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Omar Carreón Abud
Ejecución de civiles en Líbano, amenaza a los pueblos del Mundo
El Israel actual y el régimen fascista de Ucrania a partir de 2014, son el novísimo instrumento colonialista de EE. UU.


Lo sucedido los días 17 y 18 de septiembre en Líbano se ajusta muy bien a la frase que dice que la realidad supera a la ficción. Que yo sepa, a ninguno de los guionistas de historias macabras o de estremecedoras tragedias para novelas, películas o podcasts, se le había ocurrido enlazar miles de dispositivos móviles usados en la comunicación moderna, hacerlos explotar desde un diabólico mando central y matar y dejar gravemente heridos a seres humanos, total y absolutamente inocentes, que no le habían hecho nada al asesino serial que ideó, ordenó y detonó esos aparatos de la muerte. Pero en Líbano ya sucedió apenas hace unos días y los autores intelectuales y materiales fueron el conjunto de élites de países conocido como Occidente colectivo, con la de Estados Unidos (EE. UU.) y la de Israel a la cabeza.

¿Qué tan lejos estamos de que explote y lo mate a usted y a su familia la televisión (o que lo esté mirando y escuchando de día y de noche), el refrigerador, la computadora, la tableta, el celular, el timbre de la calle, el apagador de la luz de su recámara o la palanca del excusado? ¿Sabe usted quién los fabrica? Porque en el caso de la planeación de las ejecuciones a la población de Líbano que comento y que tienen aterrado al mundo entero se ha hablado de empresas fachada que tienen el registro de fabricación, pero no fabricaban los dispositivos, el registro de localización en Hungría, pero que también aparecen en Taiwán, total, nada en claro. ¿Qué tan lejos estamos de que quienes quieren conservar la exclusiva propiedad de los recursos de la tierra y los medios que se utilizan para transformarlos, envenenen el agua que bebemos o el oxígeno que respiramos para obligarnos a someternos a su voluntad?

Lo que las agencias occidentales de noticias han dejado que se sepa es que se hicieron explotar al mismo tiempo miles de bíperes, o sea, cajitas pequeñas con pantalla que reciben mensajes de texto a distancia, que dejaron heridas a casi tres mil personas y causaron la muerte, hasta ahora, a 37 civiles. Se sospecha fundadamente que las detonaciones fueron accionadas desde Israel y se produjeron en hospitales, mercados, tiendas, farmacias y en las calles llenas de transeúntes y que tienen como propósito inmediato “limpiar”, claro que no confesado, de libaneses el sur de Líbano para una nueva expansión de Israel. Así de sencillo. Las brutales agresiones son, a no dudarlo, un crimen de guerra (haciendo caso omiso del pequeño detalle de que entre Líbano e Israel no se ha declarado ninguna guerra) ya que el derecho internacional humanitario prohíbe el uso de artefactos trampa en forma de objetos portátiles aparentemente inofensivos para sembrar el terror entre la población civil.

Los medios de comunicación que dominan la información en el mundo pretenden hacer creer que Israel se defiende, que protege su territorio y a sus ciudadanos de los ataques de los árabes que los odian porque ellos, los israelíes, son judíos. Pero no estamos ante un conflicto religioso. Estamos ante una nueva fase de la embestida del imperialismo que, sólo en esta región del mundo, ya cumple casi 150 años de expandirse y conquistar. Siempre que revisemos la historia moderna de los asentamientos de judíos en el medio oriente y particularmente en la región de Palestina, así como la fundación y expansión del Estado de Israel, encontraremos imposición y violencia imperialistas.

Encontraremos como leitmotiv homicida la incesante apropiación de recursos naturales, mercados y enclaves apropiados para lanzar ataques y defender posesiones. Allá por 1880, la población judía en Palestina, territorio que en ese entonces era dominado por el Imperio Otomano, era apenas de entre 24 mil y 30 mil personas, ahora, existe un poderoso Estado armado hasta los dientes por EE. UU., incluso con bombas atómicas, en el que habitan 7.2 millones de judíos que se considera que constituyen la mitad de la población judía en el mundo.

A este punto no se llegó por compra masiva de terrenos ni por inteligentes negociaciones, se llegó por la fuerza bruta. En 1947, incluso la ONU decidió autorizar la fundación del Estado de Israel entregando cínicamente tierras de Palestina que no eran suyas. Para completar la criminal insolencia, el Estado de Israel, fundado el 14 de mayo de 1948, no respetó el plan de partición original que reservaba el 45 por ciento del total del territorio de Palestina para un Estado árabe, es decir, para los palestinos, que eran los habitantes originales de la región y, ya para 1949, había llegado a controlar por la fuerza armada el 78 por ciento del territorio de lo que había sido territorio del Mandato Británico de Palestina.

La Franja de Gaza, hoy arrasada y casi 50 mil de sus habitantes inermes asesinados por el ejército israelí, así como Cisjordania, donde Israel ha construido unidades habitacionales inmensas para infiltrar judíos y agredir sistemáticamente a la población palestina para que abandone el territorio, quedaron originalmente bajo control egipcio y jordano. En sobrecogedora síntesis, como consecuencia de la fundación del Estado de Israel, fueron arrasados unos 600 pueblos y expulsadas de sus hogares 750 mil personas, quienes huyeron y se asentaron en Líbano, Siria, Jordania, en La Franja de Gaza y Cisjordania y por crecimiento natural de la población, en la actualidad ya llegan a cinco millones de refugiados viviendo, casi todos ellos, en deplorables campamentos y, muy justificadamente, exigen el derecho al retorno a sus tierras de origen. La agresión de Israel a Hezbolá y la obligada defensa de este grupo chiita, no es más que el intento de Israel de avanzar y expandirse ahora en el sur de Líbano.

Los plutócratas de Israel, embozados con el proyecto del regreso a Sion, necesitan expandirse para sobrevivir. Al embestir criminalmente a los palestinos de la Franja de Gaza y, ahora, a los habitantes del sur de Líbano para ocupar esos territorios, tratan de satisfacer sus urgencias. Pero no solamente. El Israel actual y el régimen fascista de Ucrania a partir de 2014, son el novísimo instrumento colonialista de EE. UU. Si alguien está en apuros para seguir existiendo, ése es, pese al poder inmenso que todavía conserva, EE. UU.

EE. UU. enfrenta una formidable competencia comercial de parte de China. No hace mucho era defensor a ultranza del libre comercio, de la abolición completa de los aranceles, hoy no se da abasto para imponer impuestos, restricciones y sanciones para impedir que sus ciudadanos compren las baratísimas mercancías chinas. EE. UU. tiene una deuda inmensa fuera de toda norma internacional que se ha estado incrementando en las últimas década, que ya llega a casi un 130 por ciento de su Producto Interno Bruto. Con base en ello, se le han prendido las alarmas porque el próximo 22 de octubre se reunirá en Kazán, Rusia, el poderosísimo grupo de países conocido como BRICS que, presumiblemente, tomará acuerdos decisivos para apartar al dólar de las transacciones internacionales. Le urge, pues, ampliar sus posesiones.

Además de todo ello, y por si no tuviera ya suficiente agobio, el próximo cinco de noviembre habrá elecciones para la presidencia en EE. UU., que ya está hundido en la mayor división de facciones de su clase dominante de toda su historia. Antes de esa fecha, no se firmará la paz en Ucrania a pesar de que el régimen fascista de Volodymir Zelenski está derrotado y se desmorona y la clase trabajadora ucraniana, que ha perdido a cientos de miles de sus hijos, está exhausta y harta de servir de productora de riqueza y de carne de cañón para encumbrar a una camarilla corrupta. No habrá, tampoco, en este aciago periodo, suspensión de las matanzas en la Franja de Gaza y en Líbano, antes bien, pueden ampliarse a Cisjordania y a otras regiones del Medio oriente y quién sabe si no a otras regiones del mundo. Por eso digo que las matanzas de civiles en Líbano son una amenaza para toda la humanidad y, con amargura, me sostengo. 


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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