El año 2026 empezó complicado, pero ya algunos estudiosos y analistas lo habían previsto; plantearon que el mundo enfrentaría entornos geopolíticos y económicos muy complejos.
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En julio de este año está programada la revisión del T-MEC. Para el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, la continuidad del tratado constituye el asunto de mayor importancia para México, pues de ésta depende la viabilidad económica del país en el corto plazo y, con ello, la continuidad del proyecto de la “Cuarta Transformación” (4T). Esta posición mantiene la línea seguida por AMLO, la de una alineación estratégica con Estados Unidos (EE. UU.) presentada como una decisión “soberana” de “colaboración” entre países pares. Sin embargo, estos esfuerzos de cooperación (obediencia) se inscriben hoy en un contexto de embestida imperialista, marcado por el repliegue de EE. UU. hacia lo que considera sus áreas “naturales” de influencia, en preparación para una recuperación violenta de su dominio global. Frente a los recientes acontecimientos de abierta confrontación de EE. UU. tanto con adversarios como con sus socios históricos, México insiste en asumirse como aliado incondicional, a cambio de promesas abstractas de respeto a la soberanía y de una estabilidad económica que ni el T-MEC ni su antecedente, el TLCAN, han garantizado en décadas.
En contraste, durante su intervención en el Foro Económico Mundial en Davos, Mark Carney, primer ministro de Canadá, presentó su visión de la nueva geopolítica y dejó entrever cómo su país enfrentará la negociación del T-MEC. Carney destacó que, frente al quiebre del orden internacional, los países que él denomina de “poder intermedio” deben actuar de manera pragmática y estratégica, fortalecer su autonomía económica y diversificar sus relaciones comerciales para no ser vulnerables a las represalias políticas y económicas de las potencias dominantes. Como parte de esta estrategia, Canadá ha decidido asociarse estratégicamente con China y otros países, tratando de marcar distancia respecto a su vecino estadounidense.
Pero el planteamiento más general de Carney es una tercera vía para los países intermedios que propone no estrangular la globalización, sino rediseñar las relaciones internacionales, evitando comprometerse del todo con algún hegemón y construyendo una red de coaliciones, tema por tema, como en una especie de estrategia de diversificación de inversiones para la gestión de riesgos aplicada a la geopolítica. En este sentido, su mensaje resulta muy directo para México, pues llama a no negociar bilateralmente con el hegemón ni ser complaciente y a no competir entre los países más débiles por el favor de los poderosos. Al parecer, la presidenta Claudia Sheinbaum fue receptiva a este mensaje, el cual elogió en la mañanera del día siguiente.
Pero, ¿es realmente esta tercera vía una solución viable al conflicto geopolítico actual? ¿Es, además, la vía que conviene a México? Es cierto que la soberanía efectiva de las naciones sólo puede sostenerse sobre una base económica más equilibrada entre países. Sin embargo, lo que Carney no confiesa es la complicidad que Canadá y el bloque occidental mantuvieron mientras el orden mundial les favoreció junto al hegemón norteamericano. No se trata de un descubrimiento tardío de la ambición expansiva de EE. UU. Esa ambición era conocida y, en muchos casos, activamente respaldada, en nombre de los mismos valores que hoy se invocan como fundamento de la “tercera vía”: el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados, valores que durante décadas sirvieron para legitimar guerras, intervenciones y despojos.
Tampoco se reconoce que el orden internacional que hoy se condena tiene una base material concreta, pues es el resultado directo de los impulsos del capital por su expansión global. En este sentido, la única posibilidad de que surja un orden mundial más justo y de prosperidad compartida pasa por superar la competencia económica propia del capitalismo, basada en la obtención de la máxima ganancia, que enfrenta a los países entre sí para asegurarse recursos y expandir el capital, en beneficio de unos cuantos multimillonarios y a costa del empobrecimiento de las mayorías.
Mientras tanto, México continúa yendo a remolque de promesas de prosperidad ofrecidas desde fuera, sin reconocer su verdadero lugar en el tablero mundial. Somos un país sometido a la bota del imperio y de su capital. Nuestros aliados naturales no están en el norte occidental, sino en América Latina, África y el resto de los países del Sur Global, con quienes compartimos una historia común de dependencia, despojo y resistencia, y con quienes podría construirse una alternativa real frente al orden imperial vigente.
El año 2026 empezó complicado, pero ya algunos estudiosos y analistas lo habían previsto; plantearon que el mundo enfrentaría entornos geopolíticos y económicos muy complejos.
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Escrito por Tania Rojas
Maestra en Economía por El Colegio de México. Estudia un doctorado en Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst, en EE.UU.