En México, más de la mitad de la población trabaja de forma informal.
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Sin energía no se mueven mercancías, máquinas ni personas; tampoco se iluminan, calientan o enfrían los espacios. Lo mismo ocurre en los procesos productivos que requieren que los materiales mantengan o alcancen temperaturas específicas. El papel de la energía en la actividad humana es, pues, vital. Las grandes revoluciones tecnológicas recientes han estado acompañadas por el dominio de nuevas fuentes energéticas: no se concibe la gran industria sin el carbón mineral y la máquina de vapor, ni el desarrollo industrial a escala mundial sin el petróleo, ni la era electrónica sin la electricidad. Pese a los discursos y compromisos en torno a la descarbonización de la economía, los combustibles fósiles –petróleo, gas y carbón mineral– representan aún el 80 por ciento del total de la energía que consume el mundo. Y sólo el petróleo sigue generando casi la mitad de esa energía.
Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), en enero de 2026 el mundo consumió 104 millones de barriles diarios (mbd), un promedio de 2.1 litros de petróleo por persona al día. Sin embargo, existen diferencias abismales en el consumo: mientras en Estados Unidos (EE. UU.) el consumo per cápita es de 8.7 litros diarios, en África se situó en apenas 0.5 litros. EE. UU. es, con creces, el mayor consumidor de petróleo del mundo. Por sí solo, representa el 18.5 por ciento de la demanda global total.
Hace una década, EE. UU. era también el mayor importador neto de petróleo. Ya no. Desde 2019 es exportador neto de crudo. Este cambio se debe sobre todo al desarrollo del fracking, que permitió extraer petróleo y gas de las rocas de esquisto que abundan en la Cuenca Pérmica, ubicada en Texas y Nuevo México. En 2025, el petróleo de esquisto representó casi la mitad de toda la producción de crudo en EE. UU.
Es paradójico, entonces, que siendo el mayor productor de petróleo del mundo y habiendo dejado de ser importador neto de este combustible, EE. UU. emprenda guerras impelidas por el control del petróleo –como la que libra contra Irán– y ataques que violan el derecho internacional, como el cometido contra Venezuela. A nadie escapa que ambos países son actores clave en el mercado mundial de petróleo.
La lógica detrás de esta aparente contradicción se halla en la voracidad del imperio estadounidense. Primero, en la lucha que libra contra el imparable ascenso de los BRICS, entre los que destaca China. Torpedear su desarrollo es posible mediante el control de los mercados petroleros globales, pues las reservas estratégicas de los países son finitas.
Segundo, si bien la Cuenca Pérmica ha permitido a EE. UU. duplicar su producción de petróleo en una década, se prevé que las mejores reservas de petróleo y gas de esquisto se agoten en los próximos años. Además, este tipo de crudo tiene costos de extracción del petróleo mayores que el obtenido por métodos convencionales y es mucho más volátil. Por otro lado, según las estadísticas de la OPEP, el 50 por ciento de las reservas probadas de petróleo –es decir, aquellas viables para explotación inmediata– están concentradas en Venezuela, Arabia Saudita e Irán. En contraste, EE. UU. apenas posee alrededor del tres por ciento de éstas.
Finalmente, cabe señalar que la lógica imperialista no deja espacio para ningún otro centro de poder. EE. UU. busca mantenerse en su posición hegemónica mediante la guerra, apostando a que no será él quien pague sus costos humanos y económicos y a que recogerá las pingües ganancias tanto del petróleo como de sus embestidas.
En síntesis, lo que subyace a la aparente contradicción planteada es la esencia de la lógica imperialista: no se trata de garantizar el abastecimiento propio, sino de impedir que cualquier otro centro de poder pueda disponer de los recursos necesarios para disputar la hegemonía. La guerra, pues, no es un recurso excepcional. Sin embargo, esa estrategia se enfrenta con la emergencia de un mundo multipolar cada vez mejor pertrechado. EE. UU. recurrirá a la guerra para sostener su dominio y los otros países se están preparando para ello. Falta que los pueblos del mundo unidos, incluido el norteamericano, digan basta ante el poder destructor de los estertores del imperialismo.
En México, más de la mitad de la población trabaja de forma informal.
Una inversión que en su abrumadora mayoría no invierte, que coexiste con la caída del producto y que el propio banco central desvincula del crecimiento, no es síntoma de prosperidad.
La falta de confianza empresarial y el entorno comercial condicionan el desarrollo de nuevos proyectos en el país.
Los mexicanos se mostraron menos optimistas respecto a la situación económica del país en los próximos 12 meses.
Para el porcentaje restante de los envíos, las autoridades mexicanas preparan reuniones de trabajo bilaterales.
Factores como las altas tasas de interés y la incertidumbre geopolítica frenan el ritmo de contratación
“El clima y los intereses económicos”, convirtieron al agua “en un instrumento de negociación política”, Vyacheslav Fetisov, presidente de la Sociedad de Toda Rusia para la Conservación de la Naturaleza.
La Zona Metropolitana de la Ciudad de México cayó a la décima posición en competitividad por menor cobertura educativa y una alta percepción de corrupción.
Las arcas del Gobierno Federal presentaron un desbalance de 217 mil millones de pesos.
Las tarifas al acero y aluminio afectan la competitividad, inversión y operaciones de la industria manufacturera mexicana.
El 42% de los analistas consideró que la inseguridad pública, corrupción e impunidad son los principales obstáculos para el crecimiento económico.
El 52% de los mexicanos experimentaron complicaciones financieras en lo que va del año.
El aumento se da en un contexto de bajos ingresos públicos y menor recaudación.
Para 2050, la tasa de fecundidad mundial descenderá a 2.1 nacimientos por mujer, según el Fondo de Población de las Naciones Unidas.
EE. UU. es el depositario del legado nazi, y que al igual que la de Hitler, su política es antagónica al progreso, la paz y el bienestar de los pueblos.
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Escrito por Vania Sánchez
Licenciada en Economía por la UNAM, maestra en Economía por El Colegio de México y doctora en Economía Aplicada por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).