vez triunfante.

La Revolución cubana

Fidel Castro, al frente del Movimiento 26 de julio, derrocó a la dictadura de Batista y organizó en su lugar un gobierno con tendencia socialista, firmemente anclado en la voluntad popular y diametralmente opuesto a los intereses del imperio norteamericano. Cuba pasó de ser el parque de esparcimiento gringo a convertirse en una nación soberana, libre y equitativa. Los fidelistas barrieron con todos los resabios de la dictadura norteamericana. Su política se centró, fundamentalmente, en la nacionalización de la industria. Lo que de la tierra cubana salía, al pueblo cubano llegaba. Ninguna nación se acercó tanto como Cuba al principio socialista: “de cada cual según sus capacidades, a cada quien según sus necesidades”.

La revolución cubana representó la punta de lanza de la lucha ideológica en América Latina. Su ejemplo se difundió en todos los pueblos del continente y allende los mares. Las luchas estudiantiles del 68 llevaban en Francia las banderas de El Che Guevara; en Chile, los seguidores de Salvador Allende creían en la Revolución gracias a Fidel; en África resonaba el nombre de Camilo, Fidel y El Che entre los millones de oprimidos por el colonialismo francés e inglés; Argentina, México y Centroamérica confiaron en sus propias fuerzas una vez que vieron caer a Goliat ante la onda de David. La música, el cine, la cultura en general volteó a ver a Cuba, el único pueblo que desafió al imperio. Cuba era un símbolo de Revolución, se cantaba a Cuba porque había abierto una grieta por la que la esperanza de todos los pueblos oprimidos del mundo se filtraba. Se había creado un símbolo, una luz que guiaba todos los intentos de despojarse, de una vez y para siempre, de la férula del imperio.

Pero Cuba era más que un símbolo. Con el triunfo de la revolución en 1959, los fidelistas cerraron el acceso de EE. UU. al Golfo de México, a Centroamérica y, en consonancia, a todo el sur del continente. El imperio norteamericano intentó por todos los medios implosionar la Revolución, ofreciendo asilo en EE. UU. a los cubanos nostálgicos de la dictadura, maquinando cientos de planes para asesinar a Fidel, enviando apoyo a la antigua aristocracia para que retomara el poder, etc., pero nada funcionó. El pueblo cubano se mantuvo firme por décadas y hasta ahora sigue de pie. No fue sólo gracias a su convicción. La vitalidad de la revolución no fue enteramente subjetiva, ideológica; la dignidad se sustentaba con pan. Cuba recibió durante décadas ayuda de la Unión Soviética y, mientras ésta existió, la pequeña isla no estuvo sola; cuando la URSS fue traicionada, sólo algunos países mantuvieron su apoyo y en un grado cada vez menor.

Este aislamiento puso a Cuba ante una disyuntiva aparentemente fatal: o se rendía al imperio o combatía sola, aislada geográfica y políticamente. El pueblo cubano eligió el segundo camino. Así lo decía Fidel:

“Cuando la URSS y el campo socialista (de Europa) desaparecieron, nadie apostaba un solo centavo por la supervivencia de la Revolución cubana. El país sufrió un golpe anonadante cuando, de un día para otro, se derrumbó la gran potencia y nos dejó solos, solitos (…) Perdimos todos los mercados para el azúcar, y dejamos de recibir víveres (…) Nos quedamos sin combustible de un día para otro, sin materias primas, sin alimentos, sin artículos de aseo, sin nada”.

En efecto, se habían quedado solos. El mundo admiraba su coraje, pero como a los santos, admiraba su martirio desde lejos.

Una vez que el chavismo llegó al poder en Venezuela, se dio a la tarea de salvar a Cuba, pero ojo, no fue un acto caritativo ni puramente solidario. La idea de Hugo Chávez fue siempre organizar a los pueblos de América Latina, la vieja idea bolivariana de una América Unida. Chávez entendió que la sobrevivencia del continente dependía de la salvación de La Isla. Si ésta caía en manos de los norteamericanos, el siguiente paso sería hacia el sur y una vez iniciada la conquista, nada la detendría. Por ello cubrió a Cuba con su manto protector:

“Caracas satisfacía casi la totalidad de las necesidades cubanas de petróleo hasta convertirse en su principal socio comercial; ello suponía el 45 por ciento del comercio exterior cubano, equivalente al 20 por ciento de su PIB en 2014” (Le Monde diplomatique).

Durante más de veinte años, la visión de Chávez, incluso ya con Nicolás Maduro en el poder, se sostuvo. De todas las naciones que se autodeclaraban socialistas, sólo Venezuela estuvo ahí para salvar a La Isla. Era una tarea estratégica que garantizaba a América su soberanía. La Doctrina Monroe seguía, sin embargo, amenazando al país. La idea de “hacer ondear la bandera de EE. UU. en todo el continente” no dejaba de repetirse en el despacho oval. Si el imperialismo se quiere salvar, debe acceder en su totalidad a la riqueza que todos los pueblos de América conservan para sí. Y para ello había que empezar por el principio, romper el cerrojo cubano.

¿Fanfarronerías o amenazas?

La resistencia cubana ha atravesado, desde la perspectiva del tema que aquí nos ocupa, tres fases. La primera, de 1959 a 1991, que representó la toma del poder por parte de los revolucionarios y la sobrevivencia, en gran medida, gracias al amparo del bloque comunista. La segunda, de 1991, año en que cae la Unión Soviética, después de un durísimo periodo especial, a 1999, periodo que comprende la lucha en solitario del pueblo cubano, una lucha caracterizada por la dignidad. La tercera, de 1999, con el arribo del chavismo al poder, a enero de 2026, fecha fatal para el pueblo venezolano (y latinoamericano) al ser derrotado sin siquiera dar la pelea (a no ser nuevamente los valientes cubanos que resistieron hasta la muerte). Una característica atraviesa todas las fases desde el triunfo de la Revolución: sin importar si existen aliados o no, bajo la metralla de sanciones permanentes, contra el poder y el sistema, La Isla ha sobrevivido, y ha sobrevivido casi sola. Esto no puede dejar de tener efectos sociales de los que se agarran los espadachines al servicio del capital para descalificar el proceso revolucionario. El hambre, la pobreza, el aislamiento, cansan; y hay que tener las convicciones muy firmes para resistir. Si bien es cierto que muchos han abandonado, la mayoría por debilidad, el grueso de los cubanos se mantiene firme, dispuesto a continuar con el sacrificio al que el imperio lo orilla y que el socialismo reclama.

En este momento, tras la caída de su aliado estratégico, Cuba atraviesa una de las más duras pruebas de su historia. Se ha quedado sin energía y todo lo que eso conlleva. Más allá de la solidaridad rusa, que llega del otro lado del hemisferio, La Isla se defiende en solitario, los gobiernos de América Latina, incluidos Brasil y Colombia, Lula y Petro, le están dando la espalda y poco comprenden que en el pecado les va la penitencia.

El plan de Trump y sus secuaces, una vez que han saqueado el planeta, es hacerse con las pocas reservas de petróleo que quedan, tierras raras, agua dulce, etc., así como la conquista de “nuevos territorios de inversión”. América es una fuente de recursos y de inversiones de capital, tal y como en Oriente son Palestina, Líbano o Irán. Cuba es el primer objetivo porque su conquista permitirá saturar de capitales a La Isla (hasta entonces resistente a ellos). Miles de millones de dólares ociosos esperan impacientes la caída del régimen; detrás de ellos, los millonarios fondos de inversión: Black Rock, Vanguard, J.P. Morgan, etc., acechan como buitres al malherido pueblo cubano. El plan de la desquiciada oligarquía imperialista es destruir La Isla para convertirla en lo que siempre han soñado, un centro vacacional paradisiaco, un resort en el que el pueblo cubano se limite a servir al turismo. Quienes impulsan la rendición del régimen, desde dentro y desde fuera, lo que están haciendo realmente es alentar el regreso de la esclavitud de una nación que tan caro ha comprado su libertad.

Por otro lado, el abandono de La Isla a su suerte es el primer paso de todos los pueblos de América para su posterior sumisión. Una vez que caiga Cuba le seguirán México, Brasil, Colombia, etc. Venezuela se rindió sin pelear y eso convenció al imperio de que la conquista será fácil. Lo que está en juego entonces en Cuba es algo más que la soberanía y la dignidad de una pequeña nación: está en juego el futuro de América Latina. O salvamos a Cuba o nos hundimos todos; esta vez no hay vuelta atrás; la reconquista de América entra en su fase más criminal y violenta. Como ahora vemos en Irán, Líbano, Palestina, Siria, Libia, etc., ni el imperialismo se detendrá ante nada ni el “socialismo” vendrá a salvarnos. La unión que requerimos empieza por la lucha nacional y continúa con la unidad continental. América Latina debe dejar de ser un ideal para convertirse en una realidad. En Cuba se comienza a definir el futuro del continente, luchar por y con ella es el primer paso para la salvación de toda la región. Sólo juntos, los pueblos de Latinoamérica podrán hacer frente a la embestida final del imperialismo. 

 


Escrito por Abentofail Pérez Orona

Licenciado en Historia y maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).


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