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El tren de Lenin y la revolución proletaria
Con los ojos fijos, la mandíbula apretada, el ceño fruncido y los nervios a flor de piel, Lenin atravesó el norte de Europa maquinando su programa político y afinando los detalles, con los que conquistaría el poder en Rusia
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Cuando Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, abordó el tren blindado rumbo a Petrogrado, que el káiser de Alemania Guillermo II le ofreció para asegurarse (y aprovechar) que Rusia saldría de la Primera Guerra Mundial, el revolucionario ruso estaba concentrado en unas ideas que nada ni nadie podían sacarle de la cabeza. Con los ojos fijos, la mandíbula apretada, el ceño fruncido y los nervios a flor de piel, Lenin atravesó el norte de Europa maquinando su programa político y afinando los detalles, con los que lograría la conquista de poder en Rusia, hacer la revolución y extenderla posteriormente a Europa y el mundo.

Nada lo perturbó, ni siquiera la turba que la tarde del cuatro de abril (del calendario occidental) se reunió frente a la estación de Zúrich, con carteles que lo acusaban de haber negociado y capitulado ante el régimen alemán y que decían: “¡Avergonzaos!, ¡Aceptar el dinero del Káiser!”, hacia los cuáles Lenin y sus camaradas dedicaron apenas una mirada indiferente.

En el tren blindado viajaron con Lenin 30 revolucionarios rusos (no todos bolcheviques), quienes aún recordaban las revueltas que, al inicio de 1917, habían surgido en su país por la falta de pan, y por el terror aún no superado a causa del “terremoto” que los había asolado semanas atrás. Al fin, después de ocho largos días, el grupo llegó a Petrogrado con la idea de reunir al Partido Bolchevique, aprovechar las manifestaciones de inconformidad y publicar un programa político independiente.

Como apunta Catherine Merridale: “El programa de Lenin ofrecía esperanza y dignidad a mucha gente humilde de su país; además de conceder una igualdad sin precedente a las mujeres”, ya que después de la grave crisis generada por la falta de granos, que había dejado a la mayoría de las clases trabajadoras sin pan, la vida en Rusia era como vivir en un volcán.

Construidas a martillazos desde su temprana aproximación al marxismo y afinadas en las bibliotecas públicas de las ciudades europeas, a donde peregrinó durante el exilio impuesto por el régimen zarista a inicios del Siglo XX, las ideas de Lenin habían madurado, tomado forma y, con férrea voluntad, se disponía a imponerlas en Rusia. Nada podía detener el torrente revolucionario que bullía en su cabeza, y estaba dispuesto a luchar con todo y contra todos para ponerlas en práctica.

Así nacieron las Tesis de Abril, un documento que cambió el mundo. Según Michel Löwy, las tesis que éste contenía provocaron el viraje teórico más rico en consecuencias históricas. La Revolución de Octubre de 1917 no puede entenderse sin la ruptura que propuso Lenin con respecto a la ortodoxia de la II Internacional: “Yo no soy socialdemócrata, soy comunista”, espetó alguna vez al constatar la pereza teórica que dominaba a los partidos socialistas más importantes de Europa y les reprochó el apoyo brindado a sus gobiernos para entrar a la Primera Guerra Mundial.

Lenin abría la senda revolucionaria en las Tesis de Abril, que pueden sintetizarse en estas tres consignas: “¡No apoyemos al gobierno provisional! ¡Pan, paz y trabajo! y ¡Todo el poder a los soviets!”. La fuerza de estas proclamas, que fueron como un “trueno en un cielo completamente azul”, perturbó la línea política que los demás partidos izquierdistas habían adoptado cómodamente, y que a Lenin le valieron el calificativo de aventurero y, a sus tesis, la calificación del “delirio de un loco”.

Porque dentro de los partidos izquierdistas se repetía, como el Credo, el silogismo político de la II Internacional en torno a que, como Rusia era un país atrasado, no estaba maduro para el socialismo; que la revolución solo podía ser burguesa; y que, por lo tanto, la toma del poder por los soviets era una locura.

Lenin, en cambio, propuso pasar en seguida al control de la producción social, y a la repartición de los productos entre los soviets de los diputados obreros; así como obtener el apoyo de los campesinos para establecer una línea política de poder proletario al margen y contra la de la burguesía rusa. Ya no era prematuro pensar en el socialismo: la Revolución Rusa debía ser una revolución proletaria.


Escrito por Aquiles Celis

Historiador por la UNAM y analista del CMEES


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