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Deportes
¿Por qué Cuba es un país exitoso en el deporte?
El caso cubano constituye un ejemplo de cómo una política pública consistente puede convertir al deporte en un instrumento eficaz de desarrollo humano, formación social y proyección internacional.


Desde hace décadas, una idea domina buena parte del discurso político occidental: la democracia liberal y la economía de mercado constituyen el camino más eficaz hacia el desarrollo. Bajo esa lógica, los países que no se ajustan a tal modelo deberían exhibir un desempeño inferior en la mayoría de los indicadores del supuesto progreso. Sin embargo, la experiencia del deporte cubano constituye una excepción que merece un análisis desapasionado. A pesar de las limitaciones económicas que enfrenta La Isla y de las críticas dirigidas a su sistema político, Cuba ha construido uno de los programas deportivos más exitosos de la historia contemporánea, si se considera el tamaño de su población y la magnitud de sus recursos económicos.

No se trata de una apreciación ideológica, sino de un hecho ampliamente documentado. Desde la década de 1960, Cuba se consolidó como una potencia olímpica en disciplinas como boxeo, lucha, judo y atletismo. Hasta los Juegos Olímpicos de París 2024, el país había obtenido más de 240 medallas olímpicas, alrededor de 85 de oro; por lo que ocupa un lugar entre las veinte naciones más exitosas de la historia del olimpismo, pese a contar con apenas unos once millones de habitantes. Diversos estudios muestran, además que, al ponderar variables como la población y el Producto Interno Bruto, el rendimiento deportivo cubano figura entre los más eficientes del mundo (Sanabria-Navarro, Niebles & Silveira-Pérez, 2023).

Con el triunfo de la Revolución en 1959, el deporte ya no se concibió como una actividad reservada para quienes podían costearla y se convirtió en un derecho social. La creación del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDEFR) en 1961 constituyó una política de masificación deportiva que integró educación física escolar, detección temprana de talentos, formación de entrenadores, medicina deportiva y acceso gratuito a instalaciones especializadas. Este modelo no perseguía únicamente la obtención de medallas; también buscaba formar ciudadanos saludables, disciplinados e integrados a proyectos colectivos.

El sistema deportivo cubano se estructuró escalonadamente. Desde las escuelas primarias, se promovía la práctica masiva del deporte y se identificaba tempranamente a jóvenes con aptitudes sobresalientes. Más tarde, éstos podían ingresar a las Escuelas de Iniciación Deportiva Escolar (EIDE), continuar su formación en las Escuelas Superiores de Perfeccionamiento Atlético (ESPA) y, finalmente, integrarse a los equipos nacionales. Este proceso estaba respaldado por entrenadores especializados, médicos, fisioterapeutas, psicólogos y centros de investigación dedicados a optimizar el rendimiento deportivo.

Mientras que, en numerosos países, el acceso al deporte de alto rendimiento depende, en gran medida, de la capacidad económica de las familias o de la inversión privada, el modelo cubano procuró que el origen social no determinara las oportunidades de un atleta. Como sostienen Huish, Carter y Darnell (2012), el deporte en Cuba constituye una estrategia integral que articula objetivos educativos, sanitarios y de proyección internacional.

Esta diferencia no es menor. El liberalismo económico suele sostener que la competencia y el mercado asignan recursos de manera “más eficiente”. Sin embargo, el caso cubano sugiere que existen ámbitos en los que la planificación estatal puede producir resultados sobresalientes cuando se combina la continuidad institucional, formación técnica y una política pública sostenida durante décadas. El éxito olímpico de Cuba no surgió espontáneamente; fue el resultado de una decisión política de convertir el deporte en una prioridad nacional.

Con frecuencia se afirma que los logros deportivos cubanos responden exclusivamente a aspectos propagandísticos del Estado. Sin duda, los éxitos internacionales fortalecieron la imagen del gobierno y fueron empleados como símbolo de prestigio nacional. No obstante, esa explicación, aunque válida, resulta insuficiente. Las grandes potencias “democráticas” también destinan cuantiosos recursos al deporte de alto rendimiento porque reconocen su importancia para la identidad nacional, la diplomacia y el denominado “poder blando”. Estados Unidos, el Reino Unido, Australia y Francia mantienen programas nacionales de élite financiados con miles de millones de dólares. La diferencia es que Cuba logró resultados comparables con recursos significativamente más limitados en numerosas disciplinas. Mientras que el acceso a entrenadores especializados, instalaciones de calidad y competencias internacionales depende de la capacidad de pago en diversos países, el modelo cubano redujo esas desigualdades mediante una amplia red estatal de formación deportiva.

El deporte cubano sugiere que, cuando existe una planificación coherente, inversión pública sostenida, acceso universal al entrenamiento y una visión estratégica de largo plazo, es posible alcanzar resultados extraordinarios, incluso en contextos de limitaciones económicas; el caso cubano constituye un ejemplo de cómo una política pública consistente puede convertir al deporte en un instrumento eficaz de desarrollo humano, formación social y proyección internacional. 


Escrito por Wuenceslao Pérez

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