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Opinión
¿El mundial da rabia o alegría?
Disculpe, lector, si sus sentimientos tras la lectura de esta crónica no son de festejo y pasión...


Fotos: Fernando Landeros

“Para suplir al Circo Romano y poder seguir hablando de ‘pan y circo’ han inventado el fútbol espectáculo. No hay sangre —casi nunca; recuérdese la sangrienta gresca del 5 de marzo de 2022 en el Estadio Corregidora entre la barra del Atlas y de los Gallos Blancos—, pero es un señor negocio”. Sabias palabras del caricaturista mexicano Rius para definir la esencia del trabajo que hace la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA).

Para nuestra fortuna, el circo, llamado Copa Mundial de Fútbol 2026, llegó a casa y la sede de la inauguración es el maravilloso y emblemático Estadio Azteca, que ahora se llama Estadio Banorte, porque para la remodelación de este recinto dicho banco aportó algo así como 2,100 millones de pesos, una inversión equivalente a unos 21 terrenos de 996 metros cuadrados en la zona más exclusiva de la Ciudad de México, que es Polanco.

Pues ahí, en el vanagloriado estadio por el milagro de la mano de Dios en el mundial de 1986, el primer espectáculo está listo; los aurigas del balón de la selección mexicana se enfrentan contra la selección de Sudáfrica y los habitantes de la capital tienen el ánimo al tope, euforia motivada “un poquito” por la publicidad que cubre la zona sur de la CDMX: jugadores históricos de la selección mexicana como Andrés Guardado se visualizan en espectaculares gigantes que cubren edificios gigantes para promocionar marcas gigantes. Y es que, en términos de negocios, la publicidad es importantísima, prácticamente fundamental; por eso, en los carteles de los parabuses podemos ver sonriente a Guillermo Ochoa (fantástico arquero mexicano, quien en 2025 acumulaba una fortuna de aproximadamente 5 millones de dólares) promocionando a la empresa Coppel de Enrique Coppel Luken (quien es, según Forbes, el decimoprimer hombre más rico del país). 

Por el negocio es que las pantallas de Tele Urban en el Metrobús transmiten, en un trayecto completo (de terminal a terminal), 25 comerciales del programa OTOCH del gobierno capitalino (que consistió en gastar millones de pesos en pintura vinílica Comex, patrocinadora oficial del Mundial en México, para pintar algunas unidades habitacionales de la capital, y ya, eso es todo) y 20 publicidades relacionadas con el Mundial; sé que es así porque los conté de camino a la oficina. En fin, así funcionan los patrocinios corporativos: Adidas, Coca‑Cola, Visa, Latinus (este último se me coló sin querer, una disculpa), etcétera. Es el negocio del imperio estadounidense en medio de un trémulo comercial evidente, provocado por la producción mundial de mercancías cada vez más competente, pero esos son otros asuntos en los que prefiero no ahondar por ahora.

Lo cierto es que, en México, se vive una verdadera fiesta: toda la capital del país está vestida de verde, blanco y rojo, rojo, rojo… Porque mientras los negocios y locales de las periferias tienen a sus trabajadores vestidos con las playeras de la selección; mientras gente indistinta se muere de calor adentro de una botarga del doctor Simi que baila y saluda al transeúnte; mientras los trabajadores del Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro y puestos de garnachas colocados en la CETRAM de la terminal Taxqueña transmiten los comentarios previos al partido en sus televisiones de 42 pulgadas; mientras los aficionados que tienen que trabajar porque no laboran en órganos gubernamentales van viendo la pantalla de su celular para no perderse el inicio de la justa deportiva; o mientras niños de 6 a 45 años rellenan su álbum Panini, total, mientras la vida parece girar en torno a la fiesta pambolera, procesiones de funeral caminan por la calzada de Tlalpan. 

Es el otro México, el México de “Salieron en busca de empleo y no volvieron nunca más”, como platicó a buzos una madre buscadora que desde octubre del año pasado no sabe nada sobre cuatro de sus familiares que desaparecieron en el Estado de México y que también forman parte del escenario nacional (de acuerdo con datos oficiales, de 2006 a la fecha se registran más de 130,000 desaparecidos en México, lo que equivaldría a saturar el Estadio Ciudad de México y dejar afuera a cuando menos 10 mil personas más).

Con ellos, un grupo aún más nutrido de trabajadores magisteriales, adheridos a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), que desde el 1 de junio instaló un plantón en las calles aledañas al Zócalo, exigiendo cambiar el sistema de pensiones magisteriales, modificar el sistema de asignación de plazas docentes, derogar la Ley del ISSSTE de 2007, así como exigir el freno a la reforma educativa aprobada en el sexenio de Peña Nieto, demandas que cargan desde hace años.

Querido lector, si quiere saber más sobre la CNTE para opinar con bases y no ya desde la ignorancia, le recomiendo leer el artículo de Dulce Soto, titulado CNTE: 46 años de presión, negociación e influencia en la política educativa del país, publicado en el portal de Expansión Política. 

También alumnos del Instituto Politécnico Nacional (IPN) se manifestaron ese día; sus demandas se veían reflejadas en un pliego petitorio que presuntamente ya habían entregado al gobierno federal, pero del que no habían obtenido respuesta, contó para este semanario Jorge Flores, manifestante, miembro del grupo que mantiene tomado el Canal 11 de televisión abierta. Haré conteo de sus principales demandas, aunque seré breve por falta de espacio:

  • No represión hacia los estudiantes y su movimiento.
  • La destitución del director general y toda su junta directiva.
  • La desaparición de grupos porriles dentro de la institución.
  • Aumento del presupuesto, pues, según los denunciantes, el recurso federal destinado al instituto es malversado.

Más adelante, a la altura de la estación “Ciudad Jardín” del Tren Ligero, una manta gigante cuelga de un puente con la leyenda “vivos se los llevaron, vivos los queremos” y una llama de fuego se vislumbra a la distancia. Es un contingente de nuestros paisanos provenientes de pueblos indígenas, miembros del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), quemando una réplica gigante de la copa mundialista, criticando la mercantilización del deporte. “¡Puros agitadores y anarquistas sin quehacer!” dirá cualquier fifas promedio —así se les llama a los frikis del fútbol— que lea este despropósito. 

Mujeres que visten con las prendas realmente nacionales, esas que están magistralmente bordadas pero que no se publicitan porque nada gana el imperialismo con hacerles comerciales, esas prendas que son utilizadas por los gobernantes con fines de lucro sólo durante sus campañas políticas y para la foto, esas que ocupan en el discurso nacionalista, pero que en los hechos dejan morir en el olvido.

Las denuncias también se pintan en bardas, portones y sobre los anuncios de la fiesta mundialista. Las consignas son claras: “No a la gentrificación”, “vivienda digna”, “no más desalojos”, “Palestina libre”, “Boicot a la FIFA”, etcétera

Por el mismo camino, pero a la altura de División del Norte, específicamente colocados frente al Hotel Real del Sur, un contingente mucho más violento y numeroso bloqueaba el paso con una valla de metal: se trata de elementos policiacos del mal llamado Plan Kukulcán, diseñado lambisconamente por el gobierno federal para contener las manifestaciones antes mencionadas. Eso sí, el apoyo a nuestro México es lo primero, y ni ellos ni yo pensábamos perdernos el partido. Así que, sin quitarse los cascos y sin soltar los escudos antimotines de policarbonato, veían en las pantallas de sus teléfonos el encuentro, que, a diferencia del siglo V, ahora ya se puede ver desde la incomodidad del dispositivo móvil.

Pero el contingente que más me desmoralizó, porque ni celebraban la fiesta ni se manifestaban, fue el siguiente:

Un grupo de gente sin distinción de género ni edad se posicionaba frente a la valla policial vistiendo playeras blancas para representar que iban en son de “paz”; su trabajo era “cuidar” que los grupos protestantes no provocaran disturbios cerca del emblemático recinto de fútbol. Dicha comisión estaba conformada por trabajadores del gobierno capitalino y beneficiarios de programas del “Bienestar”, personas que se quemaban al sol y que habían sido movilizadas por sus “superiores”, según el testimonio que nos brindó uno de los asistentes. Mientras tanto, la guapa alcaldesa, Gabriela Osorio, festejaba el encuentro circense desde el deportivo Vivanco a lado de sus seres queridos, porque para fortuna de los poderosos nunca falta el cobarde lamebotas que ponga el pecho para garantizar su tranquilidad.

El asunto es que, dado que no había acceso por la calzada de Tlalpan en dirección al estadio, tuve que caminar en sentido contrario al flujo vehicular, pero antes de poder llegar por fin al recinto, terminó el partido y me quedé en la manifestación de los estudiantes del Politécnico, a quienes también se les hizo tarde y decidieron armar la fiesta en plena avenida, con la intención de crear caos vial y continuar la protesta de regreso. Estuvo chido: por ahí alguien se prendía un porro, por acá otros retocaban con plumones las mantas y pancartas, y unos artistas urbanos tocaban algo de ska, mientras el grupo más animado bailaba bajo la llovizna.

Fue entonces que aparecieron ante mis ojos incrédulos los verdaderos mexicanos: esos de piel blanca, 1.90 de estatura, todos vestidos con la merch del evento, afónicos de tanto cantar el “Cielito lindo”. Y de repente, un dueto urbano se registraba sobre la avenida Tlalpan; la gente de tez blanca ocupaba las banquetas, platicaban sobre el evento, se quejaban de la manifestación y, cuando se encontraban con otro amante del fútbol, se animaban a gritar la porra: “¡México… México… México!”, mientras soplaban las características trompetas de plástico que venden los negocios informales afuera del estadio.

Los otros, cuyo color es el del bronce y el marfil, sobre la avenida detenían la circulación vehicular, mientras gritaban al unísono: “¡No somos uno, no somos cien, pinche gobierno, cuéntanos bien!” Los vehículos, que eran en su mayoría de lujo, pitaban su claxon con rencor y desesperación, hasta que escuchaban de nuevo la porra “¡México… México…!” y entonces los ocupaban para acompañar: “¡Mic, mic, mic mic mic!” y sacar la bandera tricolor por la ventana y por el quemacocos del vehículo.

Luego cayó la lluvia con mucha más fuerza y la movilidad empeoró. Una aficionada que, junto a cuatro personas más de su familia —todos con playeras de la selección—, se atajaba bajo un techo de concreto, platicó con buzos; primero se quejó porque, debido a la manifestación y a la lluvia, se había congestionado el tránsito y ellos iban hasta la alcaldía Cuauhtémoc; luego se calmó y dijo que había estado “padrísimo” el encuentro, donde México quedó 2 a 0 frente a Sudáfrica “aunque lo hayan visto desde la pantalla gigante colocada afuera del estadio”, porque “ni de chiste nos alcanza para comprar el boleto de entrada” confesó.

Disculpe, lector, si sus sentimientos tras la lectura de esta crónica no son de festejo y pasión; perdón a los amantes del fútbol si no hablo aquí del golazo de Julián Quiñones o de ese tiro a puerta que nos dejó con el alma a flor de piel; perdón si no hablo aquí del remate de Raúl Jiménez que nos regaló el segundo tanto en nuestra casa y que dedicó a su padre fallecido; perdón si no hablo de las hazañas humanísticas y deportivas de la FIFA —como su alianza con Donald Trump en un proyecto de reconstrucción de infraestructuras futbolísticas en Gaza, ciudad devastada por el propio Donald Trump—, de las leyendas del fútbol como Mbappé, Erling Haaland, Cristiano Ronaldo, o de las promesas como el joven Lamine Yamal, o nuestro seleccionado Gilberto Mora. No es que no quiera; es que me salpicó un poco la realidad mexicana, que dista totalmente de esa posible narración.

La fiesta mundialista en el centro del país terminó tarde, entre alcohol, música, luces y mucho consumismo; sin embargo, mi recorrido termina aquí.

Anexo un par de buenas coincidencias que marcaron el final de mi bienvenida al Mundial. La primera es que, gracias a los estudiantes del IPN, me tocó pasar gratis por los torniquetes del metro, y quiero compartirles la satisfacción me dio ver a los administrativos del metro, con cara de evidente molestia, diciéndole a los transeúntes “¡pásale, pásale!” con ese característico tono golpeado de quien ve pérdidas monetarias en sus bolsillos. 

Y dos: había un grupo de trabajadores del gobierno con chalecos azules, pertenecientes a la comisión de asistencia, algo inédito por estos lares, pero me agradó ver a uno de ellos hacer su trabajo y ayudar a un anciano a subir al vagón del metro y garantizarle un lugar en uno de los trenes que estaban a reventar; entonces fue que mi pecho se ensanchó y por un momento pensé:

¡Viva México, cabrones!

Antes de irme, los pongo al día:

  1. Durante la inauguración, un grupo de tremendos simios —con el respeto que se merecen los simios— arrancaron lonas colocadas por las madres buscadoras en el Ángel de la Independencia para cubrirse de la lluvia.
  2. El 20 de junio, la CNTE retiró el plantón de la Ciudad de México después de que la presidenta Claudia Sheinbaum les resolviera un cheque por 800 millones de pesos. Ella salió a desmentir que se los haya dado a la CNTE, pero no que los dio.
  3. Fiestas y más fiestas dejan dinero y más dinero… pero sólo para la FIFA, porque, de acuerdo con la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (Concanaco‑Servytur), entre el 8 y el 14 de junio la derrama se mantenía por debajo de los niveles esperados.
  4. Se abrió el debate mediático tras darse a conocer que el gobierno federal rentó el Castillo de Chapultepec para una fiesta privada de la FIFA.
  5. Sheinbaum invitó al pato Merlín a su conferencia, por mera publicidad, pero no invitó a las madres buscadoras, por mera publicidad.
  6. La selección mexicana hace la hazaña y por primera vez en la historia culmina la fase de grupos invicto, tras ganarle a Chequia 3 a 0.
  7. Los mexicanos seguimos igual de pobres, quizás un poquito más, pero siempre dispuestos a pagar la resaca del día siguiente.

Escrito por Fernando Landeros

Periodista


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